Pobreza y ausencia de libertad

Pobreza y ausencia de libertad

Imagen| Iñaki Basoa

De todos es sabido que la pobreza es utilizada con bastante frecuencia y descaro para que los avispados sin escrúpulos hagan sus negocios, ya sean empresas, organizaciones o entes privados, cuando no, entes públicos, obteniendo con ello grandes beneficios económicos. La pobreza y la miseria van hermanadas, cogidas de la mano, llevando dolor y sufrimiento a quienes la padecen, no a quienes negocian con ella. Es lo mismo que ocurre con la guerra, unos se benefician con el negocio de las armas y otros la padecen como víctimas de tanta violencia y de tantas muertes. Tras la destrucción viene la reconstrucción y nuevos negocios lucrativos. Lamentablemente, así se escribe nuestra historia de la Humanidad a través de los siglos y de los milenios.

Ahora quiero centrar mi atención en una miseria humana que, como casi siempre, se instala en quienes sufren la pobreza, o tal vez extrema pobreza. Me voy a referir a las condiciones de vida que se desarrollan en determinados centros penitenciarios; en este caso, concretamente, a cuatro de ellos en Bolivia: Morros Blanco, Entre Ríos, Yacuiba y Bermejo, localizados en la ciudad de Tarija. En estos penales la deshumanización que se fabrica es brutal. Estos centros de reclusión acogen a los penados, no solamente para privarlos de su libertad debido a delitos cometidos, sino que se le añaden sufrimientos increíbles de explotación y violencia, tráfico de drogas que los mismos funcionarios introducen en sus recintos para obtener beneficios económicos. Las celdas, organizadas en forma de “barrios”, clasificados según su capacidad o nivel económico, o se las construyen los mismos condenados o la alquilan a otros que disponen de ese espacio de reclusión en el interior del recinto, o recurren a la extorsión para obtener ese mínimo rincón donde habilitar su intimidad. Los que no tienen ninguna oportunidad, se tienen que conformar con vivir en el hacinamiento más insultante. Las infraestructuras de salud e higiene son deprimentes. No existen. Las aguas fecales, como símbolo de la corrupción y la podredumbre, corren a su libre albedrio por el interior del recinto donde malviven cientos de reclusos, mujeres y hombres. Aquí se negocia y corrompe todo; la dignidad y la vida de las personas no existen. La justicia se nutre de corrupción. La finalidad de quienes manejan los hilos de la gestión carcelaria y de la justicia es conseguir dinero, lucro personal, aunque sea procedente de esa miseria que deshumaniza a quienes son víctimas de sus delitos.

Se supone que una persona que ha sido condenada por unas transgresiones, faltas o fechorías cometidas, la finalidad de su reclusión es la rehabilitación y su posterior reinserción en la sociedad. Es la sanación a la que alude el Capellán de estos Centros, Miguel Sotelo, que, como sacerdote misionero español, se ha hecho cargo, desde hace ya cinco años, de atender a esta población privada de libertad, a través de la Pastoral Carcelaria de la Diócesis de Tarija, en la que participan voluntarios residentes de estos Centros y de fuera. Este hombre misionero ya ha denunciado todo este entramado de irregularidades, corrupción y deshumanización, dirigiéndose a las Instituciones gubernamentales, judiciales y penitenciarias del país, reivindicando una normalización de las condiciones de vida en estos Centros. Y para dar testimonio de su compromiso con esta triste realidad, no sin tener que afrontar grandes esfuerzos, demoras y dificultades, han logrado, por ellos mismos, construir en su interior un pequeño local multifuncional que habilita una biblioteca con más de dos mil ejemplares, una sala de usos múltiples donde desarrollar actividades educativas, de formación profesional en las áreas de enfermería, artesanía, pintura, baile y danza; y una capilla donde llevar a cabo la atención religiosa. La preocupación esencial y solidaria de Miguel y el grupo de voluntarios es llevar algo de humanidad y dignidad a un entorno donde la vida del ser humano no tiene valor alguno y, sin embargo, es explotado por quienes no tienen escrúpulo, hasta extraer el máximo jugo posible de sus miserias. La religiosidad que Miguel practica en estos Centros es la de llevar una conciencia humana a quienes son despojados de esa consideración de personas, de seres humanos que, a pesar de sus posibles errores en sus vidas, tienen también sus derechos a vivir como tales. Probablemente, la historia personal que arrastra tras de sí cada penado, ya sea hombre o mujer, está llena de dificultades y sufrimientos en un mundo cargado de miserias que no ayudan mucho a garantizar una esperanza de vida digna. Tal es así, que “una de las víctimas explicó, antes de morir, el epitafio que quizás nadie escribiría: “nadie me quiere, ni mi madre, no he conocido el amor”. Por esa misma razón, cuando se piensa en la rehabilitación de estas personas para facilitar su reinserción en la comunidad humana, es necesario trabajar en los apoyos psicoterapéuticos necesarios que permitan mejorar su autoestima y encontrar razones para defenderse en la vida en libertad.

 Capilla y sala multiusos de uno de los penales

Posiblemente, esta realidad que llega a nuestro conocimiento, de un lugar remoto en la geografía latinoamericana, en nuestro mundo occidental nos suene algo extraña; pero es tal real como testimonial de cómo se vive en ese mundo carcelario, donde la privación de libertad no solamente es una condena, sino que lleva a la destrucción de  seres humanos, explotados,  violentados o asesinados por otros seres humanos. De esa manera se  aprovechan de sus miserias en unas condiciones de auténtica inhumanidad. No obstante, también se puede sentir y palpar la otra condición humana de compromiso y solidaridad con aquellos que más sufren en ese mundo tan injusto como corrupto.

En la situación actual de pandemia con el Covid-19 que está provocando tanto dolor y muerte en el mundo entero, tampoco escapan estos lugares de sufrir sus consecuencias, al carecer de lo mínimo imprescindible para poder afrontar tanta adversidad. Y la miseria se incrementa junto al temor de infección irreversible en esta población de privados de libertad y sus familiares. La muerte acecha muy de cerca a estos seres humanos, posiblemente, como ya ocurre también en otros lugares del mundo, en cualquier país o continente, donde la pobreza y la miseria es el pan suyo de cada día. Quienes únicamente aportan aquí algunos recursos para intentar paliar tantas carencias y tantos riesgos son: Miguel Sotelo junto con los voluntarios que distribuyen alimentos y material para defenderse un poco de esa pandemia. Es la luz de la solidaridad frente a la oscuridad de la injusticia y la corrupción. Es defender el derecho a la vida, a una vida digna, frente a la explotación y la violencia. Es intentar hacer posible un poco de humanidad donde se destruye la vida. Es la lucha por la supervivencia en estos centros penitenciarios.

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Sobre el autor

José Olivero Palomeque

Creo que la palabra es el medio de comunicación que puede unir a las personas, tanto para lo bueno como para lo malo, ¡pero es la palabra, el lenguaje, lo que nos identifica como seres humanos! El hecho de transmitir vivencias que después se conviertan en experiencias a través de la palabra escrita, nos puede ayudar a humanizar más nuestro mundo relacional, a transformar nuestro entorno a través de la sensibilidad para entender la realidad humana y dar lo mejor de sí mismo. Esa idea persigo y comunico con los libros, artículos, ensayos, reflexiones...que escribo y me publican, aunque la utopía esté ahí presente; pero...¡sin utopía la vida se estanca! Porque lo que sigue es el compromiso solidario con esa realidad humana que queremos cambiar.

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