La sabiduría del suicidio y de la muerte. Monográfico Eutanasia y Suicidio

La sabiduría del suicidio y de la muerte. Monográfico Eutanasia y Suicidio

Imagen | Iñaki Bellver

–Veo que al formularle una pregunta sobre el suicidio me da por respuesta cómo vivir correctamente.

–Esa es la única manera, un hombre que se tira de un puente no pregunta:“¿Debo suicidarme?”. Lo hace, eso es todo; otra cosa es preguntarnos cómodamente sentados en casa o en un laboratorio si un hombre debe o no suicidarse, y eso carece por completo de sentido.

Krishnamurti, Despertar a la vida

La pregunta que siempre ronda nuestras cabezas, ante un caso de suicidio, suele mostrar este cariz: ¿Por qué? ¿Qué puede llevar a alguien a hacer algo así? Sin darnos cuenta de que la pregunta por qué suicidarse implica siempre a la vida misma: ¿Cómo se está viviendo? ¿Cómo estoy yo viviendo? Suicidarse, uno puede elegirlo, o bien, no tener más remedio, de lo mal que se vive. Pero nuestra relación con la vida implica nuestra relación con la muerte, pues ambas son indisociables. De hecho, apelando a nuestra intuición, como suele hacer, el sabio Krishnamurti nos recuerda que “si debemos o no suicidarnos, es una pregunta que la formula un hombre que ya está parcialmente muerto”. Podemos vivir conscientemente, “muriendo” a cada instante, y así vivir con plenitud y autenticidad, amorosamente, como aconsejaba el viejo sabio sufí Ibn Arabi (“morid antes de morir”), o bien, podemos vivir en los participios: estando ya todo acabado y muerto en la vida. Sucede esto último cuando subsiste un miedo a vivir, o cuando nos apartamos del vivir de veras, sumidos en la avaricia o en la debilidad, en la apatía o en la ansiedad, en la venganza o en la envidia…, en las creencias y no en la realidad. El miedo a vivir está en el origen de todas nuestras salidas desarraigadas de la vida y a la muerte, ese tándem que constituye nuestra existencia. Vayamos ahora paso por paso.

El suicidio y la vida

Nos batimos en duelos que no son los nuestros. Naufragamos en mares por los que nunca deberíamos haber navegado. Vivimos vidas que no son las nuestras, y por eso morimos desconcertados. Lo triste no es morir, sino hacerlo sin haber vivido. Quien verdaderamente ha vivido, siempre está dispuesto a morir; sabe que ha cumplido su misión. Todas nuestras ideas deben morir, para que por fin reine la vida.

