Las edades del hombre

Las edades del hombre

El azar me regaló, a principios de septiembre, el placer de poder saludar en un supermercado malagueño a una alumna de hermosos ojos verdes de la que fui tutor en sus últimas andanzas en el Bachillerato, en el ya lejano curso 1994-95. Tras constatar, gracias a la inevitable comparación sensorial, el deterioro de mi oronda, calva y cana res extensa cartesiana y la madura juventud de mi antigua alumna, ésta me confesó, como pidiendo perdón a Cronos, que su hijo ya va al Instituto[1] en el que enseño Filosofía desde hace veintidós años, y que su vástago tendrá que padecer, probablemente, mis requiebros cerebrales en breve. Y se da el caso de que una semana después, el domingo 11 de septiembre para más señas, he tenido el honor de presentar, en el marco de los trabajos del XI Congreso de la Asociación Andaluza de Filosofía[2] (“Filosofía y Religión: retos y desafíos actuales”), celebrado en Granada, a mi profesor de Filosofía de la Religión, el pensador vasco Javier Sádaba. Me he acordado, casi de forma automática, de un motivo pictórico recurrente en la Historia del Arte occidental: las edades del hombre. Sea en la cruda imagen renacentista de Hans Baldung, sea en el delicado lienzo de Tiziano, nos asomamos sin remisión al significado de los procesos irreversibles y puede que tengamos por ello la tentación de enfrentar el peso del “tiempo vivido” (al que alude el filósofo francés Henri Bergson, un héroe conceptual para el poeta Antonio Machado), al de la inexorable y determinista “flecha del tiempo” a la que apuntan las versiones teóricas de Newton y sus seguidores del siglo XIX.

En mayo de 1985 entregué dos trabajos con objeto de superar la materia Filosofía de la Religión impartida por el profesor Sádaba en la Universidad Autónoma de Madrid. Uno de ellos, dedicado al Catecismo Positivista de Comte, me permitió defender apasionadamente el culto a las mujeres. El otro, titulado La Hidropesía de Heráclito (y tal) – de tono menos académico, puesto que se trataba de un entremés en un acto y una loa, y fruto de la colaboración con dos compañeros[3] de quinto de Filosofía-, pretendía examinar, en clave de humor, los principales argumentos racionales en defensa de la existencia de Dios gracias a figuras tan variopintas como el presocrático Heráclito de Éfeso, el filósofo escocés David Hume, el Marqués de Sade, San Anselmo de Canterbury, Santo Tomás de Aquino, el Papa Wojtila, Ruiz Gallardón padre, la Madre Teresa de Calcuta, el incombustible actor John Wayne, el filósofo y piloto acrobático norteamericano Norwood Russell Hanson, un ermitaño experto en semiótica y un esqueleto. Obviamente, el profesor Sádaba tenía la mosca detrás de la oreja y sabía que era uno de los personajes de nuestro entremés. Pensó que se trataba del mentado esqueleto, un delgadísimo y demacrado portavoz de las ideas que vertiera John Kennedy Toole en su novela La conjura de los necios, publicada póstumamente en 1980. Siento decirles que no estuvo acertado en su juicio. Treinta y un años después, y en un escenario menos prosaico, el del elegante Palacio de los Condes de Gabia de Granada, pude revelarle un secreto a voces: Javier Sádaba era, en nuestra magna obra, el escocés David Hume, personaje que muere en ella apuñalado y recitando en el momento cumbre un fragmento de la ópera Aída de Verdi, a manos del Marqués de Sade (La fatal pietra sovra mi chiuse;/ ecco la tomba mia./ Del di la luce/ piu non vedró[4]).

Muchas son las pistas que nos permiten ver en Javier Sádaba un alter ego de David Hume, auténtico fundador de la Filosofía de la Religión en pleno siglo XVIII. Ambos simpatizan con el empirismo, el escepticismo moderado, el rechazo del dogmatismo y la necesidad de investigar las relaciones entre la religión, la ética y la política. Pero se me antoja que el profesor Sádaba, hábil e incisivo polemista[5] y uno de nuestros pensadores más mediáticos, es un genuino filósofo de la sospecha, al estilo de nuestro admirado Wittgenstein, objeto de su Tesis Doctoral sobre el lenguaje religioso y la filosofía analítica. Ha sabido, asimismo, conjugar el discurso académico con la filosofía práctica en publicaciones generalistas tan leídas como su libro Saber vivir, publicado por Ediciones Libertarias en 1984[6]. Con ello se aleja, a mi juicio, del tozudo conservadurismo de Hume, filósofo empeñado en la racionalización ilustrada de su contexto social.

