El largo y costoso alumbramiento de la igualdad real. Hacia una historia de la filosofía y sociedad «inclusivas». Monográfico 8M

El largo y costoso alumbramiento de la igualdad real. Hacia una historia de la filosofía y sociedad «inclusivas». Monográfico 8M

Imagen| Laura Árbol

Parece obligado que tras las celebraciones del 8 de marzo todos los años hagamos balance y nos preguntemos por los logros feministas obtenidos en sus distintas etapas. Nos cuestionamos teóricamente que hayamos llegado a alguna meta definitiva y en la práctica acudimos a las manifestaciones multitudinarias que en todos los países del mundo quieren visibilizar que las mujeres nos hallamos todavía inmersas -en mayor o menor medida- en dinámicas patriarcales y sexistas, o dicho de otra manera, que la igualdad real sigue siendo un espejismo.

Es indudable que las luchas feministas han conseguido grandes avances, al menos en las sociedades occidentales, para la emancipación de las mujeres a lo largo de menos de dos siglos. Sin embargo, parece como si topáramos con limitaciones estructurales en nuestras sociedades que no permiten alcanzar una verdadera igualdad entre varones y mujeres o, lo que es más alarmante, se diría que hemos llegado a un punto de inflexión en el que más que avanzar se retrocede en muchos de los logros alcanzados, en aras de una verdadera libertad y autonomía de las mujeres.

El objeto de estas líneas es presentar modestamente algunas reflexiones desde mi experiencia como profesional de filosofía, integrante de un grupo de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC que no en vano se denomina Theoria cum praxi. Espero poder mostrar en las mismas que aún estamos a muchas leguas de conseguir una igualdad real y que el ámbito de la enseñanza de la filosofía ha sido y es uno de los más masculinizados, pero también que esto nos sirva de acicate para saber que ‘no debemos dar ni un paso atrás’ y que hemos de seguir demandando los cambios necesarios para instaurar unas instituciones y una sociedad verdaderamente igualitarias.

Hace justo un lustro escribí un pequeño artículo titulado “Saber, tener y poder. Reflexiones sobre el camino feminista recorrido y su quehacer2 y tan poco hemos avanzado desde entonces que será inevitable volver a alguna de las cuestiones allí planteadas, lo mismo que sobre algunas otras desarrolladas hace un par de meses en otro trabajo titulado “Una ‘(in)cultura única’ de invisibilización de las mujeres en la Ciencia y la Filosofía”3. Pero permítaseme empezar con un poco de historia que sitúe la emergencia de la lucha feminista y el significado del 8 de marzo, para poder cobrar desde allí un poco de perspectiva crítica que arroje luz sobre algunas -en apariencia ‘novedosas’- opiniones políticas acerca del feminismo, que son cuando menos confusas si no contradictorias en sus términos y que lo único que realmente consiguen –si es que no lo persiguen veladamente- es prolongar un statatu quo de inferioridad para la mayoría de las mujeres, que no ocupan un lugar privilegiado en la sociedad, ni económica ni culturalmente.

Un marco histórico para nuestras reflexiones filosóficas sobre la igualdad real

Desde finales del pasado siglo XX, muchas filósofas han transmitido en sus publicaciones cómo para la mayoría de los filósofos-varones occidentales las mujeres estaban vinculadas “por naturaleza” a las tareas domésticas y de cuidado, destinadas al servicio y goce de los varones, y excluidas de las más nobles y sublimes tareas del pensar abstracto. Esto es algo que subrayan la mayoría de “los padres de la filosofía” -desde Aristóteles hasta Nietzsche, pasando por Kant, Kierkegaard o Schopenhauer. Algo que tenía como efecto, en una estricta aplicación de la causalidad clásica, que las mujeres fueran excluidas del estudio, del desempeño de tareas en la vida pública, de los derechos, y por ende de un ciudadanía activa, sencillamente porque eran consideradas inferiores a los varones: el “sexo débil” o el “segundo sexo” –como lo denomina Simone de Beauvoir en su conocido libro homónimo- pasando a “explicar” lo que antes venían “vindicando”4 algunas “defensoras y defensores de la causa de las mujeres” desde los orígenes de la modernidad: pensemos, por ejemplo, en Poullain de la Barre, Theodor von Hippel, Stuart Mill, Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft o Harriet Taylor Mill.

