Un árbol casi centenario

Un árbol casi centenario

Antonio es un árbol casi centenario. Firme y frondoso, se desplaza con solemnidad, en silencio. Sus hojas acarician con elegancia el aire, un aire sin fisuras, amante, sin violentar el curso de los días. Antonio está fijado al ciclo de la vida, dueño del tiempo, y no deja de agradecer a cada paso, lentamente, ser uno con la tierra. Su mirada es limpia, azul y transparente como el agua en la que la viven los tritones, y conoce muchos secretos. Resulta inverosímil que necesite apoyarse en unas muletas para abrazar el espacio, como le pasaba a mi abuela Araceli, porque parece imposible que pueda caerse. Y mucho menos, quebrarse por “los odios que al mundo envenenan”, como decía el viejo himno revolucionario. Carmen se sienta a su lado con una ternura infinita, sabiendo que es un árbol, tal vez un roble o un castaño, aunque la pasión de Antonio siga siendo el rostro de los olivos de la Axarquía con los que se ganaba el sustento. Me gusta mucho que Carmen sea tan cariñosa, que sea una mujer que sonríe con los ojos y disfrute tanto abrazándose a los árboles, sintiendo cada uno de los surcos de los troncos, dibujando las ondas que se forman en el agua.

Carmen y Antonio dialogan con el rigor y el respeto que Kant atribuía a la “buena voluntad”, como miembros distinguidos del reino humano-vegetal, pidiéndose disculpas por todo —incluso por lo que menos disculpa requiere— con el pretexto oculto de comunicar al mundo la buena nueva de la dignidad humana. Antonio se excusa: no puede evitar emocionarse en el día de hoy. Otro día podemos quedar para hablar del campo, dice. Antonio está sentado como un rey en medio de un hormiguero humano de tristezas, recibiendo el pésame, tragándose estoicamente el dolor sin que se note, bebiéndose las lágrimas —porque los hombres no lloran— después de pasar toda la noche en vela en el tanatorio. Es un rey que nunca podrá ser destronado, porque su savia roja contiene la sobreabundancia de los que son fieles al “sentido de la tierra” del que habla Nietzsche, aunque sean árboles silenciosos y austeros. Pero hoy su reino ya no es de este mundo. No puede reinar sin María, sin sus raíces aéreas y profundas. Aun así es fácil reconocer el mar y hasta la invisible sombra de Buda en sus gestos verticales, hundidos en la tierra con una fuerza más que humana. En Antonio reconozco tanto al bueno como al noble. El primero se aferra con amor a las cosas viejas y porfía por su conservación y su limpieza; el segundo aspira a crear cosas nuevas, como escribe Nietzsche en “Del árbol de la montaña” de su inefable Zaratustra. Hay que arrancar las malas hierbas del campo de aguacates, le dice Antonio a su hijo. Y su hijo, también Antonio, ha aprendido de él a reparar, codo a codo con Queti, su compañera, los engranajes del mundo, a aventar la hojarasca y crear cosas nuevas.

 

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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