Si las apariencias engañan… Monográfico Realidad y apariencia

Si las apariencias engañan… Monográfico Realidad y apariencia

Imagen |Rafael Guardiola

Las apariencias engañan

Se puede afirmar que todo el pensamiento filosófico y científico nace de esta antítesis: Realidad/Apariencias. En nuestra tradición occidental ya se reveló con Parménides de Elea hace dos mil quinientos años como dos caminos incompatibles. En su famoso poema la antítesis “Ser/fenómenos” se hace análoga a la distinción Verdad/Opiniones, siendo verdad sólo lo que descubrimos mediante un mirar racional. El de Elea contrasta el ser de la verdad-una (alétheia) con la multiplicidad de apariencias y opiniones (doxai).

Aunque imprecisa, es tradicional la interpretación dualista del platonismo –heredera del eleatismo- entre la unidad de las esencias que representan la Idea del Bien, y la multiplicidad de las sombras que fascinan a los trogloditas en la famosa Alegoría de la caverna de República VII. Platón se percató de que había un abismo (jorismós) entre las ideas (paradigmas, modelos, arquetipos) y las cosas tal y como las percibimos, entre el entendimiento (noûs) y la sensibilidad, entre lo que imaginamos y lo que sabemos matemáticamente, entre lo invisible pero inteligible y lo visible pero incomprensible.

Lo que buscaba el divino ateniense era presencia permanente, o sea estabilidad, en el doble sentido de un saber estable y un Estado sin conflictos. En su edad madura, el director de la Academia ensayó salvar ese “abismo” entre lo vivido y lo pensado. Platón propuso en sus inmortales Diálogos una vía dialéctica (discusión incesante), una vía erótica o estética (v. Banquete), y otra propia del entusiasmo místico o religioso, como posibles puentes para salvar el abismo y ascender desde las sombras, convirtiéndose íntegra el alma a la verdadera realidad, hacia lo incondicionado.

A fines de la Edad Media esta distinción entre lo que las cosas parecen ser y su ser verdadero acaba siendo interpretada como distinción entre aquello por lo que las cosas son lo que son, sus causas esenciales y necesarias, es decir la voluntad o inteligencia divina del Creador, y las existencias particulares de las criaturas contingentes que evolucionan y mueren.

Descartes (1596-1650), padre de la modernidad, pretende derivar la existencia real de las cosas, más allá de toda ilusión y prejuicio, de la evidencia del Yo como conciencia racional y sujeto pensante. En efecto, puedo juzgar mal y caer en el juego de las apariencias e ilusiones de los sentidos, pero no cabe duda de que soy Yo quien juzga. Así pues, las cosas son en primer lugar representaciones mías, contenidos de mi conciencia. Sólo tendremos que distinguir y aclarar cuáles son reales y cuáles dudosas o confusas mediante un método que conjuga la intuición racional (evidencia) y la deducción lógica (demostración).

La apariencias son la verdadera vía

Con el decisivo antecedente del fenomenismo escéptico de David Hume, lo que las cosas son en sí, su histórica sustancia o esencia (ousía) acaba siendo enviada por Kant (1724-1804) al baúl de lo que no se puede conocer aunque se pueda pensar especulativamente (el noúmeno). La ciencia habrá de conformarse con analizar fenómenos y determinar sus causas, es decir, la experiencia subjetiva o intersubjetiva, pues no hay ciencia sin contenido empírico, igual que una paloma no puede volar sin aire que se le resista y a la vez la sostenga. Si bien la experiencia es madre de la ciencia, el saber científico es construcción más que descubrimiento, un hacer humano. El objeto científico sintetiza apariencias a posteriori, pero bajo las condiciones impuestas a priori por el modo de ser de nuestra sensibilidad, nuestra imaginación y nuestro entendimiento. Sólo cabe percibir apariencias (fenómenos) después de haber tocado, visto, oído, bajo las condiciones que la imaginación les impone a las sensaciones (espacio y tiempo). Y sólo cabe entender lo que muestran los sentidos si analizamos su contenido mediante experimentos controlados (experiencias artificiales). Las respuestas que la naturaleza nos ofrezca dependerán siempre de nuestro modo de preguntar, y este preguntar siempre entraña categorías fundamentales de la lógica: de cantidad, modalidad, cualidad y realidad, categorías que son modos de ser propios de nuestro entendimiento, puros conceptos. No es posible decidir si el mundo es finito o infinito, uno o múltiple, o si existe o no existen la libertad y Dios, no es posible desde la perspectiva determinista que impone la física de Newton.

