De muros y paradojas

De muros y paradojas

 

Los muros se construyen cuando las leyes fallan. Son la respuesta natural cuando la realidad supera la ficción de nuestro sistema político: cuando la normativa que permite la entrada legal de extranjeros a un país se enfrenta a los flujos migratorios efectivos; cuando las organizaciones encargadas de mantener la seguridad (consagrada en las leyes democráticas) de nuestra sociedad no logran detener a aquellos que quieren destruir los principios que la cimentan. No parece que en ninguno de los dos casos los muros logren completamente su objetivo: ninguna barrera física hubiera detenido a los atacantes de Bataclan o de Bruselas, puesto que los terroristas que han atentado en Europa eran ciudadanos de la misma nación (o alguna hermana) que atacaban; no hay muro que logre parar a quien huye de la miseria, solo ralentizar su marcha, como muestran las vallas de Ceuta y Melilla.

Hay muchas clases de muros (recopilados en este reportaje de la BBC en español: ), cuya efectividad a la hora de cumplir con su propósito es, cuanto menos, discutible, al menos en aquellos emplazamientos, como pueden ser los países del Occidente cultural, que no se enfrentan a una amenaza directa de violencia por parte de un Estado vecino. Así pues, ¿por qué hay voces pidiendo el alzamiento de más barreras? ¿Por qué se quieren reconstruir las vallas burocráticas derribadas en Europa por Schengen?

Donald Trump ha prometido construir un muro en aquellos lugares en los que no estaba construido, lo cual es significativo: si allí no había una barrera es porque no era necesaria: los obstáculos físicos y la orografía del terreno eran suficientes. El hecho de que al presidente norteamericano no le importe la efectividad (es, de hecho, lo contrario: un gasto innecesario de recursos) nos habla de que su propósito es más espiritual que otra cosa. Aquellos que jalean la medida piensan de esta forma: ‘si un muro construido solo en parte no les ha detenido, un muro completo tiene que hacerlo’. Quieren imponer su lógica a la realidad, y la primera les dice que nuestro mundo está en declive, amenazado por fuerzas foráneas y malvadas. Para ellos el mundo es un juego de suma cero: lo que beneficia a países como China o Brasil nos perjudica. Da igual que, objetivamente, la Europa y los Estados Unidos de América de 2017 sean los más avanzados países de la Tierra: estamos perdiendo la ‘batalla’ porque los BRICS se están acercando a nuestros estándares de vida. Tienen su solución al trilema de Rodrick, que sugiere que un país debe elegir entre dos de las siguientes tres opciones: soberanía nacional, democracia y globalización económica. Como indica Santos Juliá, lo que nadie sospechaba es que hubiera un segmento de la ciudadanía occidental que eligiera solo una de estas opciones: la del Estado-nación.

Países como Canadá o Australia pueden ver cumplidas efectivamente sus leyes migratorias porque su posición geográfica (una isla rodeada de miles de kilómetros de océano, una única frontera con el país más rico del planeta) se lo permite. Europa y EE.UU., no. Quienes emigran aquí ven factible la llegada, aunque tengan que recorrer miles de kilómetros y/o realizar peligrosas travesías por mar en condiciones deficientes. Son los países de origen de estos inmigrantes los que salen peor parados: pierden una fuerza productiva vital, con lo que el círculo vicioso de su pobreza se acentúa, mientras que los países occidentales ganan población joven, dispuesta a realizar los trabajos más duros y peor pagados, cuya condición de ‘ilegales’ hace que el único obstáculo entre ellos y la práctica situación de esclavitud sea la buena voluntad de su empleador. Y he aquí la gran paradoja a la que se enfrentan Europa y EE.UU.: la única forma de acabar con la emigración ilegal sería la de un plan económico (y de paz, en su caso) para los países africanos, americanos y asiáticos, que les sacara del subdesarrollo que les lleva a la emigración. Pero ello acentuaría la sensación de pérdida de posición hegemónica que parte de la población occidental ya está experimentando como consecuencia de la globalización, y que, en última instancia, llevan a las posiciones antiglobalización de los Trump y Le Pen de turno, que no van a propiciar nada parecido a un New Deal del siglo XXI. Lo que es seguro es que ningún muro va a solucionar este problema.

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Categories: Culturalmente, Leer

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José Corrales Díaz-Pavón

Soy lo que podríamos definir como un 'niño bueno'. Literatura y política son mis pasiones, quizá al considerarlas las más omnímodas de todas las disciplinas humanas. Nací con la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, así que perdonadme la bisoñez.

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