Pablo d´Ors, Biografía del silencio

Nuestra cultura observa como tabú a la muerte. Hay que apartarla de la vida, sacarla del hogar al tanatorio, sustituirla, distraerla viviendo a tope. Así, una máxima tan sabia y tan antigua, en que concluye en el famoso carpe diem, la desfiguramos, la vaciamos de su contenido. Si hemos de vivir el momento al día, éste contiene no solamente lo que nos gusta o nos apetece; el día es el que vives cada día, con todo lo que conlleva, incluido el dolor (inevitable) y el sufrimiento (evitable). La condición para vivir bien es vivir muy conscientemente, todo lo que hay. Eso es vivir a fondo. Y la muerte también forma parte de la vida. Como también forma parte de la vida el suicidio, ahora que nos centramos en este aspecto del vivir. La decisión de dejar de vivir voluntariamente. Otro tabú mayor, si cabe, de nuestra cultura. ¿Qué podremos decir los demás ante tal decisión, propia y madura, para dejar de vivir? Incluso, hay ocasiones en que un suicidio, como el altruista, que entrega la vida para salvar o mejorar otras vidas, llegamos a alabarlo y a ensalzarlo, o al menos, a comprenderlo, a justificarlo. Así que podríamos hablar de un tipo de suicidio voluntario, que la persona ejecuta con razones, deliberadamente, pero sin que en esa decisión intervenga la falta de juicio propio; es, por tanto, una acción ejercida desde una plena conciencia, adoptada con madurez y pleno conocimiento de lo que se hace. De este suicidio no hablaremos. Este suicidio no nos preocupa. Es una opción de vida. No es una opción de muerte. Como así sucede con el suicidio forzado. Aunque, si es forzado por otros, también lo comprendemos… La carga de la prueba estaría en el que obliga al suicidio, que sería quien tiene verdaderamente un problema, una angustia que salvar: sólo sabe vivir a través de la muerte directa, o indirectamente, de los demás. Pero, ¿a qué nos referimos, entonces, con el suicidio “forzado”, desde el punto de vista de la persona que se quita la vida? Seguramente, la persona no encuentra otra salida más digna a su vida, o simplemente, no encuentra ninguna salida. Lo siente, y lo vive sintiéndolo así, como la única realidad, tanto por sus causas como por el efecto derivado necesariamente, su único final. Es decir, en el fondo encontramos un problema de visión. La visión, la actitud, la mirada, y desde dónde miramos, crea la realidad vivida. Distinta a la realidad que somos. Ésta te conduce al bien vivir, la otra a malvivir, puede ser, y más si llegas a tomar conciencia alguna vez de ello y no te gusta. Organizar tu vida en torno a un estilo de vivir u otro, te cambia la vida. Vivir siendo tú quien vives o vivir forzadamente, a duras penas. En algunas situaciones no extraña, entonces, el suicidio. Vivir conectado contigo mismo o vivir excéntricamente, desconectado de tu propio fondo, desarraigado, en el exilio permanente de uno mismo, esto puede volverse insoportable.

La persona se vivía a través de su yo-idea en cuanto proyecto futuro de afirmación; en el momento en que ese modelo le queda negado, este yo-idea al no poder afirmarse vive su negación, y esta negación del yo-idea y del yo-ideal, esta depreciación de su ideal, produce una depresión subjetiva.

Antonio Blay, Despertar y senderos de realización

Así pues, apoyándonos en el sabio Antonio Blay, proponemos que el origen del suicidio forzado, ese al que tú mismo te ves abocado, sin salida personal posible, estaría en la concepción que uno ha ido adquiriendo de sí mismo; una reacción en cadena que, desde pequeños, hemos acumulado en respuesta a los modelos sociales que nos han presentado, y que se nos han ido imponiendo como únicamente válidos. Hasta tal punto, que se ha producido una identificación total, una esencial confusión –yo soy eso, y no puedo ser sin eso– con alguno de tales modelos, bien en la forma de sumisión al mismo, bien como rechazo, o bien respondiendo con mi aislamiento respecto a dicho modelo exterior opresivo. Esta imagen de uno mismo, este personaje construido que va viviendo mi vida por mí, y que ha de ejercer determinados papeles –dentro y fuera de uno mismo– de una determinada manera, para sentirse mejor consigo mismo, es la base del vivir automático y condicionado, mi ego de costumbre. Quien creo ser y como creo vivir. Por ejemplo, la base de mi personaje puede estar en la creencia: “yo soy bueno, ¿por qué no me tratas bien?”; o bien, en la creencia “no hay que fiarse de nadie, golpea antes de que te golpeen”; o bien esta otra que juzgue “todo da igual, déjadme todos en paz”. Pues bien, este tipo de juicios sobre mí y sobre los demás nos llevan a actuar de una manera particular que produce unos efectos, que son percibidos como satisfactorios o inadecuados, positivos o negativos, frustrantes o acordes a mis deseos, castradores o posibilitadores. Así, con el correr de los años de convivencia con nosotros mismos y con los demás, hemos ido formando una imagen ideal de lo que nos falta, de cómo podríamos llegar a realizarnos y a ser completamente felices. No nos sentimos a gusto porque no hemos alcanzado aquello que lo haría posible, Pero, ¡ay!, si lo consiguiera… De este modo podemos pasarnos toda la vida, esperando realizarnos, que lo de fuera produzca su efecto dentro. Intuimos lo que nos hace falta, pero aprendemos a buscarlo fuera de nosotros. Es percibido como la única fuente de soluciones a mi malestar y a mi falta de paz interior: que me quieran, que me valoren, que me reconozcan, que me entiendan. Cuando, realmente, la fuente para calmarse uno dentro solamente puede estar dentro, puesto que allí reside nuestro malestar… y también la sabiduría profunda sobre ello, con la que podríamos salvarnos. Nuestra realización sólo puede consistir, pues, en el desarrollo de esta potencialidad interna que aletea expresión. Pero, desconectados de nosotros mismos –de ese fondo que somos y que, por desgracia, a duras penas sentimos que somos–, nos empeñarnos en lograr el desarrollo, buscamos la culminación, con mayor o menor fortuna, en un lugar equivocado, insatisfactorio, que produce constante frustración: fuera y no dentro. Y si llega el día en que todo se cae –el anhelo quebrado y ya no hay más aventura posible– estamos abocados o bien a la metamorfosis o bien a la flor rota.