La imposibilidad de acceder a la cosa en sí hará derivar a la filosofía hacia una fenomenología que no renuncia a despejar la esencia del fenómeno, su verdadero modo de ser intencional o vital, pero que olvida el problema del Ser (Heidegger). Según Kant, cartógrafo de la Razón y de sus límites, a la Metafísica (ciencia tradicional del Ser) sólo le incumbe servir de fundamento a la ética, pues en lo moral no se trata de saber cómo funciona lo que experimentamos ni qué es lo natural, sino de cumplir con el deber, esto es, en el orden de la libertad ética (opuesto al determinismo físico) se trata de transformar prácticamente la historia de la humanidad en general según las exigencias de la razón pura. Sapere aude! Usa tu razón para dirigirte autónomamente como ciudadano libre, y no como súbdito o esclavo.

Mientras la ciencia debe estar sujeta a la experiencia ya que los conceptos sin contenido empírico son vanos, la ética prescinde de la experiencia como fuente de sus preceptos, pues debe inspirarse sólo en principios ideales para mejorarla, de modo que se vuelva experiencia digna de una criatura racional. Buscamos la felicidad por naturaleza, pero la dignidad por imperativo de la razón pura en su uso práctico. Sólo en la idea del soberano bien (Dios) coinciden felicidad y dignidad. Este es el principio de esperanza kantiano. Más allá de este mundo, quien cumple con su deber puede razonablemente conservar la esperanza de hallar la felicidad real.

Pero Kant no acabó con el problema del Ser. Es evidente que la ciencia, el saber probado, descubre más allá de las apariencias el funcionamiento real de los entes. Parece que el sol sale por el este y se oculta por el oeste, pero la astronomía ha demostrado con exacta precisión que se trata de una ilusión de nuestros sentidos, ¡tan limitados! Es la Tierra la que gira alrededor del Sol. El mundo –como dijo Galileo– parece cifrado matemáticamente. Hoy, las matemáticas hacen posibles y calculables universos inimaginables. Pero ¿qué estatuto ontológico le concedemos a los objetos matemáticos? O dicho más sencillamente: ¿son reales los números?, ¿descubrimos o construimos la realidad cuando la pensamos matemáticamente?, ¿son los números y los principios lógicos meras convenciones?, ¿por qué nuestros juicios de razón son necesarios y nuestros juicios de hecho son contingentes?

Lo que decidimos ser o aparentar hoy

Creemos que nos rascamos la nariz cuando nos da la gana, cuando queremos, libremente. Pero ¿qué es la libertad?, ¿es real la libertad que nos hace dignos de mérito o de castigo, o es una apariencia, una ilusión?, ¿son o no son los violadores y asesinos responsables de sus actos? De cómo pensemos estos problemas dependerá nuestra política educativa y penitenciaria. Además, los problemas del determinismo y del azar forman parte hoy tanto del debate político como de la epistemología científica.

