Deus ex machina

Deus ex machina

La Universidad Laboral de Gijón es, desde principios de siglo, el icono de la ciudad, no solo por encontrarse ubicada en una atalaya privilegiada con vistas a la urbe y la costa, sino porque desde que se edificara como lugar para dar estudios a las familias más humildes, se constituye como el elemento del imaginario popular de la historia más contemporánea de la ciudad.

Las últimas décadas del siglo XX trajeron consigo el abandono de este centro de enseñanza y hospedaje. Ante la tentativa de derribarlo, nace en 2001 la Fundación Ciudad de Cultura y comienzan las obras de rehabilitación hasta 2007. Actualmente acoge en su seno las sedes físicas de empresas industriales, una facultad de la Universidad de Oviedo, la Escuela de Arte Dramático y el conservatorio profesional de música, así como la sede de Radiotelevisión del Principado de Asturias.

A pesar de que el complejo recibió en 2016 la declaración de Bien de Interés Cultural, cabe atender a un espacio anejo que nace de las antiguas instalaciones de la laboral y que, aunque su gestión es privada, ha situado a la ciudad de Gijón como uno de los lugares más punteros en el ámbito de la creación artístico industrial.
El Centro de Arte y Creación Industrial (LABoral) se inauguró en 2007. Edificado sobre los antiguos talleres de formación profesional, hoy supone un espacio para la difusión de artistas contemporáneos, comunicación, investigación y desarrollo. No solo es un espacio expositivo sin igual, sino que actúa de residencia para artistas interesados en la creación audiovisual.

En la línea de la nueva museología, LABoral pretende cumplir un papel fundamental en la sociedad, ofreciendo talleres, visitas, cursos. Pero sobre todo, acoge exposiciones temporales –ya que carece de colección propia- que cumplan la función de un lugar para el debate de la actualidad.

Durante este verano, ha podido visitarse la muestra Los Monstruos de la Máquina, una mirada contemporánea al Frankenstein de Mary Shelley. El vestíbulo da la bienvenida al visitante con su haz de luz natural, que inunda todo un espacio horizontal en el que se suceden formas humanas y aparatos industriales, como las que encabezan este artículo, que nada tienen que envidiar a las más fantasiosas criaturas de Aitor Saraiba. La exposición continua, baja de lúmenes y acorde al misterio, en el interior de la galería. Un espacio diáfano, donde la pintura blanca no disimula las antiguas estructuras, pero sí descontextualiza las labores que se realizaron antaño.

El debate está servido. Una instalación nos revela que, aquellos anhelos tecnológicos mostrados en las películas de ficción del siglo XX, no solo no han llegado sino que la realidad actual nos demuestra las carencias que la humanidad no ha sabido resolver. Nuestro mundo se inunda de tecnología, pero todavía no se ha solucionado el problema de la basura tecnológica. ¿A dónde van a parar las viejas pantallas de ordenador, las teclas, ratones, discos duros, cables, chips, leds?

Las paredes blancas reflejan una proyección de rostros humanos junto a los que aparece un adjetivo relacionado con aspectos psicológicos. Una tablet realiza fotografías del visitante y analiza y pone en común aquellos sesgos psicológicos que compartimos. Sin embargo, otros rostros de la sala aparecen tapados, avergonzados de la labor que ejercen. Los profesionales que trabajan en laboratorios de mutaciones animales y vegetales ocultan su físico en las cientos de fotografías que aparecen en una pequeña instalación en la que se enfrentan a sus actuaciones: animales terrestres por cuya sangre corre el gen de la medusa que los hace brillar, alimentos cuyo sabor y apariencia es mezcla de otros tantos.

Y ante estos nuevos análisis, un nuevo lenguaje y una nueva plataforma. Las redes sociales: un espacio para la eliminación de las fronteras, tanto que casi permite caer al abismo. Una conexión entre millones de personas de todo el mundo dispuestas a colaborar y cooperar en las vidas ajenas, como narra la instalación de un enfermo de cáncer cerebral que encontró apoyo y remedios naturales a lo largo y ancho de la esfera terrestre.

Imagen y palabra se unen no solo en este círculo de relaciones, sino en la pantalla donde se proyecta una poesía autómata. Trece años se tardó en descifrar el genoma humano y, en este audiovisual, se suceden imágenes de los personajes públicos de esos 13 años pronunciando palabras cuya inicial se corresponde con las letras del genoma.

Una muestra amplia y ensordecedora lleva a preguntar al espectador acerca de sí mismo, del uso y empleo de la tecnología, de las responsabilidades que acarrea. ¿Somos autómatas? ¿Somos humanos? ¿Quién es realmente el monstruo? ¿La creación o el propio ser humano, dispuesto a modificar objetos y seres a placer para el beneficio propio?

En esta vuelta a los clásicos de la literatura, Frankenstein se presenta más actual que nunca para invitarnos a debatir sobre los límites de la naturaleza y las pulsiones humanas.

 

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Julia Martínez Cano

Viajera y lectora. Intrépida e inquieta. Hilvana los hilos entre imagen y palabra. Historiadora del arte en eterna formación: nunca dejamos de aprender.

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