El mango del cuchillo, la culata del fusil

El mango del cuchillo, la culata del fusil

Imagen | Eniola Itohan

Y en vista de que no había manera, ya con todo lo que decían que había pasado allí y aquel hombre, que no quería venirse a bien, fue cuando el cabo le dijo que le tirara él, que total, a última hora, lo que hacían era estar perdiendo el tiempo, y ya para qué iba a querer vivir, si después de todo le pasaba aquello, se le iba la nube, y algún día el fulano recapacitaba y venía a darse cuenta.

­­—Vamos, tírale tú, que apuntarás mejor — le había dicho el cabo, con el aliento haciéndosele gotas delante de la cara, juntándose con el humo del cigarro—. No hay manera con este tipo, y a última hora, ya qué más le va a dar, peor que viva, si se da cuenta de lo que ha hecho.

Aún no era completamente de día, pero se veía bastante bien para apuntar. Peor era el frío, que endurecía los músculos y agarrotaba las manos, inmovilizaba los dedos sobre el fusil, helado, y aquello de no saber aún verdaderamente qué había pasado allí dentro, cuántos serían los muertos, quiénes.

—Mejor que se hubiera escapado el crío, en lugar de la vieja —oyó decir a sus espaldas al hombre que había llegado espantado a buscarles.

Y el ciego, con la cabeza torcida, repitiendo:

—Pobre hombre, pobre humanidad.

Llegaban sordas sus voces desde allá dentro, golpes de los cacharros estrellados contra el suelo, en la cocina, sus pasos alocados de un lado a otro, corriendo, parándose de repente, los tristes gritos de amenaza frente a todo lo que se le pusiera por delante.

—Apóyate ahí, si quieres —añadió en voz más baja el cabo—, pero no me falles.

Estarían a unos treinta pasos de la puerta, con el camino de por medio, ocultos detrás del muro, musgoso y húmedo, sobre el que el guardia apoyó el viejo mosquetón.

La niebla empezaba a desgarrarse sobre las paredes de las casas más próximas, pequeñas y oscuras, todas cerradas, se escurría camino abajo, escapaba por entre los mojados árboles, hacia los montes cercanos. Hasta los animales se habían parado a escuchar, sobresaltados en sus cuadras y corrales, como escuchaban, atemorizados tras las ventanas y las puertas los vecinos, algunos aún a medio vestir. Sólo una luz salía a través del angosto postigo sin cristal de la taberna, donde el médico, sin testigos, medio entumecido y aún soñoliento, cerraba a toda prisa la boca de la cuchillada que había atravesado el vientre de aquella anciana.

Apuntando fijamente al negro hueco de la puerta, apenas entreabierta, el guardia más joven estaba viendo allí, bajo el punto de mira de su arma, con mayor nitidez cada vez, los dos pies, las piernas del cuerpo caído en el umbral, una mujer, negra la que llevaba puesta la media y la alpargata, amarillenta la otra, en descoyuntada postura, negras también ya las manchas salpicadas en torno.

Lo había visto una única vez, enmarcado en aquel mismo agujero, una aparición como en sueños, entre dos luces, una pesadilla si no fuera por los gritos que daba y el enorme cuchillo sangrante empuñado en la mano, una camisa de girones blancos abierta y empapada, brillante, y hasta en la cara descompuesta y lívida y en las greñas del pelo se le pegaba aquello como un barniz espeso, humeante aún en el cazo que llevaba en la otra mano y que revolvía con la punta del cuchillo, goteando luego sobre sus botas, los pantalones y la tierra. Al que se atreva, lo mato; mato al primero que se acerque, os mato a todos y a vosotros dos también; mato a todo el pueblo y soy capaz de acabar con el mundo, sin que nadie se atreviera ya a intentar acercarse ni siquiera a hablarle más, ni el ciego, ocultándose todos detrás del muro.

—Pobre hombre, pobre humanidad.

—Habíamos quedado en vernos muy temprano, antes de que él saliera de casa, porque quería venderme unas cosas, y al llegar me lo encuentro enloquecido con el cuchillo y que quiere matarme, dice, como a los otros, tan amigo mío y tan buena persona.

—Hoy madrugó mucho, demasiado —dijo el ciego, tiritando—. Yo le sentí levantarse de la cama y bajar, lavarse y empezar a afilar el cuchillo en la piedra, porque tenía que ir a matarle el cerdo al vecino.

