El primer emperador de China: de Borges a Zhang Yimou

El primer emperador de China: de Borges a Zhang Yimou

Una de esas fascinantes vinculaciones entre distintas expresiones del arte y la ficción que tanto me gusta rastrear la encuentro entre dos obras de dos artistas que no pueden parecer más diferentes: el escritor argentino Jorge Luis Borges y el cineasta chino Zhang Yimou. En el ensayo inicial de su libro Otras inquisiciones (1952) —y sabido es que, en Borges, los límites entre el ensayo y la ficción son muy tenues—, titulado «La muralla y los libros», el escritor aborda la figura del hombre que en la historiografía china aparece como el unificador del país. Se trata de Shih Huang Ti (tal como figura en el relato borgiano, que hace uso del anterior método de trasvase de las palabras chinas al alfabeto latino, el llamado sistema Wade-Giles), o Qin Shihuang (según el que ahora es aceptado como el más correcto, tanto por la historiografía como por el sistema llamado Pinyin, el mismo que nos ha arrebatado nuestro entrañable y tradicional Pekín, sustituyéndolo por el más impersonal Beijing).

La historia registra que Zheng, soberano de Qin, uno de los siete Reinos Combatientes, fue conquistando todos los demás, a finales del siglo III a. C., unificando el territorio de tal modo que, a partir de ese momento la idea de unidad imperial nunca se perdió, aun cuando el país pasara por épocas de división. De su importancia da fe el hecho de que el término China, por el que se ha conocido siempre a todo el país, procede de esa primera dinastía fundada por Shihuang: es la latinización del término tal como fue transcrita por los romanos, el primer pueblo europeo que supo de su existencia. Como es sabido, el nombre clásico del país siempre fue el de Zhongguo o Reino del Medio (en el sentido de ocupar justo el centro del mundo, apología de la propia identidad que figura en más de un nombre étnico o territorial, comenzando por Alemania).

Convertido en único dueño del territorio, Zheng cambió su nombre por el de Shi Huangdi, esto es, el Primer Emperador, pues había previsto que sus sucesores irían llamándose Segundo Emperador, Tercero y así sucesivamente, dado que la casa por él fundada reinaría diez mil generaciones. Las medidas que tomó incluyeron la unificación de los pesos y las medidas, de la moneda, de los caracteres de la escritura, incluso de los ejes de las ruedas de los carros (para adaptarse a la unión de las carreteras imperiales). Pero las dos decisiones más famosas, aquellas que llamarían la atención de ese escritor argentino condenado a la ceguera, fueron la construcción de la muralla china (en realidad, del precedente de la actual muralla) y la persecución y quema de los libros de la sabiduría ancestral confuciana. Puesto que esa dinastía que iba a durar diez mil generaciones no llegaría a superar los quince años y la historia la acabaron escribiendo los seguidores de Confucio, el nombre de Shi Huangdi sería universalmente execrado mientras el acceso a la condición de funcionario dependió del dominio de esas enseñanzas confucianas. Sin embargo, la revalorización futura del primer emperador ha llevado a la conclusión de que fueron dos medidas lógicas para cohesionar el país: la muralla, para protegerse de los enemigos bárbaros, los Hsiung-nu (los hunos, que acabarían llegando al imperio romano y cuyo más importante soberano fue Atila); la quema de los libros, para luchar contra la disidencia de las llamadas Cien Escuelas del confucianismo, contrarias a la idea imperial y favorecedoras de la libertad de pensamiento.

Ahora bien, todo esto es Historia, y yo me propongo hablar de dos ficciones (la de Borges la tengo también por tal, aunque está supuestamente anclada en eso que, para sentirnos seguros, nos gusta llamar la «realidad»). En las primeras líneas de su relato, Borges recuerda las dos acciones famosas del primer emperador y señala que el hecho de que decisiones tan considerables y divergentes procedan de una misma persona «inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó». El ensayo, pues, es la respuesta del autor a su indagación sobre el asunto, una indagación que poco tiene de histórica (él mismo lo dice desde el principio), sino que, ante todo, es de orden psicológico y estético: no en vano, el ensayo (de poco más de tres páginas) concluye con la reivindicación del hecho estético como un avatar que no tiene explicación en el contenido, sino en la forma (que incluye la intelectual, claro). Así, la doble empresa de Shih Huang Ti no seduce por sus razones verdaderas, sino por el vasto campo de especulación que despierta, y por su manera de complacer al más estético de los sentidos humanos: la curiosidad.