Efectivamente, ya durante el siglo XVII surgen los primeros escritos “feministas” reivindicando la igualdad entre los sexos y defendiendo las aptitudes intelectuales de las mujeres para poder dedicarse al estudio de las ciencias. Podemos citar como escritos paradigmáticos el de la francesa Marie de Gournay Egalité des hommes et des femmes (1622) y el de la alemana afincada en holanda Anna Maria van Schurmann De capacitate ingenii mulieris ad scientias (1638), pero siguieron siendo consideradas como mujeres “excepcionales” que eran consideradas como “musas”, “niñas prodigio”, “monstruos de la naturaleza” o como “espíritus masculinos en cuerpos femeninos”; esta última metáfora es muy importante, si tenemos en cuenta que hasta bien entrado el siglo XVII circulaba por centro Europa un anónimo en el que se cuestionaba que las mujeres tuvieran alma, esto es, que fueran seres humanos (Disputatio qua probatur et ad oculum demosntratur mulieres non esse homines, 16185). No puedo abundar aquí en esta primera fase reivindicativa del acceso de las mujeres a la educación y al conocimiento, que en algunos de mis escritos he denominado como el saber robado”, y que constituyó sin duda el primer paso para ponerse en el camino de la igualdad6.

Será ya el siglo XVIII el que traiga las reivindicaciones más jurídicas y políticas de las mujeres, de la mano de la revolución francesa, a la vez que se seguía construyendo en Europa una imagen de “mujer culta” que, aunque distaba mucho de la “mujer académica y universitaria”, sí que contribuía a alejar a la mujer dedicada a las ciencias y al saber de la imagen de “bruja” o “maga” con que calificaban a las mujeres que accedían a los saberes propios de los varones7. Acaso las figuras más representativa en este punto sean Olympe de Gouges (Droits de la femme et de la citoyenne, 1791) y Mary Wollstonecraft (Vindication of the Rights of Woman, 1798). Estas autoras ya no sólo reivindican su igual capacidad para adquirir el saber, sino también tener derechos para aprender y, además, derechos que garanticen la igualdad de contenidos en la educación de varones y mujeres, y el derecho a trabajar poniendo en práctica estos conocimientos. El punto de partida de sus escritos es que todos los seres humanos (sean varones o mujeres) nacen con el inalienable derecho a la igualdad, la independencia y la libertad. Había que combatir la educación exclusiva de las mujeres “para sus labores”, que se guiaba por el Tratado para la educación de las niñas (1687) de Fenelón y que se reducía a la enseñanza del catecismo, un poco de leer, escribir y contar (lo justo para poder llevar una casa), e instrucción de cómo cuidar a los niños y a la servidumbre. Estas convicciones se reflejan hasta en el capítulo dedicado a la educación de Sofía en el Emilio del ilustrado Rousseau. Parecería obvio que la filosofía, con su autodeclaración de disciplina crítica hubiera debido enfrentarse al problema con otro talante, sin embargo, pocos son los pensadores varones que dedicaron sus esfuerzos a indagar los motivos que convertían a la mujer en un ser humano de segunda clase, y muchos menos los que se cuestionaron si estos motivos eran lícitos. Los varones estaban asentados en su cota de poder y no querían arriesgarse a perderla concediendo al género femenino acceso a las tareas públicas o participación política, ni mucho menos ese escalón previo que es el estudio de las ciencias. Es un hecho comprobado que durante siglos la mayoría de los grandes pensadores perdieron su capacidad crítica al enfrentarse a temas referentes al «otro» género, contribuyendo incluso con sus teorías a la marginación sistemática de la mujer de la vida intelectual y, con ello, de su proyección pública, hasta bien entrado el siglo XX, con las secuelas que han quedado grabadas a fuego en las costumbres hasta nuestros días. Salvo honrosas excepciones como los ya mencionado Poullain de la Barre, Condorcet, Theodor von Hippel o John Stuart Mill (por nombrar a los más conocidos8), desde la metafísica antigua hasta la sociología contemporánea -pasando por la filosofía moderna e ilustrada- abandonan los pensadores los cauces lógicos de reflexión para dar paso a una racionalidad diferente regida por categorías e intereses patriarcales, como muy bien ha mostrado Celia Amorós en sus trabajos9.