Es la manera en que nuestras creencias limitadas, carentes de verdadera comprensión, se transmutan en creencias de muerte, que perciben el morir ejercido físicamente como la única respuesta posible a nuestros estados interiores de frustración, de angustia, de depresión, a nuestros estados negativos –percibidos así, pues también podrían suponer el inicio de un despertar, si los escuchamos, si no huimos, si nos quedamos y atravesamos el túnel del dolor, hasta llegar a la luz más allá de él–. Y, fijémonos que son creencias sobre la vida, pero tan erróneas que se vuelven creencias de muerte, creencias para la muerte. Nos redirigen a vivir muertos en vida, pues nos conducen a realizar acciones impostadas, no surgidas desde nuestro yo profundo y verdadero, sino desde un yo construido a través de la desconexión, el desarraigo, la separación de ese fondo de fuerza, de amor y de comprensión que siempre somos, pero que hemos enterrado durante años y años, porque creíamos que nunca éramos suficientes. Miremos a un niño pequeño, o miremos a cualquier animal, su conexión con la vida, cuando juegan o transitan. No han desarrollado la mente, y no son capaces de llevar a cabo ciertas tareas imprescindibles para sobrevivir en un mundo tan sofisticado y tan artificial como el humano; no calculan, no disocian, no clasifican, no controlan, no abstraen, desconocen el futuro, no les pesa su pasado, pero tampoco se deprimen y no se suicidan. No están viviendo en sus creencias, están más presentes en el presente. Lo único que existe.

En el presente no hay ideas, porque no hay tiempo; no hay creencias, por lo tanto, tampoco ideas limitadas o carentes. Hay ideas en nuestra mente calculadora y buscadora de efectos, de continuos productos, éxitos, ganancias. ¿Qué tal si aprendemos a deshacernos de nuestras ideas y de las creencias en ellas? ¿Qué tal si aprendemos a morir en vida? ¿Qué tal resultaría desarraigarnos de nuestras ideas, y no de nosotros mismos? ¿Realmente, yo soy mis creencias? ¿Puede ser una creencia el que observa y se da cuenta de sus creencias y de los efectos sobre su vida o la de los demás? Experimentar esto, romper con la identificación en la que nos hemos entrenado tanto tiempo –yo soy mis ideas y creencias, aparte de otras falsas identificaciones–, ¿no me haría sentir más vida dentro de mí, no me sentiría yo más vivo? Esto es posible: lo mismo que hemos aprendido, se puede desaprender, como también se puede reaprender. Unas “muertes” que nos darían vida, la muerte de nuestras creencias limitadas, que nos llevan a vivir débiles, cerrados, crispados, y no nos permiten vivir abiertos a todo lo que existe, la mirada expandida, fuertes, amantes, gozosos, alegres. “La vida es corta, no la hagamos pequeña”, dicen que decía Goethe. Pues bien: ¿necesitaría yo desear morirme, si dejo que muera a cada instante lo que me lleva a vivir mal, a relacionarme tan mal? Es un entrenamiento de lo más vitalista. El único obstáculo sería nuestro propio miedo a perder lo que hemos logrado. Y en la base, la creencia de que eso nosotros lo hemos logrado. Mi ego construido que cree haber levantado imponentes castillos ganando terreno a la nada, y siente un temor ancestral e irremediable a perder todo eso. Un pánico abismal: qué sería de mí sin ellos…

