Monográfico Asimov: una imaginación literaria-científica al servicio de la humanidad.

Monográfico Asimov: una imaginación literaria-científica al servicio de la humanidad.

Imagen |  Pol Güell

«Descubrir lo desconocido no es una especialidad de Simbad, Erico el Rojo o de Copérnico. No hay un solo hombre que no sea un descubridor. Empieza descubriendo lo amargo, lo salado, lo cóncavo, lo liso, lo áspero, los siete colores del arco y las veintitantas letras del alfabeto; pasa por los rostros, los mapas, los animales y los astros; concluye por la duda o por la fe y por la certidumbre casi total de su propia ignorancia”, escribió Borges. El reconocimiento de la ignorancia no es lo mismo que la ignorancia, más bien es su opuesto. Mientras que lo segundo mata el deseo de saber, lo primero es lo que nos impulsa a buscarlo sin cesar, de acuerdo con la imperecedera enseñanza de Sócrates. Si la curiosidad intelectual es innata a los seres humanos, como observamos con entusiasmo y alegría en los niños, ¿qué hacen nuestros sistemas educativos para que acaben perdiéndola?

Si la ciencia hubiera avanzado tanto como los interminables anhelos de inmortalidad, el 2 de enero de 2020 Isaac Asimov (Petróvichi, Rusia, 1920- Nueva York, 1992) hubiera cumplido 100 años de vida. Pero una cosa es la ciencia, al fin y al cabo irremediablemente humana, aun siendo la forma de conocimiento rigurosamente contrastado de manera empírica que nos permite mayor capacidad de predicción y transformación de eso que llamamos “realidad”, y otra bien distinta es “el negocio de las promesas” y de las expectativas infundadas que tantas veces giran alrededor de ella, como si hubieran desplazado a las religiones en nuestro horizonte de salvación.

Murió, pues, el hombre, pero nos queda buena parte de su prolífica obra, compuesta por más de 500 títulos, centrados sobre todo en ciencia-ficción, divulgación científica e historia. Tengo para mí que no hay mejor modo de homenajearlo en el centenario de su nacimiento que seguir leyendo sus libros y ampliando los caminos que él abrió. Profesor de bioquímica en la Universidad de Boston, en honor a la verdad quizá él no abrió ningún camino como pudieron hacerlo otros científicos que admiró, como Newton, Darwin o Lavoisier, pero ocupa un destacado papel en la historia de la literatura de ciencia-ficción y en la divulgación científica del siglo XX.

En principio parecen géneros contrapuestos, uno basado en la imaginación y otro en la realidad. Pero en el fondo quizá guarden un aire de familia más profundo de lo que aparentan: ¿no es la imaginación, en cualesquiera de sus múltiples dimensiones (literaria, artística, científica, política…), un puente de la realidad tal como la encontramos a otra forma de realidad? Del mismo modo que no hay literatura sin imaginación, no hay ciencia. ¿Cómo concebir hipótesis, modelos científicos, incluso experimentaciones y aplicaciones, sin el vuelo de la imaginación?

Tampoco concibo la ciencia-ficción sin la realidad. Puede y suele despegarse de la realidad, pero lo quiera o no forma parte de ella y aterriza en ella.  La llamada ciencia-ficción es un género literario que anticipa lo que puede estar por venir, una de las funciones intelectuales por antonomasia para suscitar el debate acerca de posibles problemas a los que nos enfrentamos y tomar medidas ético-políticas y jurídicas a fin de organizarnos de manera consecuente.

Como otras personas describirán y valorarán las aportaciones de Isaac Asimov en el terreno de la ciencia-ficción, en este artículo quiero reivindicar una labor menos reconocida, pero no menos relevante, la de divulgador científico, tarea imprescindible no sólo para difundir el conocimiento científico y seguir contribuyendo de esta manera al proceso de Ilustración (sospecho que más de siglos después seguimos estando en época de ilustración y no ilustrada, para formularlo en términos de Kant); también es decisiva, por consiguiente, para la democratización de las ciencias.

En un mundo donde los impactos tecno-científicos son cada vez más frecuentes y determinantes, es necesario que los ciudadanos dispongan de esa información y dediquen algo de su tiempo a comprender sus ventajas e inconvenientes con el fin de alcanzar consensos y tomar decisiones que nos afectan en mayor o menor medida a todos, como el cambio climático, sin ir más lejos. El Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Antonio Diéguez, ha ofrecido interesantes argumentos sobre estos asuntos en Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. Durante los últimos años en el mundo hispanoamericano hemos perdido a tres de los más brillantes divulgadores científicos con los que contábamos: Jesús Mosterín, Jorge Wagensberg y Eduardo Punset, por mencionarlos en orden de desapariciones.