Había intereses creados en consagrar la polaridad sexual, la complementariedad, repartiendo los papeles de tal manera que sólo los varones ejercieran de protagonistas de la historia y la cultura. Y a través de la educación se encargaban de transmitir de generación en generación esos designios “divinos” de la creación, que en el período ilustrado se conviertieron en fines de la naturaleza. Intereses que en muchos varones serían inconscientes, pero que no pueden exculpar a los filósofos que, por definición, vivían de su capacidad racional. Un ejemplo paradigmático de estas contradicciones de muchos ilustrados varones es la obra de Kant, a quien las historias de la filosofía califican como “padre de la ética” y que, sin embargo, dejó a la mitad de la humanidad al margen de lo que constituye los dos pilares fundamentales de la misma: la universalidad y la autonomía, considerando a las mujeres incapaces de actuar por principios y excluyéndolas de una cualificación para acceder a la categoría de ciudadanas por su “minoría de edad civil”10, haciendo con ello que las descripciones antropológicas de las cosas tal y como eran en la época se convirtieran en el desideratum ético de lo que debía ser. Por la misma época que Kant está publicando su Metafísica de las costumbres y su Antropología, Mary Wollstonecraft insiste en subrayar que lo que eleva a los seres por encima de los animales es su capacidad racional y apela a la responsabilidad de los individuos para actuar y educar de acuerdo con la racionalidad, contribuyendo con ello a mejorar la sociedad; si las Instituciones y las practicas sociales dominantes representan un obstáculo para poner en práctica la racionalidad, es que necesitan ser reformadas.

Pero aún tuvieron que pasar casi dos siglos para que sus palabras encontraran eco: para que las Universidades permitieran que las mujeres se matricularan en ellas, para que tuvieran derecho a votar como ciudadanas lo mismo que los varones. Y, en este sentido, marca un hito, por lo que supone el paso de las reivindicaciones individuales a la organización del primer movimiento feminista, la concentración multitudinaria de mujeres el 19 de julio de 1848 en la capilla wesleyana de Seneca Falls (Estado de Nueva York). La reunión se había convocado para estudiar “las condiciones y derechos sociales, civiles y religiosos de la mujer” y la única oradora programada era Lucretia Mott (Filadelfia), aunque la inspiradora del acto fue Elizabeth Cady Stanton (1815-1902), ambas fueron las encargadas de redactar un texto que es conocido como “Declaración de Seneca Falls”, sirviéndose como modelo de la Declaración de Independencia de los estados Unidos. La declaración, que consta de doce artículos o “decisiones” fue leída ante un auditorio integrado por trescientas personas, entre hombres y mujeres; once fueron aprobados por unanimidad; el doceavo, que se refiere al derecho femenino de voto, no fue aprobado más que por una pequeña mayoría. Aún quedaba mucho camino por recorrer, pero este acontecimiento representó el primer paso importante al canalizar los esfuerzos aislados de algunas mujeres y hombres que les habían precedido en un primer movimiento organizado y consciente11. A partir de este momento se multiplicaron las convocatorias y discusiones públicas. Así en 1855 tuvo lugar en Cincinnati (Ohio) la “Convención Nacional de los Derechos de la Mujer” en el que un orador se refería al movimiento feminista como promovido por unas pocas mujeres desilusionadas… y que mereció la contestación de Lucy Stone (1818-1893), iniciando una serie de réplicas y contraréplicas que no hicieron sino difundir y revalorizar el incipiente movimiento.