La muerte y el miedo

Conviene al estudiante mirar en su interior, lo que quiere decir en sus actos, en sus pensamientos, en sus motivos, en sus reacciones y tratar de discernir “apasionadamente-sereno” y sin finalidad alguna en ese mirar, lo que en él son atributos. Cuando la mente ve los atributos como atributos y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser interesantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos —de lo que creíamos ser nosotros mismos— que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”. 

Ibn Arabi, Tratado de la unidad

La muerte, ¿qué es la muerte? Si estás vivo, no lo sabes, y si estás muerto… Tan sólo contamos con el testimonio de algunas personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte, que, por ejemplo, han estado en coma un breve lapso tiempo y han regresado. Y, aparte de la coincidencia de sus relatos tan aproximados, es más curioso todavía –y relevante– el que frecuentemente hayan mostrado, a partir de ese día, un intenso amor por la vida, apreciando mejor su fragilidad y su carácter extraordinario, dando más importancia a lo verdaderamente importante, y dejando de perderse en las creencias cotidianas que nos llevan a amargarnos la vida. Por lo tanto, no temas a la muerte. Puede que la muerte no sea nada. O puede que la muerte sea también vida, una parte de la vida. Se nos plantean así dos opciones acerca de la naturaleza de la muerte: que sea el final o que sea un tránsito. Dependiendo de nuestra convicción sobre ella, viviremos de un modo u otro en la vida, mejor o peor. Nuestra relación con la muerte señala nuestra relación con la vida, cómo la vivimos y cómo la culminamos. El miedo a morir, por su parte, es un síntoma del estado de nuestro miedo a vivir con plenitud. Por nosotros mismos, y no detrás nuestros camuflajes de supervivencia, los personajes que hemos aprendido a representarnos en la trinchera de la vida. Este es el centro de la cuestión, el núcleo del miedo a morir: las dificultades para vivir sin miedo. A cara descubierta con la vida, sin subterfugios, máscaras o huidas, refugios o personajes ilusorios construidos a partir de lo que creemos ser. Erigirnos sobre lo que realmente somos.

De ahí que el viejo Epicuro de Samos nos animara sobremanera a vivir sin miedo, recordándonos que si estás vivo, a la muerte no la sientes, y si estás muerto, no sientes. En todo caso, es estúpido temer a la muerte por el sufrimiento que nos produce el solo pensamiento sobre ella, “porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera”. Si miramos la base de lo que es sentir miedo –incluso a través de lo recogido en el diccionario–, comprobaremos que el miedo es un temor, una angustia, no por lo que ha sucedido, que ya ha sucedido y es un hecho, aunque sea muy doloroso, sino por el riesgo o la posibilidad de que se produzca aquello que no deseamos que suceda. Ya con anterioridad, Heráclito de Éfeso insistía que todo en la existencia es circular, posee un carácter cíclico. Y que, en un ciclo, no hay principio ni final; cualquier punto de la circunferencia es uno y el otro a la vez, es uno y el mismo, visto desde una perspectiva cósmica. Así, lo mismo es vida y muerte, un tránsito permanente de la una a otra, o de la otra a la una. “El camino hacia arriba y hacia abajo, es uno y el mismo”; “En la circunferencia de un círculo se confunden el principio y el final”. Los contrarios van siempre de la mano; si se da uno, se da el otro. Por lo tanto, no es posible pensar la vida sin la muerte (¿es posible lo contrario?). Además, si lo consideras con detenimiento, tú ya has estado muerto, signifique esto lo que signifique para ti. Antes de nacer… Pero también es cierto que, por mucho que arguyamos para tratar de comprender la muerte, para concienciarnos sobre su carácter fáctico e irremediable –quizás no tan terrible–, una manera de erradicar de nuestra mente el miedo a morir, todo intento será en vano. Y lo será porque se trata de una idea confirmada por la experiencia cotidiana de la muerte de los demás seres y su desaparición. Todo miedo es una idea muy arraigada, es un miedo al miedo mismo que no desaparece con palabras, con argumentos, con la lógica o con nuevas asociaciones de ideas más constructivas. Ideas con más ideas… es imposible. Sin embargo, pudiera ser que una manera de tratar de vivir sin miedo fuera la misma experiencia, la práctica y el mismo hábito de la muerte, aquí y ahora, estando vivos. “Morid, antes de morir”, a que nos exhorta el sabio.

