La realidad manipulada en Philip K. Dick. Monográfico Realidad y Apariencia

La realidad manipulada en Philip K. Dick. Monográfico Realidad y Apariencia

Imagen |Rafael Guardiola

Una noche del año 1958, el todavía muy joven escritor Philip K. Dick entró en su oscuro cuarto de baño y, a tientas, buscó el familiar cordón para encender la luz, que sabía que colgaba a la izquierda de la puerta. Con sorpresa al principio, con pánico después, no lo encontró. Y no lo encontró porque no estaba allí; porque, le aseguró su sorprendida esposa, nunca había estado. Es más: el cuarto de baño no tenía cordón para la luz, sino interruptor, como toda casa moderna. ¿Por qué entonces, sin pensar, dejándose llevar por ese hábito instintivo que crea la familiaridad mecánica de un gesto, había tanteado en busca de ese cordón? Dick escribía cuentos y novelas de ciencia-ficción cuyos argumentos giraban en torno a personajes que acaban descubriendo que la realidad que los rodea es solo una apariencia: al final, siempre hay algo que falla, y ese algo delata la impostura. Sin embargo, esa noche de finales de los años 50, el escritor vivió en sus propias carnes un episodio que hasta entonces parecía propio de su universo artístico. ¿La realidad imitando al arte? ¿O tal vez su vocación no era tan casual como podía parecer: que sin él haberlo sospechado hasta ese momento, sus ficciones eran el modo en que su yo interior trataba de alertar desesperadamente a su conciencia exterior del error de percepción en que él, en que todos los seres humanos, viven?

El mundo literario de Dick, popularizado después de su muerte por el elevado número de películas, incluso de series de televisión, que lo han adaptado, gira en torno a diversos temas que se complementan entre sí: la confusión entre la realidad y la simulación; la manipulación que sufre el ser humano en manos de aquellos que ostentan el poder (político, económico o científico); la posibilidad de que nuestras vidas enteras sean una farsa, una ficción, de la que ni siquiera somos conscientes; la reflexión sobre la divinidad (o el demiurgo: el ser que se arroga poderes divinos para manejar a los demás); las posibilidades de trascender la realidad que nos ofrecen las sustancias artificiales…

Ahora bien, la diferencia entre Philip K. Dick y la mayor parte del resto de escritores es que lo que para otros es un conjunto de temas que los ayuda a comprender el mundo (o a comprenderse, o a cuestionarse, mejor a sí mismos), para él fue la sustancia de que estuvo hecho su mundo. La búsqueda de información sobre el autor, o la lectura de alguna de las biografías que relatan su vida —es fácilmente accesible la excelente que le dedicó el francés Emmanuel Carrère, en Anagrama—, revela que su literatura fue el modo en que Dick comunicó a los demás, unas veces de forma más simbólica y otras más literal, el verdadero concepto que tenía sobre la Realidad.

Una de sus novelas, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), arranca en el momento en que su protagonista, un ídolo de la televisión cuyo programa siguen diariamente treinta millones de personas, despierta una mañana para descubrir que no queda ni rastro de su identidad ni recuerdo alguno de él en el mundo. Puede parecer un típico planteamiento de ciencia-ficción paranoica, pero la lectura de libros sobre Dick nos revela que no solo se limitó a plasmar en forma de novela una de sus mayores obsesiones personales, sino que él mismo llegó a plantearse durante gran parte de su existencia que el Poder iba tras él, alterando, manipulando o cambiando lo que hubiera podido ser una vida corriente. Y todo porque él sabía.

Hay una famosa película, El show de Truman (1998), que convierte esta idea (la conversión del hombre corriente en títere de un poder cuya existencia ignora) en una historia comprensible para el público indiscriminado. La película plagia, homenajea o se inspira en el planteamiento central de una novela de Dick, Tiempo desarticulado (1959), cuyo protagonista es, asimismo, un tipo vulgar que vive una existencia «normal» en una de esas clásicas middle towns tan propias de los Estados Unidos, pero que empieza a encontrar indicios de que hay algo raro en esa vida, en ese lugar (uno de esos indicios alude a ese incidente con el supuesto cordón para la luz que Dick experimentó en primer persona). En la novela, por supuesto, se acabará descubriendo que el protagonista vive en un decorado creado específicamente para él (como le sucederá al Truman Burbank del film de Peter Weir) pues, sin él sospecharlo, es un individuo esencial para la supervivencia de esa Tierra antiutópica en que transcurre la acción. Lo mejor de la novela, por tanto, se encuentra en ese conjunto de síntomas a través de los cuales se va desvelando la extrema porosidad de la realidad aparente, sugiriendo así la existencia (por utilizar un término propio de otro escritor que intentó abrir los ojos del ser humano, el alemán Schopenhauer) de un «velo de Maya» que nos impide alcanzar la auténtica percepción.