Fue, sin duda, este paso en la organización política del “movimiento feminista” lo que supuso un importante paso en el camino hacia la igualdad, aunque todavía hoy podemos ver las trabas que las mujeres siguen encontrando para situarse con verdadera paridad con respecto a los varones en nuestras sociedades y, sobre todo, para obtener puestos de poder en el ámbito académico y político, lo que a su vez revierte en que no exista una verdadera igualdad social y jurídica entre varones y mujeres.

En este rápido recorrido histórico, quiero mencionar ahora una última cuestión, porque me parece ilustrativa de la procedencia de las celebraciones y manifestaciones feministas actuales de un ala izquierda de pensamiento político, lo que hace muy difícil la defensa que actualmente se intenta hacer, al menos en España, de un feminismo liberal o feminismo de derechas. Hace casi medio siglo (1975) la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció el 8 de Marzo12 como Día Internacional de la Mujer. Hasta entonces ya llevaba más de medio siglo (desde 1911) celebrándose bajo la denominación de Día Internacional de la Mujer Trabajadora: la propuesta había sido realizada por la maestra alemana Clara Zetkin (1857-1933) en la II Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague en 1910 y fue aceptada por unanimidad. Clara Zetkin luchó todas su vida por los derechos fundamentales de las mujeres y sus convicciones feministas marchaban de la mano de un socialismo que para ella rimaba con el pacifismo. Por eso, cuando el partido socialdemócrata alemán secundó la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial, tanto ella como amiga Rosa Luxemburgo (1871-1919) y su discípula Alejandra Kollontai (1872-1952) se refugiaron en las filas políticas del comunismo ruso, que criticaba la familia patriarcal burguesa y quería “trasladar el hogar a la sociedad instaurando guarderías y casas-cuna”. Pero el verdadero rostro del patriarcado asomó tras las filas progresistas cuando la Kollontai13 empezó a hablar de liberación sexual. Una liberación sexual que sin embargo se enarbola cuando quiere defenderse la prostitución o la maternidad subrogada, algo que es así, a mi entender, por la objetualización a la que someten a las mujeres las ideologías patriarcales, haciendo que una colonización y posesión cosificada de sus cuerpos emerja continuamente detrás de una violencia de género, que a veces se quiere maquillar o darle un componerte de tradicionalidad cultural identitaria, e incluye prácticas tan diversas como la mutilación genital, la prostitución, la violencia obstétrica, los vientres de alquiler, las granjas de mujeres, etc. Los refranes castellanos al uso son sin duda ilustrativos de lo que digo: “pelos largos, ideas cortas”, “la maté porque era mía”, “la mujer, la pata quebrada y en casa”, etc.

Esta es la piedra de toque que muestra cómo el tejido social –tanto en las sociedades occidentales como en las orientales- se nutre de un humus androcéntrico. Y la actual vuelta de las políticas conservadoras lleva aparejado el retorno de una ideología patriarcal, de forma que la igualdad real sigue siendo un espejismo14, a pesar de los aparentes avances jurídicos.

Hacia una historia de la filosofía y una sociedad inclusivas15

Durante siglos hemos podido comprobar como las teorías científicas dominantes se encargaban de presentar justificaciones ad hoc del orden establecido, el cual -subrayando las diferencias biológicas del sexo femenino- reducía a la mujer a las tareas domésticas en el ámbito privado, oficiando como máquina reproductora y propiciando que el varón se dedicase a tareas públicas más elevadas. En realidad, la adquisición del saber científico por cauces «oficiales» le era vedado a las mujeres porque representaba una herramienta para introducirse en la dinámica de la vida pública a través del reconocimiento de su labor y, en definitiva, porque éste era el único cauce para conseguir el poder.

