Las ciudades imposibles: Pisa, Venecia, Nápoles

Las ciudades imposibles: Pisa, Venecia, Nápoles

Imagen |Rebeca Madrid

Cualquiera que haya paseado por los alrededores del Duomo de Pisa habrá contemplado lo más parecido a la torre inclinada de Babel que el mundo moderno puede ofrecer: tal es la cantidad de lenguas que se puede escuchar en las inmediaciones del más famoso de los campanili italianos. Gentes y pueblos enteros concentrados en la franja sur de la zona ajardinada que rodea la catedral con un único propósito: crear trampantojos fotográficos jugando con la inclinación de la torre. Así, ignoran o prestan poca atención a la que sin duda es la fachada catedralicia más bonita de la Toscana – las de Siena y Florencia son creaciones del siglo XIX- y a uno de los cementerios más bonitos de Europa – el primero en abrirse al público por la presión de los viajantes en el Grand Tour, y también modelo para el Panteón de los Hombres Ilustres de Madrid-. Para estas personas todo el complejo de la Piazza dei Miracoli está reducido a eso: una foto presuntamente divertida con algo sorprendente por su aparente imposibilidad.

Pisa no es, desde luego, el único lugar de Italia en el que estar se ha visto reducido a posar de una determinada manera. Hace ya más de 20 años Régis Debray escribió Contra Venecia (Ed. Confluencias), una invectiva contra el significado que la ciudad de los canales había adquirido para Occidente. Defendía ahí que Venecia no solo se había convertido en un casi total decorado teatral para los turistas, sino una razón particular por la que ello es así: al decorado Venecia añade el templo para los devotos del Arte y la Cultura, y a él acuden en un intento de participar de la religión oficial de los snobs, buscadores de un Santo Grial cultural de cuya copa puedan beber para diferenciarse de la masa, sin comprender que esa misma búsqueda, ya devenida en puro mercantilismo turístico, es la que les homogeneiza. La pose en Venecia no es tanto física como espiritual: la delectación esteticista pero nada vigorosa, la aspiración de los deletéreos efluvios que emanan de la laguna hasta la paralización. En Venecia uno puede expresar todo el desencanto que provoca el mundo contemporáneo y a la vez no hacer nada para cambiarlo, porque está fuera de ese mismo mundo.

Para Debray (cuyo estilo es tan ampuloso como la ciudad que denosta, con unas florituras verbales que denotan la pertenencia del autor al mismo grupo que ataca, el de los estetas irredentos y algo oscurantistas) Venecia no es solo una ciudad a orillas del Adriático: es una terrible premonición del futuro de Europa, convertida en el parque temático de norteamericanos y asiáticos ávidos de encontrar en Europa ese toque decadente y glamuroso, que Debray asocia con el anquilosamiento de aquello que ha perdido su función primigenia. El autor francés no aporta soluciones (como sugiere Christopher Butler, los postmodernos somos magníficos destructores pero pésimos constructores), pero delinea, si bien vagamente, una alternativa: Nápoles. A la sombra del Vesubio el francés creía encontrar aún a un pueblo, una ciudad, vibrante, todavía algo atávicos en su relación con las imágenes (San Jenaro defendiendo a los napolitanos de la lava). El fuego vivo vesubiano frente al agua estancada veneciana.

Se puede sospechar, sin embargo, que Debray, tan consciente de los problemas de Venecia, obvia los napolitanos. Aún hoy la concupiscencia de la ciudad, la absoluta fascinación que provoca la mezcla de la belleza con la basura, puede obnubilarnos de tal modo que no nos preguntemos por sus causas. Por increíble que sea, en Nápoles parece como si los servicios mínimos de limpieza, conducción vial y reparación de fachadas hubieran parado repentinamente hace 30 años y la ciudad hubiera continuado impasible con su frenético ritmo; algo que hace de ella una mezcla de Italia y América Latina. Racionalmente uno podría pensar que nadie querría vivir en ella, pero cualquiera que haya contemplado alguna vez el golfo de Nápoles, paseado por los Quarteri spanogli o por la Via dei Tribulane queda convencido de la veracidad del «vedi Napoli e poi muori».

Más de 20 años después del librito de Debray, el contraste entre Venecia y Nápoles sigue vigente. Si añadimos Pisa, además, podemos obtener un mapa preciso de los riesgos de Europa: convertirse en un parque temático tanto físico (Pisa) como sentimental (Venecia), sustentando un sistema político-económico-social que falla a la hora de afrontar los desafíos más urgentes: paro juvenil, cronificación de la pobreza, gestión de la inmigración, degradación de los servicios públicos (todo, en fin, lo que una mirada “marxista” a Nápoles y el sur de Italia no puede dejar de notar). Las ciudades imposibles enseñan que la belleza puede deshumanizar, si dejamos que su contemplación nos sobrepase y paralice de éxtasis, olvidando la fealdad del mundo y, con ella, la obligación de hacer que desaparezca.

 

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Sobre el autor

José Corrales Díaz-Pavón

José Corrales Díaz-Pavón es coordinador editorial de HomoNoSapiens. Filólogo Hispánico, cree, con Eco, que la lectura es una inmortalidad hacia atrás, y ,con Kafka, que un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.

Comentarios

  1. Ignacio
    Ignacio 7 octubre, 2018, 20:08

    Necesaria reflexión, más aún estando de viaje de turista… Ciudades imposibles podrían ser también ciudades reversibles, donde las dos caras de la misma moneda casi ni se encuentran la una con la otra. El telón del que hablas. ¿Y como hacer para que esto no sea un parque temático, un destino turístico de gentrificación y souvenirs kitsch?

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  2. José Corrales Díaz-Pavón
    José Corrales Díaz-Pavón Autor 9 octubre, 2018, 23:42

    En Nápoles no hay MacDonalds porque la mafia no les deja ponerlos… El problema de mantener la “esencia” de una ciudad es determinar qué es esta. Creo que la única forma es intentar que el turismo no se convierta en el único motor económico de un lugar. Lo contrario significa personificar el estereotipo que los turistas esperan encontrar, y no poder salir de ese papel.

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    • Ignacio Bosque
      Ignacio Bosque 15 octubre, 2018, 17:50

      Habrá que exportar la mafia… Estoy de acuerdo en que parte de la solución es desarrollar otros motores económicos, pero además desarrollar la cultura local y la educación en general

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