A modo de homenaje reseñaré el primer libro de divulgación científica que publicó Isaac Asimov, Momentos estelares de la ciencia (1959). El título es una clara paráfrasis de una célebre obra de Stefan ZweigMomentos estelares de la humanidad (1927). Pero mientras el autor de El mundo de ayer se concentra en catorce miniaturas históricas extraídas “de las más variadas épocas y regiones”, Asimov expone treinta breves biografías de grandes científicos en 26 capítulos que van desde Arquímedes a Einstein pasando por Copérnico, Galileo, Newton, Darwin y Wallace, Mendel, Marie y Pierre Curie…

Estas breves biografías de grandes científicos son modélicas en varios sentidos: en sus semblanzas se detiene especialmente en cómo se gestó el descubrimiento por el que la humanidad prospera y mejora, y por el que el nombre de un científico perdura a lo largo de los siglos. Se concentra en los momentos de mayor inspiración de la trayectoria vital e intelectual de estos científicos, en aquellos instantes en los que alumbraron ideas que son patrimonio de la humanidad.

Como buen divulgador, están escritas, no desde la veneración irracional, sino desde la razonable admiración, y logran despertar la curiosidad hacia el personaje y sus descubrimientos con el fin de prender el ánimo de los lectores a atreverse a emularlos, destacando aspectos que, pese a pertenecer a la historia del pasado, siguen interpelando al presente, y por qué gracias a ellos somos herederos de un mundo mejor. Veamos algunas muestras:

Los descubrimientos de Arquímedes han pasado a formar parte de la herencia de la humanidad. Demostró que era posible aplicar una mente científica a los problemas de la vida cotidiana y que una teoría abstracta de la ciencia pura –el principio que explica la palanca– puede ahorrar esfuerzo a los músculos del hombre (…) Hoy día creemos que el gran deber de la ciencia es comprender el universo, pero también mejorar las condiciones de la vida de la humanidad en cualquier rincón de la tierra.

Frente a posturas excesivamente relativistas que nos paralizan, desde un racionalismo humanista y pragmático, Asimov invita a participar de los valores intelectuales y morales de las ciencias con el fin de contribuir al proceso de civilización humana. Fijémonos que no dice únicamente “comprender”, sino al mismo tiempo “mejorar”, pues lo segundo se deduce casi siempre de lo primero. Desde Dilthey se piensa que las ciencias naturales explican, mientras las ciencias sociales comprenden. Esa aparente dicotomía quizá haya contribuido a aumentar la distancia de ese fenómeno que Snow denominó las dos culturas. Sin embargo, Ricoeur argumentó que a mayor capacidad de explicación, mayor capacidad de comprensión, tanto en las ciencias naturales como en las sociales.

Asimismo, Asimov sabe extraer las diferentes consecuencias prácticas de los descubrimientos científicos. Respecto a la principal invención de Gutenberg, indica que

la imprenta era capaz de multiplicar las ideas y ponerlas al alcance de cualquier ojo y cualquier mente. Podía tener suficientemente bien informadas a millones de personas para que participaran en el gobierno. [Por consiguiente], por primera vez se pudo pensar en la alfabetización universal (…) En resumen: la imprenta creó la opinión pública y contribuyó al nacimiento de la democracia moderna (…) La imprenta ha permitido poner nuestros conocimientos al servicio de las generaciones futuras».

Ofrece argumentos sensatos para cuestiones complejas en las que andan enredados los historiadores de la ciencia, como ¿por qué la teoría de la selección natural se le atribuye comúnmente a Darwin y no tanto a Alfred Russel Wallace o por lo menos a los dos, cuando ambos la concibieron por la misma época? Además de que “Darwin presentó una cantidad ingente de pruebas y razonamientos lógicos que respaldaban la teoría de la selección natural (…) Después de catorce años, el primero estaba trabajando aún en el libro, mientras que Wallace, de otro talante, concibió la idea, se sentó a escribir y lo despachó en dos días”. Los frutos de la perseverancia del trabajo son cruciales.

A su vez, es consciente de las deficiencias con las que contaban los científicos en su contexto histórico y de cómo se entrelazan y se difunden los descubrimientos científicos:

La mayor laguna en el razonamiento de Darwin es que no sabía exactamente cómo los padres transmitían sus caracteres a la descendencia, ni por qué los descendientes diferían entre sí. La pregunta la contestó Mendel (al que Asimov le dedica un interesante capítulo) en 1865, sólo seis años después de publicarse el libro de Darwin; pero la obra de Mendel permaneció inédita hasta 1900. Darwin murió el 19 de abril de 1882 y nunca llegó a conocer bien las leyes de la herencia. Wallace vivió hasta 1913 y él sí conoció la obra de Mendel y de otros genetistas.

No obstante, Asimov reconocía la doble paternidad de la teoría de la selección natural y sus múltiples implicaciones filosóficas: “La idea de Darwin-Wallace revolucionó la concepción de los biólogos: convirtió las ciencias de la vida en una sola ciencia. El hombre pasó a ocupar el lugar que le correspondía en el esquema de la vida, pues también él, como las demás especies, provenía de formas más elementales”. En contra de lo que cabe suponer por el título, en su célebre libro Darwin no habla del origen de las especies, sino del mecanismo a través del cual se propagan las especies, la selección natural.