Tras una lucha de siglos de las mujeres por la igualdad, asistimos a un creciente protagonismo de las mujeres en la vida profesional y política occidental, pero la piedra de toque sigue siendo hasta qué punto hemos alcanzado de facto una igualdad que nadie se atreve a hurtarnos de iure en nuestra cultura, una cuestión a la que responden negativa y paradigmáticamente -de manera sangrante- los casos de violencia doméstica o que, por otro lado, no dejan de poner en entredicho las estadísticas que muestran cómo el porcentaje de mujeres va disminuyendo según ascendemos en la escala de responsabilidades hasta alcanzar el denominado “techo de cristal”, que ya se ha convertido en “techo de acero”. A menudo nos preguntamos tanto desde un punto de vista teórico como práctico por los logros feministas16 en sus distintas etapas, para terminar cuestionando el que hayamos llegado a alguna meta definitiva, poniendo de manifiesto, por el contrario, que en todos los países del mundo nos hallamos todavía inmersas -en mayor o menor medida- en dinámicas patriarcales y sexistas, que no podrán ser erradicadas si no nos volvemos conscientes de las rémoras históricas que componen el humus de nuestras sociedades, en torno a tres puntos clave: el acceso de las mujeres al mundo del conocimiento (educación), la obtención de derechos cívicos (ciudadanía, voto, leyes) y su participación activa en las actividades que dirigen la vida pública (cargos políticos, empresariales o académicos).

Desgraciadamente, en lo que respecta a la igualdad de las mujeres no nos encontramos ante un capítulo cerrado. Y como viene mostrándose en un gran número de seminarios y proyectos de investigación, de congresos y publicaciones no sólo el papel de la mujer en la ciencia y en la filosofía sigue siendo el resultado de prejuicios y posturas viciadas aprendidas -algo que no sólo actúa en detrimento de la participación femenina sino que hace que se resienta la misma ciencia en sus cimientos-, sino que esto sigue manifestándose en la violencia física y psicológica que se sigue ejerciendo contra las mujeres, pues no nos parece que pueda separarse la violencia de género, la prostitución y la trata de blancas del tema de la ausencia de las mujeres de las historias de la filosofía y de su presencia en los temarios que se enseñan en los cursos de filosofía de los Institutos de Enseñanza Secundaria, ni de los de las Universidades. En nuestras sociedades en las que todo se puede comprar o vender, en las que los estudios universitarios cuestan cada vez más, la vuelta de la repartición social de los roles clásicos de “hombres” y “mujeres” es cada vez más amenazante, como lo es la vuelta de las políticas neoconservadoras en occidente: un caldo de cultivo más que propicio para un patriarcado que vuelve con fuerzas renovadas, como ese Alien cinematográfico que aparece una y otra vez cuando ya lo creemos aniquilado, colándose viscoso y pregnante por todas las rejillas y hendiduras posibles y, lo que es aún mucho peor, germinando dentro de nosotras/os mismas/os y destruyéndonos por dentro.

Desde la filosofía también queremos reivindicar a las mujeres como sujetos autónomos e independientes, defender que #lasmujerestambiénpiensan. Por eso la actual presidenta de la Red española de Filosofía, María José Guerra, lanzó ya el año pasado una campaña para dar a conocer a las pensadoras, para combatir la invisibilidad, la falta de reconocimiento y hasta de legitimidad de las mujeres filósofas, a las que se ha hurtado un lugar en las historias de la filosofía durante siglos. Además, las filósofas que nos consideramos feministas queremos reivindicar nuestra propia genealogía, denunciar la masculinización de la filosofía y construir un “canon feminista”. Sin duda, son muchos los feminismos y está bien que prolifere esa pluralidad, siempre y cuando –a mi entender- todas sigamos defendiendo “un feminismo”, en singular, en el sentido de Alisson Jaggar (1983): “lo común a las diversas formulaciones de la teoría feminista es su compromiso por terminar con la subordinación, marginación y dominación de las mujeres”. Acaso este sea el denominador común por el que diferentes mujeres de 177 países han decidido durante dos años consecutivos secundar una huelga general y se han lanzado a la calle en masivas manifestaciones reivindicativas.