De hecho, a lo largo de nuestra vida cotidiana, son incontables las experiencias de muerte. De hecho, ya han muerto muchas cosas de ti, y tú con ellas en parte. Es cuestión de estar atentos. Cada vez que renuncias a alguna cosa, cada vez que muere en ti alguna idea, una emoción, un querer, para dar paso a otra cosa, con cada separación o ruptura, con cada frustración; también tu cuerpo renueva sus células cada pocos años, tu piel ya no es la misma, ni tus ojos, tu mirada. Observa cualquier fotografía tuya, observa unas cuantas de varias épocas, eres tú y no eres tú; en cierto modo, no es el mismo el que habita cada momento. Y no digamos cuando desaparece algo a lo que te aferrabas, un objeto, una forma de vivir o un ser querido. Es como si algo dentro de ti muriera, que luego se nota en el exterior. Muchos finales de ti se han sucedido. Vivir es morir a cada instante, y es dejarse morir sin miedo. Por ello, es fundamental aprender a desprenderse de lo que no somos, soltar la piel muerta, las viejas creencias obsoletas que impiden vivir bien. De hecho estás aquí gracias a esas muertes tuyas. Sin ellas no serías lo que eres. Y aquí estás. Porque de cada muerte ha surgido vida, renovada vida cual ave fénix. Es la identificación con las cosas, las ideas, las personas, las situaciones agradables y las huidas de lo desagradable para seguir apegado a lo agradable; es, como decimos, la identificación –yo soy eso y sin eso dejo de ser yo– lo que nos produce sufrimiento, miedo a perder lo que tengo, miedo a lo desconocido, miedo a ser lo que no he sido hasta ahora, a descubrir, quizás, quién soy yo, mi verdadero yo. Es, en definitiva, el miedo a deshacerse uno de quien creía ser. La idea de uno mismo, nada real al fin y al cabo.

Conviene, pues, al ser humano consciente, mirar lo que hay de sí mismo en cada una de sus acciones u omisiones, cada uno de sus pensamientos, sus entregas a sus pensamientos o acciones, en cada una de sus reacciones, de sus rechazos, cada vez que alguna cosa le altera y lo atrapa en una espiral de violencias o de inhibiciones, y tratar de discernir con lucidez, volcado todo él hacia esta tarea, con un interés-desinteresado, honestamente, sinceramente, bien despierto y con la máxima sensatez de la que uno sea capaz en cada momento, sin ninguna finalidad ulterior, obrando de este modo, no como un medio para otra cosa, sino como una tarea que se realiza por sí misma, en sí misma; es decir, mirando atentamente en su interior, para descubrir gradualmente todo lo que son añadidos mentales. Contenidos de nuestra mente, emociones, ideas y creencias asociadas, juicios y no realidades, preocupaciones, exigencias, complejos del pasado o deseos acerca del futuro. Pues bien, cuando nuestra mente no se queda atrapada ahí, en la red de esos añadidos mentales, pasajeros y cambiantes, sino que mantiene su atención y los percibe como lo que son, añadidos nuestros y no nosotros mismos, queda desactivado su influjo. Vemos el error como error, el juicio como juicio siempre limitado, la angustia como angustia que está en mí, pero que yo no soy eso, entonces, nuestra atención comienza a dirigirse hacia lo verdaderamente esencial, la realidad de lo que soy, la fuente de lo que soy, pero también de lo que puedo llegar a ser, el sujeto mismo que sostiene todos esos objetos mentales, quien contempla, quien siente, quien piensa, quien actúa, y no aquello subsidiario que es contemplado, que es sentido, que es pensado, que es hecho. Quiere esto decir que cada objeto descubierto como tal objeto –y no sujeto, cual fuente incondicionada, creador actual de nuevas formas siempre inagotables–, que cada añadido mental mirado como lo que es, un constructo mental, queda diluido en ese fondo originario y vital que somos; quiere esto decir que esa parte de nosotros mismos que creíamos ser en la superficie, mirado como lo que es, muere como muere una ola en el seno del mar, sin tener que desaparecer.