Borges fue, por encima de su condición de hombre absorbido por el hecho literario, alguien devorado por la curiosidad, y solo esto explica, precisamente, la vastedad de sus intereses en casi todos los campos de la cultura y el conocimiento, de la literatura al cine pasando por la historia, la filosofía o la religión (curiosamente, el único campo que apenas aparece en sus escritos, quizá por las limitaciones que le fue imponiendo su pérdida de visión, fue el arte en su sentido más visual). «La muralla y los libros» —como otros espléndidos relatos cortados por el mismo patrón especulativo, de «La biblioteca de Babel» a «Tres versiones de Judas»— es un fascinante ejercicio de espeleología intelectual a partir de un suceso sugestivo. En el corto espacio de tres páginas, el escritor argentino va desgranando diversas reflexiones, cada una de las cuales, en otro autor, habría dado para muchas páginas. Por poner un solo ejemplo, nos recuerda que el emperador había desterrado a su madre por libertina, y así, sugiere que, con su decisión de quemar los libros «quiso abolir todo el pasado para abolir un solo recuerdo: la infamia de su madre». En sentencias como esta se halla la clave de la insondable sugestión que despierta Borges.

En 2002, exactamente medio siglo después (a Borges le habría complacido esta precisión numérica), Zhang Yimou, por entonces el cineasta chino más conocido y prestigioso en el mundo, sorprendió a propios y extraños con Hero, un film que, en apariencia, suponía una radical ruptura con su trayectoria anterior, pero que sus admiradores despreciaron por considerar que se sumía servilmente en la estela de un éxito internacional previo, Tigre y dragón (2000), del taiwanés afincado en Hollywood Ang Lee. Es decir, una incursión en el wuxia pian o cine de artes marciales renovado por la aplicación de unos efectos especiales que revolucionaban el género de las luchas acrobáticas al convertir a los combatientes en superhéroes capaces de dilatar inverosímilmente un salto en el aire o la misma sustancia del tiempo.

Muchos señalaron, seguramente con razón, que Lee trivializaba una psicología y una cadencia puramente orientales para hacerla más accesible, por ende comercial, a públicos occidentales. Sin embargo, el interés de Hero radica, antes que nada, en su sugestiva condición de fábula especulativa enraizada en su condición de film de aventuras: podríamos hablar, entonces, de especulación aventurera.

La trama, cuyos ecos con el Rashomon de Kurosawa han sido convenientemente citados por muchos, es muy sencilla. Un guerrero que significativamente porta el apelativo de Sin Nombre es convocado por el Emperador en la sacrosanta Ciudad Prohibida donde aquél vive protegido por incontables soldados, en un palacio de enormes salas desiertas, vacías para evitar que ningún acechador pueda acercarse a él sin ser visto. No en vano, su propósito de conquistar todos los reinos lo ha convertido en blanco del odio universal y de numerosas conspiraciones para matarlo. La convocatoria de Sin Nombre se debe a su gesta: ha acabado con los tres asesinos más peligrosos del rival reino de Zhou, que habían jurado matar al emperador. El héroe recibe instrucciones de no acercarse a más de cien pasos del soberano, pero éste, conforme Sin Nombre va relatando el modo en que fue eliminando a cada uno de los asesinos, lo va recompensando con acercarse cada vez más, hasta situarse a diez pasos. Es entonces cuando el astuto Qin empieza a sospechar que cuanto le ha contado es mentira, pues no coincide con la psicología de los guerreros presuntamente muertos: de ahí que acabe llegando a la conclusión de que todo ha sido una trampa urdida por Sin Nombre para poder rebasar las medidas de seguridad de la Ciudad Prohibida y llegar lo suficientemente cerca del Emperador para poder matarle…