Ya el pueblo se había despertado, y seguían oyéndose los gritos del hombre, ahora mezclados con el llanto, confuso y triste.

—Bajó luego la suegra, se metió en la cocina; encendió el fuego y empezó a prepararle el almuerzo, para que almorzara antes de marcharse a su trabajo, porque es un buen hombre, y él seguía afilando el cuchillo bien afilado, dejando de vez en cuando la piedra y cogiéndola otra vez, ris-ras, ris-ras…, de arriba para abajo, de abajo para arriba, hasta que se paró.

—También usted madruga, ¿eh?

—Yo no duermo nunca, señor, siempre estoy despierto, por mi desgracia.

Mantenía entonces el fusil cogido por el extremo del cañón, bajo el capote, esperando a que amaneciera, y que entre tanto se le agotaran las fuerzas o lo soltara el demonio, si era él quien lo tenía preso.

—Pero ahí en la casa todos los demás estaban dormidos. Debió permanecer mucho tiempo con el cuchillo en la mano, mirándolo, porque no lo volví a oír afilarlo, y, en cambio, yo oía cómo los niños y las otras mujeres dormían; todo estaba en paz y llegaba de allí el olor de la leña al arder y el del tocino, hasta que salió aquel grito tan espantoso; no era el de un animal, era peor que el chillido de un cerdo o dos cuando los degüellan juntos, más largo, más asustado, varios gritos terribles, uno detrás de otro y ni una sola palabra; golpes secos, si acaso duros.

—Ya entonces debieron empezar a levantarse los otros, asustados —continuó el forastero—. Y así iría acabando con ellos uno por otro, menos con la madre, que consiguió escapar.

—Pero también atravesó a la madre, a lo último. Ella fue la que lo vio todo. Porque a los demás no se los ha vuelto a escuchar.

—Dijo la abuela que el chiquillo fue el más ligero en bajar, asustado, y el primero con quien se tropezó su padre, después de la suegra.

—Al hijo este lo pasó de banda a banda, y era lo que él más quería.

—Luego ya bajaría la mujer, con la otra criatura en brazos.

—Y después la hermana, para qué dejarla a ella, si estaba de nacimiento baldada en un carro de ruedas de madera, y era un animalito más que una persona.

—Sabe Dios si a ésa la perdonó.

—¡Pobre hombre, pobre humanidad!

—Bueno, apártense a un lado —cortó el cabo, ya cansado—, no vaya a ser que les toque una bala escapada. A última hora, es lo único que se puede hacer.

Esperaron y vio de nuevo en la puerta el cuchillo levantado, de pronto, la camisa blanca desgarrada y llena de sangre, la boca gritando, que nadie se acerque, que lo mato, aunque no lo había entendido bien, puesto que no estaba para fijarse en lo que dijera; los ojos muy abiertos, y tan turbados, que no debían poder verlos, la figura huesuda y alta, vacilante, tropezando con las piernas del cadáver de la mujer, desnuda una, la otra con la media puesta, que le impedían abrir de par en par la entrada, cortándose él mismo sus dedos con la hoja del cuchillo, torpe y amenazador, aullando, llorando, desvaneciéndose ante sus ojos tras el enorme punto negro que lo seguía lentamente de una manera mecánica, sin quererlo él casi, o bien acercándose y destacándose nítidamente su pecho bajo los sucios jirones, a la vez que el fusil se encogía, se ablandaba en sus manos húmedas, el blanco esternón donde debía ver aparecer ya los puntos negros, ver saltar los pequeños agujeros clavados antes de que todo se enturbiara y de que estallaran y se oyeran los disparos, con ese sonido primero seco y que luego se expande en ondas cada vez mayores en campo abierto, y al verlo allí por segunda vez siguió apuntándole durante un tiempo interminable, oyéndole, oyendo ya al cabo a su lado, qué coño haces, tira ya, antes de que se te vaya, sintiendo el sudor frío que le resbalaba por todo el cuerpo, hasta que dejó de verlo.

—Qué te pasa, quieres que acabe también con nosotros.

—Me ha faltado valor —logró hablar aún con entereza, y la voz le salió ronca —; no he podido, así en frío.

—Qué frío ni qué leches —masculló el cabo—; a ver qué hacemos ahora. ¿No te has enterado de que mató a Cristo y a su madre?

—El hombre está loco.

—Pues por eso, carajo.