En general, podemos afirmar que, analizando la situación actual de las mujeres está claro que, a pesar de las crecientes demandas de igualdad, la inferioridad “natural” o “esencial” es lo que se ha ido convirtiendo en un fundamento arraigado e inconsciente en nuestras sociedades occidentales. Y de ahí un paso a que las economías y políticas capitalistas sigan teniendo un trato desigual con las mujeres: me refiero a la precariedad de los empleos, la brecha salarial, las cargas de las tareas del cuidado o al denominado “techo de cristal” –que se ha convertido en techo de acero impenetrable para la mayoría de las mujeres, que siguen como pegadas a un pegajoso asfalto.Las convicciones y rémoras sociales acerca de la igualdad real de las mujeres perviven a la vez que se han hecho esfuerzos institucionales por instaurar una mayor igualdad política y jurídica. A mi entender, estas rémoras no podrán ser erradicadas y violencias estructurales no podrán ser erradicadas, si no nos volvemos conscientes de las rémoras históricas que componen el humus de nuestras sociedades y se empiece a considerar realmente a las mujeres como individuos autónomos, libres e iguales, en plena reciprocidad, pues si miramos a nuestro alrededor en nuestro mundo “globalizado” comprobamos que una gran parte de la humanidad, en su mayoría mujeres, continúan sin poder ser “sujetos” en plano de igualdad, condenados a una perpetua “objetualidad”.

Durante las últimas décadas, algunos esfuerzos feministas han puesto sobradamente de manifiesto la ausencia, incluso la exclusión, de las mujeres de las historias de la ciencia, de las historias del pensamiento o de las historias “oficiales” en general. Por doquier han florecido numerosas historias de mujeres que, sin duda, han tenido el valor –en todo el sentido de la expresión– tanto de denunciar un falseamiento de los datos del pasado como de paliar el vacío de tradición genérica, la ausencia de modelos, ante el que se encontraban las mujeres nuestra generación: en efecto, no sólo se hurtó siglo tras siglo el saber a las mujeres, sino que también se les privó de tradición al excluir de las Historias – con mayúsculas – a aquellas que osaron robar prometéicamente el fuego que los dioses habían entregado a los varones para su custodia. Así, las mujeres científicas o filósofas fueron toleradas, e incluso admiradas, por sus coetáneos como excepciones (que no engendraban peligro si no constituían norma) calificadas de “milagro de la naturaleza” o de “espíritus masculinos en cuerpos femeninos”, a quienes sólo les faltaba la barba para restablecer el equilibrio y armonía naturales y cuyos “desvaríos intelectuales” no habían de tenerse muy en cuenta17. Por eso denunciaba Virginia Woolf: “suponiendo que Colón o Newton hubieran sido mujeres, los documentos históricos se hubieran olvidado de recoger en sus páginas el descubrimiento de América o de la ley de gravitación universal”18. Las razones de los olvidos de la razón –como ha escrito Celia Amorós- se sustentan en una concepción patriarcal de la historia19, de forma que sólo fragmentariamente (y tras ardua indagación bibliográfica) podemos tener conocimiento de que existieron unas pensadoras llamadas Anna María van Schurman, Anne Finch Conway, Marie Winckelmann von Kirch o Emilie dû Châtelet, que tuvieron una extraordinaria producción literaria, filosófica o científica, de la que sólo una pequeña muestra ha llegado a nuestras manos, pues el resto desapareció como los restos de un naufragio, engullidos por el mar del olvido.

