El silencio del jefe

El silencio del jefe

Imagen | Iñaki Bellver

Era una película del oeste como otra cualquiera, con un montón de indios buenos y tres o cuatro bastante malos (y una mujer india muy buena, y un viejo jefe pellejoso que apenas hablaba, pero parecía comprenderlo todo); con traficantes de armas rematadamente malos; con un héroe buenísimo –Jim– que se pasaba el tiempo apaciguando a la gente (incluso al corazón agitado de Rayo-de-Luna); con persecuciones a caballo por paisajes que eran siempre el mismo; con noches junto a la hoguera mientras en la oscuridad alguien hacía crujir las ramas; con tambores de guerra que Jim acallaba en el último instante; con disparos y puñetazos, cantinas y abrevaderos, y un duelo final en el que a Jim le hieren en un brazo pero no importa: en realidad, casi no sangra, y además ya lo ha arreglado todo y la paz reinará para siempre entre blancos e indios, confinados desde entonces en bonitas reservas con algún que otro bisonte.

Ya digo: era una película del oeste como otra cualquiera. Y, sin embargo, nadie iba a verla. La pasaron en unas cuantas salas de las grandes ciudades y el público que acudió fue tan escaso que hubo que retirarla a los pocos días. Por algún motivo, los espectadores se aburrían con las andanzas de Jim y Rayo-de-Luna, con las correrías de los traficantes de armas, con esos indios que sólo hablan en infinitivo o a través de movimientos de manos con los que parecen andar todo el rato cazando moscas. En los cines de pueblo la película no tuvo mejor acogida. Se extendió el rumor de que era una película mala y, cuando un rumor así corre por las audiencias, ni un caballo tan veloz como el de Jim puede darle alcance. Con el paso de los años las distintas copias de la película se estropearon, o se perdieron, o se desintegraron, y solo una cinta superviviente fue a parar a los oscuros almacenes de la Filmoteca Federal, Sección W, pasillo 12, estantería 123-A.

Pero cuando a uno nadie lo mira, cuando sabe uno que nadie lo quiere, empiezas por ponerte triste, luego furioso y, al final –si es verdad que nadie, pero nadie te hace el menor caso–acabas majareta. Un día, en la oscuridad de la Sección W, pasillo 12, estantería 123-A, Rayo-de-Luna se puso a llorar con tal desconsuelo que despertó con sus gritos a todo el campamento. Jim, que en ese momento disparaba contra los traficantes de armas, sufrió también un arrebato de tristeza, y tuvo que saltar del caballo y refugiarse tras unos matorrales para desahogarse sin que nadie lo viera. Los traficantes dejaron de encontrar atractivo eso de pasarse el día jugándose la piel por un puñado de dólares que al final nadie sabía cómo repartir, y se miraban ahora unos a otros sin nada que decirse. Cuando Jim sorbía su taza de café a la luz de la luna, nadie tenía el humor suficiente como para ir a asustarle pisando alguna rama. Los bisontes pastaban entre guerreros desolados (y un tanto beodos) que habían perdido todo interés por la caza. El Gran-Jefe-Comprensivo-y-Pellejoso hizo un gesto verdaderamente extraño con su mano, cerró los ojos y se quedó dormido.

Pero después de la tristeza vino la rabia, y luego –por fin– la locura. Hace tiempo que, en los oscuros almacenes de la Filmoteca Federal, si aguzas bien el oído, escucharás por las cercanías de la Sección W, pasillo 12, estantería 123-A, todo tipo de ruidos extraños. Oirás disparos, muchos disparos, y ¡uff! y ¡agh!, pero también gritos feroces, risas frenéticas, fragor de incendios, establos que se derrumban, estampidas salvajes –y, durante todo el tiempo, la llamada terrible de los tambores de guerra. Uno se pregunta por dónde andará el bueno de Jim, la dulce Rayo-de-Luna; si acaso esas risas desesperadas que suenan cada vez más cerca no serán en realidad sus risas; si hay algo en la película que aún no se haya caído; si es posible el amor cuando todo se arruina y las reservas se llenan de bisontes tristes y de indios borrachos; si el Gran-Jefe-Comprensivo-y-Pellejoso despertará algún día de ese letargo que tanto se parece a la muerte y, con un gesto callado de su mano cansada, sabrá poner orden donde ahora no lo hay.

 

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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