Con el desarrollo de los medios tecnológicos de representación audiovisual, la distinción entre lo real y lo aparente se transforma y diversifica. Vivimos en una icono-esfera dominada por la tele, los monitores, los videojuegos, las redes sociales, la llamada “realidad virtual”, a la que por el momento le falta olor, sabor, tacto, y una tercera dimensión. Sin embargo, la existencia de Batman o Bart Simpson se nos impone muchas veces con mayor nitidez que la de nuestro vecino del cuarto piso. Las apariencias han cobrado una proliferación, un empuje y un embrujo inusitado. Yo soy yo y mis avatares telemáticos; el yo se distribuye en sus representaciones, en selfis narcisistas y mensajes de wasap adornados de emoticonos. Mucha gente dedica más tiempo a la vida representada en Facebook e Instagram que a la vida vivida.

Cuidamos nuestro look hasta el punto de caer en trastornos de alimentación tan graves como la anorexia nerviosa o la bulimia. Las apariencias de la moda nos arrastran como servidores dóciles: “ahora los pantalones cagados, ahora un pirsin en la boca, ahora los vaqueros rasgados, ahora gafas redondas, ahora cuadradas…”. Unamuno definió la moda como máscara de la muerte porque su ser consiste en pasar, pero damos la nota si no aceptamos mínimamente su tiranía, su modo de aparentar. Nada se consolida en un mundo dominado por el fluir de las apariencias. Igual que los pañuelos son de usar y tirar, también los artefactos, los afectos, las novias y los novios. No hallamos permanencia alguna en esa feria de vanidades y de apariencias.

Creemos que el que no aparece en las redes o en los monitores no existe. Aceptamos sin reparos que “una imagen vale más que mil palabras”, pero este tópico sólo es cierto para el indiscutible poder que las imágenes tienen de subyugar, hipnotizar, excitar o asustar, pero la imagen es siempre polisémica, equívoca, y son las palabras las que anclan y afinan su sentido, la explican, y sólo con ellas es posible argumentar, razonar y prever. Entregándose al ciber-sexo es verdad que nadie contrae la enfermedad del beso, ni la gonorrea ni el sida, pero también es cierto que la auténtica relación amistosa o amorosa exige presencia viva, con-tacto sensible, un tête à tête con el prójimo, con todos los riesgos y esfuerzos que ello implica, porque los otros pueden ser mi cielo pero también mi infierno, como decía Sartre. Paradójicamente, la soledad no elegida atormenta a muchas personas en una sociedad extraordinariamente bien intercomunicada. ¿Son “reales” nuestras interacciones o sólo “aparentes”?, ¿auténticas o inauténticas? Y en general, cuando podemos considerar una realidad más auténtica que otra, una apariencia más virtual que otra. ¿Son “naturales” las relaciones sociales?, ¿qué estatuto de realidad podemos ya conceder a la naturaleza en nuestro entorno, tan artificial, tan antrópico? Pero, ¿es menos real lo artificial que lo natural?

Las redes dispersan globalmente nuestros avatares y máscaras, pero también nos contienen y enredan, presos en su telaraña como compulsivos consumidores de cachivaches innecesarios. También nos vuelven vulnerables a nuevas formas de engaño y fraude. Pueden distraernos tanto que atrofien nuestra capacidad de concentración voluntaria. Pueden robarnos el tiempo, la realidad efectiva de la que estamos hechos. Es cierto que los incesantes estímulos audiovisuales de los monitores favorecen desórdenes de comportamiento como el síndrome TDAH, cada vez más frecuente en muchos escolares. ¿Amplían las redes telemáticas nuestra libertad o la controlan?, ¿educan o manipulan? Seguramente pueden ofrecer ambas cosas: el embrutecimiento de la simulación pornográfica y la información precisa, instantánea y gratuita.

