Aproximaciones a lo real

Aproximaciones a lo real

Imagen| Rebeca Madrid González-Mohino

En la caverna de Platón: ¿y si los prisioneros somos nosotros?

Aunque los tiempos siempre estén cambiando, probablemente nunca dejaremos de preguntarnos qué es lo real y qué la apariencia. Son preguntas con las que nos jugamos la vida. Las preguntas filosóficas se caracterizan porque no dejan de interpelarnos, acompañarnos y constituirnos. Y hayamos leído o no a Platón, estemos de acuerdo o no con sus ideas, somos platónicos, pues andamos enredados en sus pensamientos y prejuicios de tal manera que si no los conocemos bien seguiremos pensando y actuando condicionados por ellas. Dado que la cultura es en cierto modo acumulativa, aunque sea reformulando lo que otros sostuvieron, ¡pensemos por nosotros mismos para no caminar tras sus pasos!

En la historia de Occidente el problema de la realidad y de la apariencia se remonta al menos a los presocráticos. Según Parménides el ser es y no puede no ser. Por el contrario, para Heráclito todo está en devenir, en continuo cambio. Platón sintetiza ambas posturas. A fin de reformar la polis bajo una justicia universal (evitando, entre tanto, condenas y muertes de los mejores ciudadanos, como sucedió con su maestro Sócrates), Platón distinguirá un dualismo ontológico, epistemológico y antropológico, de acuerdo con el cual hay dos mundos: el Mundo de las Ideas, que es eterno e inmutable, y el mundo sensible, que son las apariencias cambiantes y contingentes. Al primer mundo, hijo de Parménides, se accede por la razón del alma; al segundo, hijo de Heráclito, por medio del cuerpo.

La alegoría de la caverna, posiblemente la más célebre de la historia de Occidente, se describe en el libro VII de la República de Platón. Unos prisioneros encadenados a un muro no perciben otra realidad que las pasajeras sombras que se proyectan sobre las paredes. Con esta alegoría Platón pretende describir el estado de ignorancia de los seres humanos, y a la vez propone una reforma ético-política por medio de la formación y de la educación, ya que de acuerdo con el intelectualismo moral, sólo puede actuar bien quien conoce la Idea de Bien.

¿Hasta qué punto nosotros todavía somos esos prisioneros que no han salido de la caverna? ¿Qué grados de similitud hay entre aquellos prisioneros y esos otros que, sentados frente a pantallas, creen que la verdadera realidad es la que aparece en las imágenes? Como es sabido, para ejercer adecuadamente la democracia, los ciudadanos deben estar bien formados e informados, de lo contrario nuestras decisiones serán irresponsables e inconsecuentes.

Pero en una democracia los medios de “intoxicación” de masas no son ajenos a los poderes políticos y económicos, a las ideologías, las manipulaciones y tergiversaciones, a la propaganda y a la publicidad. Por ello los ciudadanos debemos estar bien formados y ser críticos, porque si bien nada nos asegura que no nos manipulan (al tiempo que informan pueden estar ocultando lo más relevante para el desarrollo de la vida de las personas), es obvio que si estamos bien formados y somos críticos disponemos de armas para desmontar y no dejarnos embaucar por esos cantos de sirena.

Asimismo, si no estamos bien formados es más probable que caigamos presa de propaganda demagógica o populista que promete una transformación social, pero desconoce las medidas que se tendrían que llevar a cabo para ello o, por lo menos, para reformas graduales que mejoren las condiciones sociales de vida de los ciudadanos. En suma, al igual que el amor, la formación y la educación no lo curan todo, pero son dos herramientas esenciales que, entre tanto, nos permiten comprender, valorar y elegir con conocimiento de causa y distinguir lo real de lo aparente

¿Así es si así lo parece? Del racionalismo matemático de Descartes a la neurología actual.

Por los caminos de la duda, en la estela de Platón, Descartes también desconfía de los datos que nos proporcionan los sentidos. La caña que introducimos en la corriente del río parece que tuerce su trayectoria bajo el agua, pero con otros sentidos como el tacto comprobamos que es un efecto óptico. El Sol también parece a simple vista más pequeño que la Tierra. Y no es extraño que durante tantos siglos hayamos creído que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no al revés; al fin y al cabo esta es la apariencia de lo real, hasta que se descubrió el telescopio, que permitió a científicos como Galileo emprender la revolución científica, y pasar del geocentrismo al heliocentrismo. ¿Nos engañan los sentidos o la interpretación que hacemos de lo que estos nos proporcionan?

Descartes, que fue un gran matemático (descubrió al tiempo que Fermat la “geometría analítica, que hoy conocemos como “coordenadas cartesianas”) y, junto con Newton, al que le prepara el terreno, el más destacado representante del “mecanicismo moderno”, se inspira en las matemáticas como modelo de conocimiento riguroso, ya que estas no toman nada de la experiencia sensible, de manera que sus deducciones y conclusiones las extrae de las operaciones mentales.

Galileo había declarado: “La filosofía está escrita en ese grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos…”. Podemos rastrear esta concepción en Pitágoras, para el que “la naturaleza de las cosas es el Número”. ¿Se encuentra la realidad compuesta de números o más bien utilizamos estos símbolos explicar y predecir la realidad?

Es dudoso que la naturaleza de las cosas sea el número, pero sin duda los números y el lenguaje de las matemáticas nos permiten calcular y predecir con elevada precisión los fenómenos de nuestro mundo. La razón matemática no es la única razón válida –cuidado con “la razón” y con a qué llamamos “razón”, pues acaba decidiendo sin ser a veces “la razón”– para descubrir el mundo que nos rodea, pero es imprescindible. Prueba irrefutable de ello es el papel decisivo que ha desempeñado en la llamada revolución científica y sigue haciéndolo actualmente en las ciencias formales, naturales y sociales.