Philip K. Dick nació en Chicago en 1938: su hermana gemela falleció al mes siguiente, acontecimiento que no podía sino sugestionar en el futuro a un hombre capaz de encontrar signos de programación del destino, o de alteración de la senda de la vida, en cualquier suceso biográfico. Sus padres se separaron muy poco después y, con diez años, marchó con su madre a California, lugar donde residiría el resto de su vida. Dick creció y vivió durante muchos años en Berkeley, ciudad californiana famosa por su universidad, sin que él pasara nunca por sus aulas. El vasto conjunto de conocimientos que atesoró (y que hacía de su conversación una experiencia fascinadora, según cuentan quienes lo trataron) lo debió a su formación autodidacta. Se interesó especialmente por la teología y por la filosofía, por la metafísica y la literatura, por las construcciones religiosas (él mismo se convirtió al catolicismo en edad adulta) y por las diversas maneras de trascender la realidad. El ambiente alternativo en que se crió, rodeado de estudiantes, de aspirantes a artistas, de desplazados, de hippies y de amantes de la cultura de las flores o del amor libre, amén de su propia necesidad de concentración para llevar a cabo lo único que siempre supo hacer (escribir), lo condujeron de forma natural a las drogas. Toda su vida fue adicto a las anfetaminas y los estimulantes, pero también probó el LSD, el peyote y otros productos (si bien menos de lo que se ha dicho), y el mundo que le abrieron las drogas se recoge en sus novelas, donde las sustancias psicotrópicas son fundamentales.

Como se habrá deducido, Dick padeció toda su vida una considerable manía persecutoria, del mismo modo que sintió un temor atroz a la soledad. Que la realidad sea falsa es una cosa; que encima nos sorprenda en el aislamiento más absoluto, es peor. Ello explica que se casara cinco veces (y se divorciara otras tantas), que cohabitara con diversas mujeres, que tuviera dos hijos y que procurara no vivir solo jamás, ya fuera acogiendo en su casa o presentándose como huésped (con el tiempo, inoportuno) en las de los demás. De hecho, es probable que la más satisfactoria experiencia profesional de su vida fuera su empleo juvenil en una tienda de música, trabajo que le brindó un contacto continuo con otras personas que compartían con él una de sus grandes pasiones. Comenzó a escribir y publicar muy joven: como tantos, quiso ser un escritor serio, pero solo halló mercado para sus relatos de ciencia-ficción. Y escribió mucho, muchísimo, sobre todo en las décadas de los 50 y los 60. Aunque pasó grandes estrecheces (entre otras razones, por su completa incapacidad para los asuntos prácticos), ya en vida recibió la categoría de autor de culto.

El polaco Stanislaw Lem, probablemente el mejor escritor de ciencia-ficción de todos los tiempos, escribió en un artículo famoso que Dick era el único autor valioso del género de su país (ese menosprecio, que no el elogio a nuestro autor, le costó la expulsión de la Asociación de Escritores de Ciencia-Ficción y Fantasía de Estados Unidos, que lo había hecho miembro honorario). Como se sabe, murió pocos meses antes de que se estrenara la película que finalmente popularizaría su nombre más allá del círculo de incondicionales, Blade Runner (1982), la cual, por otra parte, como puerta de acceso a su obra, resulta discutible, ya que el guion del film interpretó muy libremente (eso sí, con enriquecedora libertad) la novela que adaptaba, la por otro lado excelente ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968).

