Arte y ciencia en Escher

Arte y ciencia en Escher

A excepción de en algunos genios como Leonardo da Vinci (1452-1519), tradicionalmente arte y ciencia se han contrapuesto como espacios sin vasos comunicantes, como si la imaginación del arte fuera incompatible con la lógica precisa de las ciencias. La hipnótica y cautivadora obra de Maurits Cornelis Escher (Países Bajos, 1898-1972) pone en tela de juicio esta creencia tan arraigada como infundada. Ambas disciplinas humanas requieren tanto de la imaginación como de las lógicas, en una palabra, de creatividad, si bien persiguen distintos fines: mientras que las artes procuran transfigurar nuestra visión del mundo, las ciencias nos permiten tener mayor dominio sobre la naturaleza y cuanto nos rodea.

Desde el 2 febrero hasta el 25 de junio de 2017, el Palacio de Gaviria, en Madrid, cerrado durante años, acoge una retrospectiva de Escher, artista del grabado, intelectual y matemático, compuesta de 200 obras. La muestra está producida y organizada por Arthemisia en colaboración con The M. C. Escher Foundation, y comisariada por Mark Veldhuysen, comisario de la anterior fundación, y Federico Guidiceantrea, un coleccionista italiano. Se trata de un recorrido por la trayectoria vital y artística de Escher, desde sus primeras etapas, en las que participa en corrientes de la época, como el Art Nouveau, hasta que encuentra su propia voz, su singular estilo de paradojas geométricas, representaciones que apuntan hacia el infinito, construcciones imposibles e ilusiones ópticas. Escher es reconocido internacionalmente por obras como su memorable autorretrato, Hand with reflecting globe (1935), Relativity (1953) o Beldevere (1958). Cualquier espectador desea encontrarse con estas obras maestras y otras como Three worlds (1955) o Print Gallery (1956), ya que al fin y al cabo desea contemplar las originales que ha visto extrañado y perplejo antes en libros sobre su obra gráfica.

Sin embargo, lo que nos sorprende en el recorrido es cómo se va gestando y transformando su estilo a la par que su vida. Con apenas 30 años crea Tower of Babel (1928) desde una perspectiva inusual en la historia de la pintura y con el obstinado rigor que le caracteriza. En 1922 viaja a Roma, ciudad en la que se establece dos años más tarde. Desde allí realizará numerosos viajes en los siguientes diez años a los Abruzos, la costa de Amalfi, Calabria, Sicilia, Córcega y España. De esta etapa en la exposición se muestran abundantes obras no muy conocidas en las que destacan visiones pintorescas de construcciones humanas rodeadas de una naturaleza entre exuberante y sublime, como si los seres humanos se refugiaran de la monstruosa irracionalidad de la naturaleza en esas pequeñas y ordenadas construcciones racionales.

Me emocionan las fotografías, cartas y postales de estos viajes, en los que se revela su espíritu, como apreciamos en este fragmento de una carta escrita en Ravello: “Deseo encontrar la felicidad en las cosas más diminutas, en una pequeña planta de musgo de dos centímetros que crece en una roca, y quiero intentar hacer lo que llevo tanto tiempo deseando hacer: copiar esas cosas infinitesimalmente pequeñas con la mayor precisión posible…”. ¿No es este el espíritu de su obra? En sus obras sentimos una atención y concentración extraordinaria hacia aspectos de la realidad que comúnmente pasan desapercibidos, tratados casi milimétricamente, como si a fuerza de contemplarlos y dibujarlos hubiera llegado a maravillarse de todo cuanto le rodea, y como si por arte de magia, o por la magia del arte, su obra hubiera suplantado su existencia.

En España visitó la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba en 1922. Como no podía ser de otro modo, el despliegue de formas y colores de estas arquitecturas le maravillaron. De hecho regresó a la Alhambra en 1936. No es casual, pues, que en la Capilla del Palacio de Carlos V y en el Parque de las Ciencias de Granada se le haya dedicado una exposición a la obra de este pintor con alma de científico. Del encuentro con esta arquitectura tan minuciosa como prodigiosa surgen obras que repiten teselaciones que apuntan a lo infinito, algo, por cierto, que no existe en la naturaleza. Las estancias se dividen por etapas de su vida y procesos de creación: trampantojos, metamorfosis, cruce de mundos entre las dos y las tres dimensiones, perspectivas y arquitecturas imposibles…

Junto con paneles que nos informan de las etapas de su vida y de su creación, hay otros paneles que nos invitan a descifrar de qué técnicas y estrategias se sirve el artista para suscitarnos tales efectos visuales, puesto que Escher es un ilusionista, un mago de la percepción. Algunas de ellas son las descubiertas por la corriente psicológica de la Gestalt: como que la percepción es globalizadora, es decir, que tendemos a percibir de forma conjunta, cuando la visión del conjunto no se corresponde con las partes; la ley de la figura y el fondo, esto es, la percepción se organiza por unas líneas que delimitan un espacio que destaca sobre un fondo de otros colores; la ley de la proximidad, de acuerdo con la cual la percepción tiende a integrar los objetos más próximos como si formaran parte de lo mismo; la ley de la semejanza, que tiende a que la percepción se concentre en las figuras similares; o la ley de la continuidad, que acostumbra a organizarnos la percepción como si hubiera una continuidad entre unas figuras y otras, cuando no tiene por qué haberlas…

Como cualquier otro artista o científico, su obra debe mucho a la naturaleza y a la tradición. Por ejemplo, su célebre autorretrato, Hand with reflecting globe (1935) se encuentra en la estela de El matrimonio Arnolfini (1434), de Jack Van Eyck, Autorretrato en espejo convexo (1524), de Francesco Mazzola, el Parmigianino, o Las Meninas (1656), de Velázquez. Si bien al que más se asemeja sin duda es al segundo, que se encuentra en el Kunsthistoriches de Viena. Menos célebre que El matrimonio Arnolfini y Las Meninas, Autorretrato en espejo convexo ha inspirado otras obras, como un poemario de John Ashbery con el mismo título que la obra del Parmigianino que en 1975 obtuvo el Pulitzer, el National Book y el National Books Critics. Pero como en todo artista que merezca ser llamado así, y Escher lo es, su dominio técnico y la inspiración logran trascender la copia imitativa.

Decir Escher es decir el nombre de alguien que juega con la percepción, que es uno de los instrumentos cognitivos humanos con los que nos aproximamos y relacionamos con la realidad. “Mi obra es un juego, un juego muy serio”. Crea un mundo que no existía antes de él, y que a fuerza de contemplarlo nosotros, el público que asiste perplejo y maravillado a sus creaciones, se incorpora poco a poco a nuestro mundo, el real (¿qué es real y qué no lo es?), de manera que pasamos a reconocer ese mundo, suyo y nuestro, con su nombre, Escher.

 

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About Author

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Y es profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de treinta ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (2016), y ha colaborado en obras como La filosofía y la identidad europea (2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (2009) y Ensayos sobre Albert Camus (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación y le han concedido algunos premios de ensayo y poesía. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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