Monográfico Asimov: La Trilogía de la Fundación

Monográfico Asimov: La Trilogía de la Fundación

Imagen |  Pol Güell

Como tantos otros de sus compañeros de generación, Isaac Asimov publicó sus obras más relevantes en los años 50, la gran década de la ciencia-ficción clásica. La inició con su famosa recopilación titulada Yo, robot, compuesta por los primeros cuentos donde formuló y desarrolló esa gran aportación suya al género, las Tres Leyes de la Robótica (palabra que, por cierto, creó él), cuya mejor aplicación seguramente se encuentre en dos espléndidas novelas policiacas del espacio, Bóvedas de acero (1954) y El sol desnudo (1957), protagonizadas por el policía Elijah Baley (el mejor personaje jamás creado por el autor) y el robot, inquietantemente humano, R. Daneel Olivah. Asimismo, son los años de El fin de la eternidad (1955), una de las más sugestivas obras sobre paradojas temporales que salpican la ciencia-ficción, o de las aventuras del ranger estelar Lucky Starr. Pero sobre todo, es el momento en que publica la que, probablemente, sigue siendo su obra más conocida en el género, la Trilogía de la Fundación, uno de los primeros pilares del género, que fuera galardonada en 1966 como la mejor serie de todos los tiempos por los famosos Premios Hugo. Eso sí, el primer libro, Fundación, aun publicado en 1951, está compuesto por cuatro relatos publicados entre 1942 y 1944, más uno nuevo que situó al principio de la novela a modo de motor argumental (supongo que, asimismo, modificaría los anteriores para adecuarlos mejor entre sí). Los otros dos títulos del ciclo ya fueron concebidos directamente como libros: Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953).

Asimov fue uno de los principales cultivadores de eso que él mismo llamó «ciencia-ficción dura» y que se caracteriza porque, haciendo honor al nombre del género, construye sus relatos a partir de la especulación sobre las posibilidades futuras de la ciencia. Por ende, la ciencia-ficción blanda sería esa parte del género que utiliza el ambiente futurista como mero decorado para situar en él argumentos propios de la aventura en sentido clásico (por ejemplo, la llamada ópera espacial).

La Trilogía de la Fundación es un buen ejemplo de esa vertiente especulativa, si bien su cobertura ambiental, e incluso su desarrollo argumental, son propios de la space opera, ya que su trama gira en torno a una serie de intrigas y choques entre diversos estados galácticos, a lo largo de un un vasto periodo de tiempo. Si sostengo que la primera dimensión es más importante que la segunda es porque sus conflictos se resuelven no mediante escenas de acción sino, permítaseme definirlo así, de «combate entre conceptos». Ahora bien, no hay que olvidar que Asimov había comenzado a publicar en las revistas pulp y jamás renegó de ello.

A grandes rasgos, el hilo argumental de la Trilogía es la crónica de una grandiosa saga galáctica. El Imperio que ha dado paz y progreso a la galaxia parece hallarse en la cima de su poder. Sin embargo, Hari Seldon, un pensador de enorme clarividencia que ha creado una nueva ciencia llamada psicohistoria, consigue deducir gracias a esta que su decadencia ha comenzado, de modo lento pero inevitable, y cuando se produzca su caída tendrá lugar un larguísimo periodo de caos y anarquía, desastroso para la humanidad, que durará 30.000 años. Gracias a los mecanismos de previsión que proporciona la psicohistoria, Seldon y sus colaboradores trazan un plan para reducir ese periodo a solo un milenio, al cabo del cual emergerá un Segundo Imperio que restaurará el orden y la prosperidad. Para ello, Seldon funda dos asentamientos donde preservará los conocimientos técnicos y científicos, pues su pérdida durante el periodo de anarquía es lo que multiplicará el desastroso efecto de regresión. Los dos asentamientos reciben el nombre de Fundaciones. El problema es que ese plan no puede transmitirse en sus detalles a los descendientes de los fundadores, puesto que al basarse la psicohistoria en comportamientos estadísticos, las acciones de los hombres deben ser eventuales y no determinadas por su conocimiento de lo que ha de suceder.

En realidad, el centro del relato viene ocupado por los miembros de la Primera Fundación, situada en un lejano planeta del confín galáctico llamado, apropiadamente, Términus. En ella son reunidos los científicos «técnicos», que con el tiempo se convertirán en los únicos suministradores de la tecnología atómica para el resto de la galaxia. La Trilogía es, de hecho, la historia de esta Fundación, de sus primeros e inciertos tiempos, cuando todavía sus enemigos tienen capacidad para destruir el proyecto, y de su progresiva influencia sobre el resto de la galaxia, hasta convertirse en el gran poder emergente que, en efecto, algún día pueda evolucionar hasta el nuevo imperio.