Un libro cenital en su obra, por cuanto tiene de manifiesto metafísico, es Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1964), que escribió precisamente en medio de su periodo de mayor dependencia de las drogas y que refleja ese deseo, o temor, que poseen tantos adictos de que el trip nunca se acabe. Dick sitúa a sus personajes en el clásico futuro antiutópico en que tantas veces se manejó: una Tierra sometida a tal hipercalentamiento que es imposible salir a la calle sin protección; unas colonias extraterrenas (Marte es la principal) tan inhóspitas que sus habitantes lo son por forzoso reclutamiento del gobierno. La única forma de poder soportar estas condiciones es garantizando la huida periódica de sus pobladores a paraísos artificiales mediante una droga llamada Can-Di, que traslada a sus consumidores, por el espacio de unas horas, a unas vidas falsas pero llenas de glamour. Sin embargo, de pronto, un elemento trastoca este orden tolerado por las autoridades: Palmer Eldritch, un misterioso individuo que años atrás había marchado a uno de los mundos exteriores, parece haber regresado de su largo viaje con una nueva droga, Chew-Zi, que ofrece unos efectos muy superiores. «Dios promete la vida eterna. Nosotros la proporcionamos», es el lema bajo el que se anuncia esa sustancia.

El protagonista de la novela, Leo Bulero, el distribuidor principal del Can-Di, cuando intenta llegar hasta Eldritch para deshacerse de él, acaba cayendo en sus manos y se ve sometido a la droga. Entonces descubrirá que es una sustancia cuyos efectos nunca se disipan, que la alteración de la realidad es permanente y que esa nueva realidad es el mismo Palmer Eldritch. De este modo, Dick crea la más terrible pesadilla que, pienso, nos ha ofrecido hasta ahora el tratamiento de las realidades alternativas o de la fusión entre realidad y simulación: una simulación que acaba convirtiéndose en la única realidad, apoderándose una por una de todas las personas a modo de verdadera plaga bíblica que solo puede terminar con la absorción de toda la humanidad en el nuevo universo-Eldritch.

Otro libro central del universo dickiano (y para mí, probablemente su obra maestra) es Ubik (1969), situado en otra Tierra distópica cuya característica más peculiar es que a las personas que fallecen les resulta posible permanecer un tiempo en un estado de «semivida» en el que pueden todavía ponerse en contacto con deudos o familiares y mantener una ilusión de existencia. En esta novela, donde confluyen todos los elementos habituales en Dick pero al servicio de una trama magníficamente desarrollada, tiene como vértice su trama un atentado que sufre un grupo de individuos con diversas capacidades mentales en el que solo fallece su jefe, Glen Runciter. A partir de ese momento, empiezan a ser objeto de una serie de extraños sucesos (descubren en sus bolsillos dinero fuera de circulación, los alimentos que toman están rancios, alguno de ellos muere y su cuerpo se descompone de modo terrible…), entre los cuales figura la recepción de inquietantes mensajes y símbolos que parecen proceder, desde el más allá, de su jefe Runciter. Uno de ellos es un grafiti que aparece sobre un urinario, con la caligrafía de aquel, que dice: Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. La verdad, por tanto, es justo la contraria de la que creen los protagonistas: ellos están en esa «semivida» a que aludía líneas arriba, pero incluso en ese estado siguen siendo acosados por sus enemigos con objeto de matarlos para siempre, ante la desesperación de su jefe, Runciter, que intenta alertarlos para mejor resistir el ataque.

Emmanuel Carrère acertó al utilizar la frase antedicha como título para su biografía de Dick, pues esto es lo que pensó el escritor tantas veces: que solo él estaba vivo, es decir, que solo él acertaba a advertir la impostura que es la vida, que es la realidad, y que poderes ocultos, o la mera estulticia de la percepción humana, nos impiden advertirlo. Él se propuso ser el centinela que lo hiciera. La ironía es que, después del éxito de Blade Runner, el mainstream (ese término bajo el que encuadramos la tendencia más comercial de la cultura internacional, sea audiovisual o literaria) acabó convirtiendo su nombre en mero reclamo para que masas de aficionados al género acudieran a las salas en busca de ciencia-ficción supuestamente seria. Tal vez Philip K. Dick tenía razón: somos títeres en una realidad manipulada… por mucho que, alguna vez, nuestro instinto trate de alertarnos buscando en el vacío esa cadena de la luz que nos expulse de la oscuridad.

 

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Sobre el autor

José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

Comentarios

  1. benariasg
    benariasg 22 enero, 2019, 19:56

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