El interés primero radica, como en Borges, en el uso de una figura y unos hechos históricos para ejecutar una reflexión sobre la relatividad del conocimiento absoluto, sobre la ambigüedad de la apariencia, sobre las múltiples facetas bajo las cuales un hecho adquiere nueva luz. Porque, en efecto, Sin Nombre ha llegado ante el emperador para debilitar su recelo mediante la eterna fascinación por la narración pura, y así poder matarlo. Y sin embargo, a medida que va (re)creando, a su modo, los auténticos encuentros con los otros asesinos, el mismo protagonista comienza a cuestionarse su convicción acerca de los motivos del emperador, hasta llegar a la conclusión de que su propósito unificador encierra el propósito, ingrato pero necesario, de acabar con el caos en esa China feudal y salvaje e imponer la salvaguarda de las leyes, leyes que protejan a los habitantes, precisamente, de las acciones arbitrarias de guerreros extraordinarios como él, capaces de ser manipulados para la destrucción. (Lógicamente, esta idea que une imperialismo con deseo de orden y justicia debe aceptarse dentro de la convicción interna del film.)

Lo notable es que, seguramente de modo involuntario, Hero también enlaza con la vindicación borgiana del hecho estético. La inclinación manifestada, desde siempre, en Zhang por tensar las posibilidades del color, y la extrema estilización que permiten esas escenas de combates imposibles, acaban componiendo una sinfonía visual que, aunque a ratos empalaga, en sus mejores momentos consigue fundirse indeleblemente con el sentido especulativo, simbólico, de la historia. Quizá donde mejor se expresa es en la secuencia en que los innúmeros soldados del emperador asedian la escuela de caligrafía donde se han refugiado los guerreros y acribillan el lugar a flechazos. Zhang ejecuta una inolvidable coreografía de color con dos de los combatientes rechazando, en los tejados, el enjambre de flechas que cae sobre ellos. Pero, al mismo tiempo, en el interior, uno de ellos, imperturbable a la lluvia de muerte, intenta sintetizar los veinte caracteres mediante los que puede escribirse la palabra «espada» en uno solo, sin que ni siquiera el flechazo que rompe su pincel lo desconcentre: se limita a coger al vuelo otro dardo, arrancarle la punta y bañar el astil en tinta para proseguir su tarea.

Este episodio —bañado en esa inescrutabilidad oriental que, es probable, Zhang extrema para impresionar a públicos occidentales— es uno de los que, en la evocación, ayuda a Sin Nombre a comprender y aprobar el proyecto del emperador: del mismo modo que el guerrero persigue la esencia pura de la palabra sin dejarse distraer por los peligros que sobre él se ciernen, el soberano sacrifica una vida cómoda en aras de la instauración de la ley y la justicia. Por ello, al final, Sin Nombre, ya definitivamente el Héroe, renuncia a su propósito y se dirige a la puerta de la Ciudad Prohibida. Ahora bien, sus soldados y funcionarios exigen al Emperador que cumpla sus propias leyes y no perdone la vida de quien, después de todo, ha conspirado para matarle. Con lágrimas en los ojos ante la evidente nobleza del hombre a quien condena a muerte, Shi Huangdi da la orden de disparar a los arqueros… Y Zhang resuelve la escena mediante una sugerente elipsis visual, con un travelling que recorre la puerta de la Ciudad Prohibida y el enjambre de flechas clavado en ella, hasta detenerse en el hueco que ha dejado la silueta del héroe tristemente sacrificado.

Un ensayo que imagina las motivaciones de un soberano tiránico cuyas dos decisiones principales están unidas por el irremediable gigantismo de sus proporciones. Una película de acción que sabe unir la sugestión visual con el ingenio argumental de un absorbente juego de verdades y mentiras. La reflexión timbrada por la mera belleza de una imagen (verbal o visual, qué más da): para Borges y para Zhang Yimou, arte.

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Categories: Culturalmente, Leer

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José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

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