Eso sí, señala que todas las especies provenimos de un ancestro común. Como no podía ser de otro modo, esto posee unas implicaciones filosóficas que todavía no las hemos asimilado plenamente: las diferencias entre humanos y el resto de especies no son cualitativas, sino cuantitativas. Con ello Darwin-Wallace asestan la segunda de las heridas narcisistas que recibe la humanidad durante el desarrollo de las ciencias modernas.

Según Freud, la primera fue culpa de Copérnico y Galileo que, en contra del teocentrismo dominante de la época, defendieron que era la Tierra la que giraban alrededor del Sol y no al revés, como se creía. Con el transcurso del tiempo se cambió del paradigma geocéntrico al heliocéntrico. La segunda herida narcisista fue culpa de Darwin-Wallace, que, en contra de la creencia de que los seres humanos somos superiores al resto de especies naturales, indicaron nuestra procedencia común. Y la tercera fue culpa de Freud que, en contra de lo que habían mantenido grandes filósofos, desde Platón, pasando por Descartes, argumentó que no es la razón, sino lo inconsciente, lo que gobierna nuestra existencia.

De esta manera observamos cómo las ciencias modernas avanzan desmontando mitos al tiempo que nos alejan del antropocentrismo. Sin embargo, Asimov, firme partidario y divulgador de las ciencias, no dejó de abrazar un racionalismo humanista pragmático. Distintas concepciones del humanismo han sido puestas en tela de juicio durante las últimas décadas, desde Carta sobre el Humanismo, de Heidegger, a Normas sobre el parque humano, de Sloterdijk. Con todo, en el ineludible despliegue de las ciencias contemporáneas, ¿podemos renunciar al humanismo? ¿Sería conveniente? No me refiero a que las investigaciones se hayan de interrumpir o suspender con el fin de no instrumentalizar a los humanos, o su dignidad, sino más bien a si es razonable hacer tecno-ciencias al margen de los fines humanos.

Bajo la convicción de que los momentos estelares de la ciencia son momentos estelares de la humanidad –con algunas excepciones que todos conocemos (recientemente se ha cumplido el 75 aniversario de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki), y que no tienen que ver tanto con las ciencias como con los (des)gobiernos y la economía–política; pues estas son universales y nos afectan a todos por igual. En definitiva, el desarrollo de la humanidad está íntimamente vinculado con el desarrollo de las ciencias. Claro que estas prácticas, al ser sociales, no están exentas de ideología y pueden ser impulsadas por ellas, como en la época nazi o en la Rusia de Stalin.

A pasos cada vez más acelerados,la inteligencia artificial (IA) y la robótica nos presentan desafíos que afectan a la humanidad en su conjunto e individualmente –por lo pronto, se está debatiendo si puede destruir más puestos de trabajo de los que genera–. ¿Seremos lo suficientemente inteligentes como para estar a la altura de los tiempos? En un cuento de 1942 titulado “Runaround”, incluido posteriormente en la colección de 1950, I, Robot (Yo, robot), Asimov se anticipó formulando las célebres tres leyes de la robótica, imprescindibles para poner cierto orden en el desconcierto que se avecina:

  1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.

  2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes se oponen a la primera Ley.

  3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la primera o segunda Leyes.

José Manuel Sánchez Ron, Catedrático de Historia de la Ciencia, miembro de la RAE y uno de nuestros principales divulgadores de las Ciencias, añadió una cuarta Ley al final de Como al león por sus garras. Antología de momentos estelares de la ciencia (clara paráfrasis al título de Asimov reseñado):

  1. Un robot debe procurar que los humanos sean felices, siempre que esa felicidad no entre en conflicto con las dos primeras Leyes.

Estamos condenados a entendernos máquinas y humanos. No son nuestros enemigos, sino nuestros aliados, siempre y cuando hagamos un uso razonablemente humano de las tecnologías. De lo contrario, nos instrumentalizarán, pero seguramente siguiendo órdenes de otros intereses económico-políticos. Por todo ello se entiende que Isaac Asimov, más de 100 años después de su nacimiento, fue y sigue siendo una imaginación literaria-científica al servicio de la humanidad.

Leer más en HomoNoSapiens| Monográfico Asimov: Novelas de ciencia ficción y Asimov

 

About Author

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 230 ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), "Conocerte a través del arte" (2018) y "Meditaciones de Ronda" (2020). Asimismo, ha colaborado en otros 15 libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Claves de la Razón Práctica, Cuadernos Hispanoamericanos, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo" (inédito), y la Beca de Investigación Miguel Fernández sobre poesía española actual (2019, UNED) por "Cuanto sé de Eros. Concepciones del amor en la poesía hispanoamericana contemporánea", que verá la luz a finales de 2020. Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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