Sin embargo, a estas alturas de la andadura feminista, nos compete saber hasta qué punto estos esfuerzos se han reflejado en la intención de la comunidad científica por una verdadera “reconstrucción” histórica o han quedado relegados a una especie de “fe de ausencias” o “fe de olvidos” que, en el mejor de los casos, se presenta como un añadido a las historias de siempre y que, como sucede con las conocidas “fe de erratas”, termina usándose como señalador o simplemente traspapelándose. Asistimos a un creciente protagonismo de las mujeres en la vida profesional y política, pero la pregunta del millón sigue siendo hasta qué punto hemos alcanzado de facto una igualdad que nadie se atreve a hurtarnos de iure en nuestra cultura occidental, una cuestión a la que responden negativamente -y de manera sangrante- los muchos casos de violencia doméstica y que ponen en entredicho las estadísticas que muestran cómo el porcentaje de mujeres va disminuyendo según ascendemos en la escala de responsabilidades hasta alcanzar el denominado “techo de cristal”20.

Con todo, quisiera acabar estas líneas en tono optimista, con el deseo de que los avances de las últimas décadas en aras de una verdadera interdisciplinariedad, como integración de conocimientos pertenecientes a disciplinas distintas, constituya también un acicate para la inclusión definitiva de las aportaciones de las mujeres científicas y filósofas a las historias oficiales, que también se encuentran ahora con el reto de incluir ámbitos de investigación transfronterizos, tales como la historia social, la geografía política, la sociolingüística, la epistemología histórica, los estudios feministas, los estudios culturales o la bioética. La fragmentación del saber especializado y el descrédito del conocimiento experto, sugieren la integración de diferentes perspectivas y comunidades de conocimiento, ya sean disciplinares o abiertas, sobre temas de estudio comunes, lo cual supone un reto notable para las propias ciencias y la filosofía.

A lo mejor existen otros caminos para paliar este detrimento, pero el más claro sigue siendo, a mi entender, seguir hablando de y actuando en feminismo21, con su contenido reivindicativo, porque ni hemos llegado donde queríamos, ni mucho menos han llegado todas. Hay que educar en feminismo, y no sólo preocuparnos por organizar estudios sobre mujeres o analizar todos los campos del saber “desde la perspectiva de género”: ojalá así las hijas de nuestras nietas puedan darle la razón a Victoria Camps en su vaticinio del siglo XXI como “el siglo de las mujeres”22.

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1 Este trabajo se ha llevado a cabo en el marco del proyecto de investigación titulado El desván de la razón: cultivo de las pasiones, identidades éticas y sociedades, PAIDESOC: FFI2017-82535-P.

2 Cf. Revista Con la a, nº 6, pp. 29-31: https://conlaa.com/numeros-anteriores/

3 Cf. Revista de Investigación y Educación en Ciencias de la Salud RIECS, Vol 3, Nº 2, Noviembre 2018, pp. 64 – 66 https://www.riecs.es/index.php/riecs 

4 Recojo aquí la distinción que hace Amelia Valcárcel en sus trabajos. Para una aproximación clara y concisa a la obra de Simone de Beauvoir, recomiendo el libro de Cristina Sánchez, Simone de Beauvoir. Del sexo al género, Shackleton Books, 2019.

5 Este anónimo suele atribuirse a Valerus Acidalius, quien en 1595 escribió una Disputatio nova contra mulieres, que fue contestada por Simon Gediccus.

6 Cf. Al respecto, entre otros: Concha Roldán “Transmisión y exclusión de conocimiento en la Ilustración: filosofía para damas y querelle des femmes”, en ARBOR. Ciencia, pensamiento y cultura – vol.184 – 2008 – 14pp. http://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/article/downlo, y «Mujer y razón práctica en la Ilustración alemana”, en El reto de la igualdad de género: nuevas  perspectivas en ética y filosofía política (comp. Alicia Helda Puleo), Biblioteca Nueva – 2008. Para una aproximación a todas aquellas mujeres que lucharon solas –y a los varones que las apoyaron- recomiendo un clásico: Antología del feminismo, Introducción y comentarios por Amalia Martín-Gamero, Alianza Ed. Madrid, 1975.