Nuestra apariencia representada, líquida, fluida, virtual, parece valer mucho más que nuestra esencia intelectual y nuestra sustancia corporal, y se muestra incluso más inteligible que la esencia privada, secreta, descuidada. Todo ente se ha vuelto una forma fugaz (res est forma fugax) con obsolescencia programada. Mi memoria es ya algo externo, expuesto y exhibido a la luz telemática global en varios blogs que pueden ser corregidos o plagiados. Las telecomunicaciones informatizadas ofrecen posibilidades inéditas, han eliminado fronteras y acabado con las distancias y recortado extraordinariamente los tiempos, facilitando los feed-backs. Las redes amplían las posibilidades de participación democrática, lo mismo que las posibilidades para practicar la difamación y propagar falsas noticias (fakes). El medio es neutro, como un martillo, todo depende de lo que hagamos con él: fijar en la pared un hermoso cuadro o desnucar a alguien.

Mucho hemos ganado al descubrir que vivir es convivir y que no somos nada sino en relación a otros, en comunicación con otros. La misma identidad nace de la internalización de ese proceso de comunicación social que empieza con la mirada cariñosa de la madre lactante. Así pues, a la razón científica, a la razón práctica y ética, y a la razón estética o artística, hay que asociar la razón comunicativa en la que nos conformamos, pues la realidad parece construirse social, colectivamente. En diálogo con los demás corrijo mis puntos de vista y los amplío, siempre que el diálogo esté libre de coacciones, es decir, sea libre su expresión y busque el mutuo entendimiento, y no el dominio del otro mediante la violencia verbal (amenazas, insultos). Por eso la soledad conduce a la locura, pues sólo mediante el intercambio de ideas logramos adquirir un sentido común, una conciencia aproximada y verosímil de lo que consideramos real.

Por otra parte, a la filosofía le sigue correspondiendo ese papel principal de coordinar y valorar las distintas apariencias que se nos ofrecen como reales, virtuales o consistentes, materiales o espirituales, fácticas o desiderativas, auténticas o inauténticas, naturales o artificiales. Porque no somos sólo lo que somos, sino que también somos lo que recordamos haber sido, nuestra biografía, y lo que pretendemos ser, nuestras ambiciones y sueños.

En conclusión, sólo evitaremos la falsedad y la mentira si contrastamos críticamente las apariencias mediante un diálogo amistoso interminable que busque la concordia, o sea, no sólo un diálogo de razón a razón, sino también de corazón a corazón. Dicha conversación, educada, respetuosa y amable, es el distintivo específico del amor. Con ello conseguiremos por lo menos vivir en lo que la filósofa andaluza María Zambrano llamaba una “penumbra tocada de alegría”.

Recomendación para seguir pensando

Para profundizar especulativa y reflexivamente en las posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías de simulación y creación de apariencias verosímiles, dependientes de los avances en neurología, inteligencia artificial, cibernética, telemática, etc., recomiendo la serie Black Mirror (Espejo negro), disponible en Netflix y creada por Charlie Brooker, que explica así su título: “Espejo negro es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”. Los episodios de la tercera y cuarta temporada exploran muy artísticamente hasta donde podemos llegar en la creación de apariencias verosímiles que influyan poderosamente en nuestro modo de sentir, pensar y ser.

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Sobre el autor

José Biedma López

José Biedma López es un auténtico Homo Universalis del Renacimiento nacido en Úbeda (Jaén). Dotado de una erudición excepcional en temas humanistas y científicos, así como de una ironía mesurada, es un apasionado de la fotografía y de la naturaleza, en sentido griego. Es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, así como un estudioso atento de la vida de los insectos. Entre sus publicaciones destaca el libro Imágenes e ideas, una introducción a la Filosofía desde el análisis de la propaganda política y la publicidad comercial (Editorial Alegoría, Sevilla, 2016), y el titulado Interpretación de Andalucía (Jaén, 1998). Ha sido durante muchos años Director de Instituto, tutor de la UNED, secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía (AAFi) y codirector de su revista Alfa. La mayoría de sus artículos están disponibles en la Red; y su poesía casi completa, sus relatos y ensayos, asequibles en Amazon.

Comentarios

  1. Copelipon
    Copelipon 17 enero, 2019, 11:13

    “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”

    Nicolás MAQUIAVELO

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