Apretaba rudamente el fusil, manteniéndolo ahora a la altura de la cintura, repasando la madera de la culata, el dedo de nuevo en el gatillo, que volvía a encontrar helado. Temblaba.

—No sé qué me ha pasado, no he podido.

—Pues la próxima vez a lo mejor ya no hace falta que puedas.

Habían dejado de oírse los gritos y todo permanecía entonces silencioso y quieto. Un sol blanquecino y difuso había logrado atravesar los últimos rastros de la niebla. Apagada la luz de la taberna, todas las puertas, como las ventanas, seguían cerradas.

—Pobre hombre… —suspiró el ciego.

—Haga usted el favor de callarse —se volvió el cabo—, que peor están otros, me parece a mí. ¿No tienen nada que hacer por ahí?

—Si podemos ayudar en algo… —intervino el otro.

—Vayan a ver si le convencen.

Callaron todos, conteniendo los nervios.

—Mala casualidad que se le ocurriera eso hoy. Quería venderme unas cosas, ¿sabe usted?, y por eso vine yo tan temprano. Esta gente no quiere que se sepan las cosas, y yo sé callar; por eso me llaman siempre que paso por aquí.

—Quería desprenderse de la escopeta —dijo el ciego—, y si no le llegan a poner el cuchillo en la mano, tampoco pasa lo que pasó.

—¿Tiene una escopeta?

—Pues como no salga pronto y se entregue…

—Ya la quiso vender hace tiempo, pero no le daban nada por ella. Le tenía miedo, y también le tenía miedo a los cuchillos. Él sentía los tiros en la cabeza, desde que lo mandaron para casa, cuando la guerra. Los tenía ahí metidos, todos los tiros.

Seguían sin oírle y miraban ahora atentos hacia la puerta, acechando su próxima salida.

Apenas escuchaban lo que el ciego decía.

—Me lo decía a mí. Me decía: «Se me metieron las ametralladoras aquí, en la cabeza». Y se ponía loco. Ya cuando se le pasaba, asunto terminado. Al muchacho lo quería con delirio, siempre lo llevaba de la mano y a veces me llevaba a mí también; era el único del pueblo que me tenía alguna compasión. Ahora ya…

—Vamos —se animó el cabo, saliendo al camino—, parece que se ha calmado.

El guardia lo siguió, con el fusil bien cogido en la mano.

—Vaya un negocio que hemos hecho hoy —escupió el chalán.

—Eso de la guerra lo volvió loco —dijo el ciego—, y ahora empezará a correr de feria en feria la mala fama de este pueblo.

Desde el medio del camino le dieron voces para que se animara a salir. «¡Tire el cuchillo y salga, que no le pasará nada!».

Pasaron los minutos y se miraban entre sí, cautos, sin que nada se oyera.

Y ya cuando pensaban que al entrar allí se lo iban a encontrar colgado de una viga, puesto que no iba a tener valor para otra cosa, después de que el cabo comentara que eso iba a ser lo mejor que podía hacer aquel desgraciado, agitando aún los pies encima de los cadáveres ensangrentados de toda la familia, con dos niños entre ellos, uno de ocho años y el otro de menos de dos, casi al llegar a la puerta lo vieron aparecer por última vez delante de ellos, indeciso, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, balbuciendo con asombro infinito una infinita extrañeza, sintiendo ya el guarda el rebote del arma al dispararse en sus manos, una, dos veces, casi sin apuntar, caliente el redondo cañón y el gatillo suave, curvado bajo la precisa articulación del dedo, duramente aferrado al fusil.

Escuchaba sus disparos extrañado y sólo lo veía tropezar y caer delante de él.

—Por qué ahora, idiota —exclamaba el cabo acercándose.

Había sacado su pistola de la funda y se inclinaba hacia el agonizante.

—A última hora para qué iba a querer vivir ya este hombre.

—Pobre hombre, pobre humanidad —repitió el ciego.

 

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

Daniel Sueiro

Daniel Sueiro (Ribasar, 1931 - Madrid, 1986) fue periodista y uno de los principales escritores de la generación del medio siglo y del "realismo social", de cuyos presupuestos estéticos se apartó en los 70 y 80. Premio Nacional de Narrativa en 1960, fue un reconocido novelista y autor de cuentos, además de libros de investigación sobre el Valle de los Caídos, la historia del franquismo y la pena de muerte. Colaboró como guionista con cineastas como Mario Camus, Basilio Martín Patino y Juan Antonio Bardem.

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