Por consiguiente, este ejercitamiento, este aprendizaje para la muerte, es finalmente un aprendizaje para la vida. Un morir de lo que no somos para vivir lo que realmente somos. A cada instante, en cada instante. Conviene mirar, entonces, el juego de mi personaje en la vida cotidiana, eso que en cada ocasión estoy creyendo ser. Es importante, pues iré descubriendo que yo no soy ese personaje a que he estado jugando y, por esto mismo, que yo no estoy en juego a cada momento, en cada situación. Yo observo el juego de mi personaje, y me sonrío. Dicen los más sabios que éste es el comienzo del despertar. A la vida…

Leer más en HomoNosSapiens|Los dos suicidios de Drieu la Rochelle. Monográfico Eutanasia y Suicidio

Sobre el autor

Antonio Sánchez Millán

Es licenciado en Filosofía (Universidad de Granada) y profesor del IES “Juan de la Cierva” de Vélez-Málaga (España). Autor del libro "Practicar la filosofía, los Cafés filosóficos y otras prácticas socráticas" (Editorial Alegoría, Sevilla, 2015), que es fruto de su experiencia organizando diversos Cafés filosóficos durante los últimos años. La mayor parte de sus intereses filosóficos actuales giran en torno a la Práctica filosófica y la integración del pensamiento de Oriente y Occidente, además de la búsqueda interior y la vida buena. En el ámbito literario ha obtenido el accésit de poesía en el Certamen "Joaquín Lobato" 2018 y publicado en enero de 2019 el libro Solatz (Editorial Algorfa, Marbella). Otras publicaciones, sus proyectos y actividades pueden seguirse en el Blog: "Palestra de Filosofía"

Comentarios

  1. Pepe Zafra
    Pepe Zafra 15 diciembre, 2018, 21:11

    Estimado Antonio: creo entender lo que dices. Mi único temor es que, una vez liquidado ese “personaje” que hemos ido construyendo a lo largo del tiempo, lo único que quede sea un escenario vacío. Si no te he comprendido mal, identificas la vida auténtica con una muerte progresiva de la vida falsa. El suicidio “forzado” (como tú lo llamas) consistiría en que el actor se embelesa hasta tal punto con su personaje que, al clavarse el puñal en plena representación (por exigencias de un guion que él mismo ha escrito), calcula mal y mata no solo al personaje, sino también a sí mismo. Pero, ¿y si fuera justamente esa la “realidad” de nuestro yo “real”: la de representar personajes, incluso un personaje que cree que más allá de los personajes hay algo que él llama el yo “real”? ¿Quién nos garantiza que al final de ese “ejercitamiento” que tú postulas permanezca algo en pie?
    Espero haber logrado hacerme entender a través de esta especie de trabalenguas. Un abrazo fuerte y mucha paciencia con ese escéptico cientificista que es el personaje que últimamente me ha dado por representar.

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    • Antonio Sánchez Millán
      Antonio Sánchez Millán Autor 16 diciembre, 2018, 18:29

      Has entendido, pero podemos ir un poco más lejos, más profundo. Primero, te diré que no hay que liquidar nada, eso también soy yo, pero yo no soy sólo eso. Esta es la cuestión clave. Más bien se trata de ser conscientes de nuestra identificación con ese personaje y, progresivamente, desidentificarnos. El personaje irá aflojando, perdiendo su poder sobre todo nosotros, irá dejando de ser importante, central, y se volverá más periférico… soy consciente de él y me sonrío ante sus diabluras, errores, padecimientos insulsos… incluso podrá irse diluyendo, al ir cesando nuestra hipnosis o fijación con él… Y por supuesto, experimentado todo esto muy conscientemente, vivido, no te parecerá que está vacío. Estará vacío del personaje pero muy lleno de ti, en el mundo.