El desarrollo de la saga avanza a través de toda una serie de crisis que amenazan el cumplimiento de ese devenir, mas siempre la Fundación consigue superarlo, de un modo que coincide con las previsiones de su creador. El punto de ruptura se produce en Fundación e Imperio, cuando surge una nueva amenaza que parece estar a punto de acabar para siempre con el plan Seldon, pues aprovecha el punto débil de la psicohistoria, esto es, la imposibilidad de medir las consecuencias de los actos concretos de un solo individuo, puesto que su campo de estudio es el comportamiento de las masas. La galaxia empieza a ser conquistada por un individuo que se ha dado a sí mismo el nombre del Mulo y que es un mutante que tiene la capacidad de controlar las emociones de los seres humanos. De este modo, convierte a todos sus enemigos en fervientes servidores y conquista la Fundación con facilidad. La única esperanza para los resistentes es encontrar la Segunda Fundación, que ha permanecido incógnita hasta entonces. Con el tiempo, sin embargo, algunos de los más lúcidos de aquellos empezarán a considerar que esta Segunda Fundación tal vez sea el verdadero enemigo, pues parece estar constituida por una élite muy exigua de individuos que poseen las mismas capacidades de manipulación mental que el Mulo, cuyo objeto (ejecutado de modo más sutil) no es otro que orientar a toda la humanidad para el cumplimiento del Plan Seldon.

Las cerca de 900 páginas que componen la edición conjunta, en bolsillo, se leen con enorme facilidad, si bien el lector exigente no dejará de lamentar la carencia de un estilo. Es una lástima que la principal limitación de Asimov siempre fuera la ausencia de una poética propia, es decir, de un modo personal de traducir en términos literarios sus apasionantes ideas. El escritor trabajaba poco la estructura, haciendo progresar las tramas casi exclusivamente a través del diálogo. Es más, lo que caracteriza a sus personajes son antes sus palabras que sus acciones, lo que delata al conversador nato que él siempre fue, el hombre al tiempo ligero y ameno cuya imagen se popularizó en numerosas entrevistas y fotografías (siempre con una sonrisa en la boca) y, sobre todo, en los numerosos prólogos que redactó para antologías propias o ajenas, en los cuales conseguía establecer con facilidad una franca familiaridad con el lector, como si estuviéramos ante un amado profesor, a la vez venerable y cercano. Por lo demás, es justo señalar la enorme fluidez narrativa que siempre poseen sus historias, y el incuestionable mérito de que su obra, al menos en sus mejores manifestaciones, consiga escapar (casi) siempre del peligro de la trivialidad, gracias a la considerable densidad de sus ideas: pocos autores han sabido recrear futuros más verosímiles

Ahora bien, el interés fundamental de la saga de la Fundación radica en la capacidad del autor para utilizar la descripción de esas muy convincentes sociedades del futuro para explicar al hombre del presente. A este respecto, solo encuentro un autor a la altura de Isaac Asimov, con el que, como es natural, tiene numerosos puntos en común, si bien literariamente el segundo sea inmensamente superior: el polaco Stanislaw Lem.

La Trilogía de la Fundación encierra una notable reflexión política, impregnada a la vez del hondo humanismo y del sano escepticismo tan propios de Asimov. La idea más importante introducida por el autor es esa curiosa (y casi omnisciente) ciencia llamada psicohistoria. Un personaje la define como «la ciencia de la conducta humana reducida a ecuaciones matemáticas». Otro dirá de ella, burlonamente, que es «la Diosa de la Necesidad Histórica». De hecho, diríase que este descendiente de fugitivos del régimen comunista soviético está realizando una parodia del materialismo dialéctico ideado por Marx, asimismo un modelo de análisis de la historia que pretendía predecir el inevitable futuro de la humanidad y el triunfo de su objeto ideal, el proletariado.

Recuérdese que uno de los principios básicos de este sistema es que la historia avanza según el implacable curso de la lucha de clases, de tal modo que los individuos singulares son meros instrumento de la misma, lo cual implica que las personalidades históricas actúan no tanto por iniciativa personal como por determinismo social. ¿Fueron por tanto los Napoleón, Hitler o Lenin, o el mismo Karl Marx, nada más que meros portavoces de la tensión dialéctica, que de no haberse concretado en ellos habría encontrado otro «avatar» que habría ejecutado muy parecidas acciones? El personaje equivalente en la Fundación sería el Mulo, cuya aparición tambalea el sistema de un modo que parece irreversible pero que, sin embargo, acaba siendo derrotado (y con un sentido de la lógica que, a posteriori, diríase que siempre fue inevitable).