Durante muchos años ha ejercido como Catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid[7], donde nos conocimos, y ha sido también profesor en prestigiosas universidades como Tübingen, Columbia, Oxford y Cambridge. No se puede obviar, asimismo, el papel que la teología y, en particular, la Compañía de Jesús, desempeñó en su formación. Curiosamente, este licenciado en teología por la Universidad Gregoriana de Roma, ha optado por la separación radical de aquella de la filosofía de la religión y su propuesta ética es la de una ética erótica, centrada en el deseo y el buen vivir, con una clara proyección política. Sádaba se sitúa en las antípodas de los que prefieren construir catálogos de deberes y lleva años dándole vueltas, como el eminente filósofo y lingüista norteamericano Noam Chomsky, al modo en que se podrían concretar de modo efectivo las ideas anarquistas en el mundo actual.

Además de ser un contumaz aficionado a “pensar en directo” (aunque sin los espasmos del maestro Wittgenstein que heredaron sus discípulos más recalcitrantes), Sádaba apuesta por una Bioética y una Filosofía de la Religión de corte “laico”[8]. Javier Sádaba es, pues, un atleta versátil, campeón de salto de altura de Vizcaya en su juventud y “un saltador de alturas conceptuales” a lo largo de su dilatada trayectoria intelectual. Más de treinta libros publicados y numerosos artículos, presentaciones, prólogos y participaciones en volúmenes colectivos dan fe de todo ello.

En Granada y en un día tan señalado en nuestra memoria reciente como el once de septiembre, Javier Sádaba nos habló de tres dimensiones básicas de la filosofía de la religión, asentadas en las ciencias del cerebro, la historia de las religiones y el hecho religioso que intenta diseccionar la antropología cultural como fenómeno adaptativo, respectivamente. A mi mujer y a mí nos habló del amor como motor vital y del inmenso valor de la amistad. Y lo hizo, aunque pudiéramos llegar a pensar que son cosas que sólo pueden ser “mostradas”.

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[1] Aunque es altamente probable que este detalle no le importe a nadie más que a mí, les informo de que se trata del IES Jacaranda de Churriana-Málaga, y que antes de aquí he trabajado durante casi nueve años en centros de Madrid y Palma de Mallorca.

[2] www.aafi.es es la Web de la AAFi.

[3] Antonio Ballesteros Jaráiz y Francisco Giménez Gracia es el nombre de mis compañeros en esta empresa y en la aventura del pensamiento crítico de aquellos años.

[4] La fatal losa se cierra sobre mí;/ he aquí mi tumba./No veré más/ la luz del día.

[5] El profesor Sádaba ha intervenido apasionadamente en controversias políticas como las derivadas del la oposición al servicio militar obligatorio, la legitimación de la tortura, la invasión de Irak, la permanencia de España en la OTAN, el nacionalismo vasco o el terrorismo.

[6] Otros ejemplos dignos de mención son sus libros Saber morir (Madrid, Ediciones Libertarias/Prodhufi, 1991), Amor diario (Madrid, Ediciones Libertarias, 1997), La vida en nuestras manos (Madrid, Ediciones B, 2000), La vida buena. Cómo conquistar nuestra felicidad (Madrid, Península, 2012) o No sufras más: la felicidad en la vida cotidiana (Madrid, Península, 2014).

[7] Universidad de la que, actualmente, es catedrático honorario.

[8] Se pueden leer sus propuestas en el terreno de la Filosofía de la Religión en un libro divulgativo titulado La religión al descubierto (Barcelona, Herder, 2016). “Lo que decía Wittgenstein de la metafísica -escribe como colofón de este último- lo digo yo de las religiones: no me reiré de quien se defiende atrincherado en ellas, siempre que no las imponga a nadie”.

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Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985,
en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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