      La vida auténtica no conllevaría una muerte progresiva de la vida falsa… No es que esa vida sea falsa, todo lo que sentimos tiene su realidad, sino que es más bien un despertar, a una vida más tuya, más consciente y lúcida… a una dimensión de conciencia más elevada en la que puedes contemplar esa vida anterior… elevada, porque te permite observar con distancia esa vida de antes, que también puede convivir ahora en nosotros, pero puesta en su lugar propio, no acaparando todo tú. Dicen los sabios que es un despertar del sueño del ego… (te copio este enlace para poder reírte un poco del ego, de nuestro ego: https://www.youtube.com/watch?v=wmKZSoXQ3FE ).

      Como lo entiendo, no es que el suicida “forzado” se clave el puñal al clavarlo a su personaje… es que se ha habituado a vivir así, como su realidad, y si tal personaje se viene abajo, le parece que no le queda ya nada… Cuando, en realidad, él mismo nunca ha sido solamente ese personaje, pero se ha separado tanto de sí mismo, de su fondo u origen de ser, su fuente propia de la que emergen todas sus formas o modos de ser, todos sus personajes, que ya no reconoce otro origen de sí que ese personaje y sufre con él todos sus avatares… se ha identificado tanto que si está en peligro, él está en peligro y si ha de morir, él mismo ha de morir con él. Esta inconsciencia es de la que se puede uno curar, solo o con ayuda…

      No puede ser ésa nuestra realidad (los personajes) porque, como hemos dicho, podemos representar esos personajes y otros tantos. Sin embargo quién los vive, quien se hipnotiza con ellos… no es de la misma naturaleza… Pues bien, es a ese quien al que hay sentir… Y hay muchas técnicas meditativas formales, o mientras se vive en la vida cotidiana, para podernos contemplar, nuestro centro, del que todo lo demás emerge en cada momento. De nuevo, no es representación, sino experiencia, vivencia… Y si hay quien ejercita de un modo consciente y lúcido, mientras se ejercita uno en su propio autoconocimiento… no hay peligro de perderse… es encontrarse…

      Te agradezco enormemente tu comentario. Y no te preocupes, es un placer atender a este escéptico cientificista… Porque, ¿quién es el que está diciendo que “ese escéptico cientificista es el personaje que le ha ha dado ahora por representar”? ¿Es otro personaje, o quien se da cuenta de los tales personajes? ¿Es esto reducible a sus personajes…? Y si todavía dudas de eso, más acá de los personajes, date cuenta de que tú ya lo has vivido muchas veces, eso que eres, por ejemplo, cuando uno se encuentra en una situación límite, ¡que ha de actuar!, en ese instante, ya todos los personajes han caído… y tú ocupas, sencillamente, el centro de la acción.

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  2. Pepe Zafra
    Pepe Zafra 18 diciembre, 2018, 11:15

    Antonio: se me acaba de ocurrir que nuestra discusión no terminará nunca; por la siguiente razón: pertenecemos a dos especies distintas de seres humanos. En biología una especie se define por la capacidad que tienen sus miembros de intercambiar genes. Creo que el género humano alberga dos grandes grupos, los cuales nunca acabarán de intercambiar sus argumentos. Constituyen, por tanto, algo así como dos especies distintas.

    Están, por un lado, quienes andan muy preocupados por su salvación; por otro, aquellos que no saben muy bien de qué les hablan cuando les hablan de “salvación”. No es que estos últimos sean criaturas particularmente felices y que, por lo tanto, se encuentren tan satisfechos con sus vidas que no experimenten una inquietud parecida a la que los primeros sienten por salvarse. Es que no ven de qué tienen que salvarse. Si sufren por A, intentan cambiar la situación a B para que A deje de surtir efectos sobre ellos; si no pueden, continúan soportando A del mejor modo posible; si esto tampoco resulta posible, se quitan de en medio.