Una de esas jóvenes ciencias en las que se depositan grandes expectativas es la neurociencia, de la que Descartes puede considerarse en cierto modo su precursor, ya que en contra de su difundido dualismo antropológico (en el que coincide con Platón y el cristianismo), también defendió la conexión entre los procesos corporales y mentales por medio de la glándula pineal. Más tarde se comprobó que era incorrecto, pero intuir en el siglo XVII que en alguna parte del cuerpo humano existe una conexión entre tales procesos corporales y mentales es un anticipo de lo que investigará la neurociencia.

Y por lo que nos cuenta el neurocientífico David Eagleman, lo que sucede en nuestro cerebro no concuerda con la realidad: “Desde el momento en que se despierta por la mañana, le acomete una profesión de luces, sonidos y olores. Sus sentidos se ven desbordados. Lo único que tiene que hacer es aparecer cada día, y sin pensarlo ni esforzarse se ve inmerso en la irrefutable realidad del mundo. Pero, ¿hasta qué punto esa realidad es una construcción de su cerebro que tiene lugar sólo dentro de su cabeza?”. Eagleman está apuntando a ese círculo de soledad que baña cada vida, el solipsismo, al que se aproximaron distintos filósofos, desde Descartes a Wittgenstein.

Eagleman añade lo siguiente: “Nadie posee una experiencia de la realidad objetiva existente; cada criatura percibe tan sólo lo que ha evolucionado para percibir. Pero es de suponer que cada criatura asume que su porción de realidad es la totalidad del mundo objetivo. ¿Por qué íbamos a ponernos a imaginar que hay algo más allá de lo que podemos percibir?” Es lo que en cierto modo hizo Kant al distinguir el noúmeno, la cosa en sí, de los fenómenos, aquello que es objeto de conocimiento de las ciencias. Pero, ¿no cayó con ello en una ilusión?

“Después de Kant –escribió Salvador Pániker–, todos somos constructivistas: no sabemos por dónde anda lo real, sólo sabemos que los ´fénomenos` vienen parcialmente construidos por el cerebro y por el consenso social. Cuestión concomitante: si no conocemos el mundo ´tal cual es`, ¿cómo se explica que nuestras estructuras mentales encajen con lo real? Konrad Lorenz, de acuerdo con la teoría de la evolución, dio una explicación: las llamadas formas innatas del conocimiento son experiencias adquiridas sobre el mundo, no por el individuo, sino por la especie: adaptaciones para la supervivencia”.

Aunque se entiende la descripción de Eagleman, no conecta los fenómenos neurológicos con lo mentales y culturales, lo que desde una perspectiva filosófica podría incurrir en reduccionismo: “A pesar de la sensación de que experimentamos el mundo que hay ahí fuera, en última instancia nuestra vida se construye en la oscuridad, en una lengua extranjera de señales electroquímicas. Esa actividad, que se difunde a través de vastas redes neuronales, se convierte en su relato de lo que sucede, en su experiencia privada del mundo”. Hay un salto abismal entre las conexiones neuronales de nuestro cerebro y el hecho, sin duda aprendido culturalmente, de contar relatos. Y no sé cómo se logrará describir la interacción entre unos fenómenos y otros sin caer en dualismos (cuerpo-procesos mentales; dentro-fuera…) o con una continuidad que conciba la cultura no como algo separado de la naturaleza, sino más bien como una prolongación de la misma.

En todo caso, se me antoja imposible evitar cierto idealismo. De ahí que uno de los modelos esenciales de metáfora que atraviese la cultura no solo Occidental sea “la vida es un sueño”: desde Chuang Tzu a Borges, desde Calderón de la Barca a Schopenhauer, pasando por Cervantes, Descartes, Poe o Cortázar, no dejaremos de pensar y sentir, al menos por momentos, que “estamos hechos de la misma materia que los sueños” (Shakespeare). Esto puede ser una liberación (como si lo real perdiera sustancia), pero también es una condena (como si lo real no fuera suficientemente real).

“Pero lo más extraño –agrega Eagleman– es que pro, bablemente cuenta con un relato ligeramente distinto. En cada situación con múltiples testigos, los distintos cerebros poseen experiencias subjetivas y privadas distintas. Y con siete mil millones de cerebros humanos paseándose por el planeta (y miles de billones de cerebros animales), no puede existir una sola versión de la realidad”. Esta visión es compatible con el perspectivismo y el pluralismo, ya defendidos por Nietzsche. En algunas cuestiones es inevitable, pues sucede de facto; en otras en las que necesitamos traspasar la subjetividad, como en las ciencias o en las leyes, se requiere una colaboración intersubjetiva para alcanzar un consenso racional y razonable. A sabiendas de que no existe la última palabra o, lo que es lo mismo, está continuamente sobrevolándonos.

“¿Qué es la realidad, por tanto –se pregunta Eagleman–? Es como un programa de televisión que sólo usted puede ver y que no puede apagar. La buena noticia es que resulta que lo que hay en antena es el programa más interesante que podría desear: editado, personalizado y emitido sólo para usted”. El hecho de que sea el programa más interesante para cada uno de nosotros, ¿no será otra forma innata producida por la evolución para adaptarnos y sobrevivir con mayor capacidad debido al egoísmo? Sea como sea, el símil del neurólogo es esclarecedor acerca de la soledad que nos constituye. Como sugerimos arriba, para salir del círculo de la soledad, es necesaria, siquiera de manera temporal, la experiencia intersubjetiva.

Leer más en HomoNoSapiens| Monográfico Realidad y apariencia en el mundo actual

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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