Al hilo de este juego de espejos (y con la desarmante ingenuidad propia de los herederos del pulp), la trilogía desarrolla una apasionante reflexión sobre la libertad, que tiene la particularidad de ir contraviniendo las expectativas del lector acerca de en qué entidad, institución o personaje debemos situar el siempre confortable rol de lo positivo.

En teoría, el argumento presenta una nítida oposición entre dos grupos que luchan por el poder, es decir, la Fundación y los diversos enemigos que van apareciendo, primero en su interior y luego más allá. Los enemigos (el antiguo Imperio, los señores de la guerra que se reparten sus despojos, el Mulo, por último) representan todo aquello que se considera nefasto para la paz y el progreso, mientras que la Fundación encarna justo lo contrario. Y pese a los múltiples problemas que sus representantes encuentran para salir adelante (esto es, para ajustarse al plan Seldon), lo van consiguiendo incluso cuando parece que todo lo tienen perdido. En términos superficiales, el bien triunfa sobre el mal. Sin embargo, y a poco que el lector olvide los espectaculares árboles para intentar ver el bosque, no tardará en advertir que el gran ausente de los objetivos que persiguen, no ya sus enemigos sino la misma Fundación, es el concepto de libertad.

Y es que no hay que engañarse: el propio hecho de que la historia del universo se vea ajustada constantemente a un plan previsto muchos siglos atrás implica, asimismo, la imposibilidad de iniciativa personal del hombre. Bien podría decirse que ese individuo que ha decidido salvar al ser humano de sí mismo, es decir, Hari Seldon, es el mayor conculcador de la libertad personal del universo. Que además lo haga en nombre de los abstractos principios matemáticos de una ciencia, la psicohistoria, inventada por él mismo, añade un elemento de deshumanización que no puede pasarse por alto.

En el fondo, la Trilogía dirime la lucha entre el libre albedrío y el determinismo. Para mayor incomodidad del lector que busca en la ficción una forma de aprender más sobre el ser humano, quienes representan lo primero son individuos marcados por el ansia de poder, con sus corolarios de militarismo y corrupción, que además, y según el principio rector del libro, inevitablemente acabarán llevando a la galaxia a la regresión económica y tecnológica (y al final del camino, también social). Es más, los segmentos de la Trilogía centrados en la figura del Mulo simbolizan la lucha entre dos tipos distintos (pero en el fondo complementarios) de falta de libertad: el control personal de las emociones, y por tanto de las vidas, por parte del mutante; y la imposición del regreso al plan determinado (e impositivo) de Seldon.

La revelación de que los hombres de la Segunda Fundación  poseen la misma capacidad de manipulación de las emociones que el Mulo (y por tanto, de impedir cualquier oposición a sus designios) nos lleva a un muy apasionante debate. Un debate bastante viejo, por cierto, pues se ha formulado incontables veces en el pasado y en el presente: la dicotomía entre la democracia (definida en más de una ocasión como el menos malo de los sistemas políticos), que al hacer descansar el poder político en las decisiones de las masas (expresadas a través de elecciones), no puede prevenir que, en determinadas ocasiones, esas masas puedan hacer descansar su confianza en dirigentes nefastos que, desde el poder, acaben conculcando las libertades que los han aupado al gobierno; y una dictadura benévola que otorgue el poder a una élite de individuos ilustrados, es decir, teóricamente preparados para el gobierno, cuya actuación (se supone que benigna) no tenga que depender periódicamente de elecciones libres, por su monopolio del poder.

La Trilogía de la Fundación, por tanto, acaba deparando una profunda reflexión que nunca descuida el mero gusto por la narración, tan propio de esas historias del pulp cuya lectura despertó la afición del autor por el género. Con todas sus limitaciones, no cabe duda de que Isaac Asimov pertenece a la estirpe de los grandes narradores que ha dado esa modesta vertiente de la cultura, y que no es ni más ni menos valiosa que las que se proponen como modelos cultos, que es la literatura de género.

Leer más en HomoNoSapiens |Monográfico Asimov: La tarea de humanizar la ciencia

About Author

José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

Write a Comment

Your e-mail address will not be published.
Required fields are marked*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.