    El primer tipo de personas, sin embargo, está persuadida de que existe una situación que les evitará todo sufrimiento. Llegar a esa situación, o ponerse en disposición de abrirse a ella, es lo que ellos llaman “salvación”. En mi opinión, se trata de una postura religiosa. Algunos sitúan esa salvación en otra vida; otros, en esta (aunque, dado lo peliagudo del proyecto, prolonguen la vida en sucesivas reencarnaciones, solo al término de las cuales se alcanzará la ansiada meta); otros, más humildes, consideran que la salvación consiste únicamente en ponerse a buscar la salvación, asumiendo nuestros pequeños sufrimientos y nuestras pequeñas alegrías como peldaños de una gran escalera. En cualquier caso, de lo que se trata no es de saltar de A a B, de B a C… hasta agotar el abecedario, o bien, directamente, de pegarse un tiro en la sien. Se trata de encontrar una situación más allá (o más acá) de A, B, C… una situación previa a cualquier otra situación. Allí, al parecer, se sentirán en plena comunidad con el Todo, en el que se diluirán como una gota de agua en el océano.

    Mi sentir es que esa situación no existe; o que es una situación como otra cualquiera. Que no hay un fundamento último, oculto, cuyas raíces haya que buscar porque solo en esas raíces late la auténtica savia de la vida (por emplear una mala metáfora). Concluyo esta reflexión con un pequeño texto de Kafka: “Porque somos como troncos de árboles en la nieve. Aparentemente, solo están apoyados en la superficie, y con un pequeño empellón se los desplazaría. No, es imposible, porque están firmemente unidos a la tierra. Pero atención, también esto es pura apariencia”. No me veo firmemente unido a nada; no experimento la necesidad de estar firmemente unido a nada; aun así, estoy contento de estar aquí, discutiendo contigo como hacíamos hace cuarenta años.

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    • Antonio Sánchez Millán
      Antonio Sánchez Millán Autor 22 diciembre, 2018, 20:13

      Efectivamente, qué maravilla poder estar aquí, discutiendo contigo como hacíamos hace cuarenta años! Madre mía, cuántos años contado con un amigo como tú. Gracias a… la vida, al universo…
      Pero… ¿es esto una postura religiosa? Y… ¿necesitamos suponer nuevas especies dentro de la especie humana? Ya es suficientemente rica nuestra especie… Porque… todos esos matices de la existencia somos todos nosotros… todo está en todo… ¿Es esto una posición religiosa? No, desde mi punto de vista, es previa a lo religioso, yo le doy el nombre poco original de filosófica, que implica experiencia y sabiduría… nada sin experiencia, nada sin aprendizaje de la experiencia que compartimos como seres humanos… La dimensión espiritual (interior, creativa…) del ser humano y el carácter sagrado del mundo existente (tan digno de respeto…) ya habían sido tratados filosóficamente, antes de las religiones reveladas, en occidente: todo está animado (Tales), las formas existentes proceden de la no-forma, lo indeterminado (ápeiron, Anaximandro), en Lógos confluyen los niveles lingüístico, lógico y ontológico de la realidad (Heráclito), lo que es, es… único, eterno, inmutable, completo, indivisible, uno, presente… (Parménides), el nivel nous del desarrollo de la conciencia es uno con la realidad última de todo lo existente (Platón), lo divino es nóesis noéseos (pensamiento de pensamiento, autoconciencia, Aristóteles), el observador no puede ser observado (Principio rector, estoicos), etc.
      Yo también me siento fuertemente unido a ti… Somos troncos clavados en la nieve, que al derretirse quedarán abatidos por el viento fuerte, salvo que mientras tanto haya arraigado algo en la tierra… algo de vida le quedaba, y junto a otros, se haya apilado para producir un pequeño bosquecillo en la intemperie. Es lo que siento cuando te leo. Un fuerte abrazo!

      PD: ¿Para cuando un lúcido y sensato ensayo tuyo en HomoNoSapiens?

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