7 Sólo como dato curioso recordaré aquí que la última quema pública de brujas tuvo lugar en Alemania en 1775Christian Thomasius influyó mucho con sus ensayos (De crimina magiae, 1701; Dissertation über die Folter, 1705; y De origine ac Progressu Inquisitorii contra sagas, 1712) para que en 1714 Federico Guillermo I proclamara un Edicto que acabara con la persecución de brujas en Prusia.

8 Celia Amorós, Alicia Puleo, Angeles Jimenez Perona, María Luisa Pérez Cavana y Ana de Miguel han dedicado algunos de sus trabajos a estudiar las aportaciones de estos personajes a la historia feminista. Cf. al respecto Actas del Seminario permanente. Feminismo e Ilustración 1988-1992, Instituto de Investigaciones feministas, Universidad Complutense de Madrid, 1992.

9 Su libro Hacia una crítica de la razón patriarcal (Anthropos, Barcelona, 1985) es ya un clásico en la materia.

10 Cf. Al respecto mis muchas publicaciones críticas sobre Kant, entre las que quiero mencionar aquí: “Ni virtuosas ni ciudadanas: inconsistencias prácticas en la teoría de Kant”, Ideas y valores, vol. LXII, 2013, suplemento nº 1, pp. 185-203; se puede consultar en Internet.

11 Cfr. Ibid. pp. 51-61 y 69-75.

12 Pero ¿por qué elegir el 8 de marzo para esta celebración? En 1857 y en 1908 se produjeron en Nueva York dos huelgas de trabajadoras textiles (los operarios textiles eran ya entonces en su mayoría mujeres muy mal remuneradas). Al parecer, ambas tuvieron lugar un 8 de marzo y la segunda de ellas ha pasado a la historia de la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, dramáticamente recordada por la muerte de 120 mujeres en el incendio de la fábrica, donde habían sido encerradas por los dueños.

13 Cf. Ana de Miguel, Alejandra Kollontai, Eds. Orto, Madrid, 2001.

14 Cf. Amelia Valcárcel, Feminismo en un mundo global, 2008.

15 Una primera versión de este apartado se publicó en mi artículo “La exclusión de las mujeres de la sociedad del conocimiento. Por una historia de la filosofía inclusiva”, en La hora de la igualdad, revista del IES “El Brocense” de Cáceres, pp. 5-8. Aprovecho para agradecer a su editora, Raquel Rodríguez Niño la invitación a escribir el mismo.

16 Entiendo por “feminismo” en singular, en el sentido que lo empleara Alice Jaggar (Feminist Politics and Human Nature, Totowa, NJ, p. 5), “lo común a las diversas formulaciones de la teoría feminista en su compromiso por terminar con la subordinación, marginación, discriminación /dominación-explotación, y violencia-tortura contra las mujeres”.

17 En este sentido se refirió Kant – conocido como el “padre de la ética moderna” – a Madame de Châtelet; cfr. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime: “a una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica discusiones fundamentales, como la marquesa de Châtelet, parece que no le hace falta más que una buena barba” (AA II, 229).

18 Cf. Una habitación propia, Trad. de Laura Pujol, Seix Barral, Barcelona, 1986.

19 Cf. Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad, Cátedra, Feminismos, Madrid, 1997, cap. II.

20 Cf. A. Valcárcel, La política de las mujeres, Cátedra, Feminismos, Madrid, 1998, sobre todo cap. V.

21 Entiendo por “feminismo” en singular, en el sentido que lo empleara Alice Jaggar (Feminist Politics and Human Nature, Totowa, NJ, p. 5), “lo común a las diversas formulaciones de la teoría feminista en su compromiso por terminar con la subordinación, marginación, discriminación /dominación-explotación, y violencia-tortura contra las mujeres”.

22 Cf. V. Camps. El siglo de las mujeres, Cátedra, Feminismos, Madrid, 1998.

Categorías: Monográfico 8M, Pensar

Sobre el autor

Concha Roldán Panadero

Concha Roldán es Profesora de investigación en el Instituto de Filosofía (IFS) del CSIC, del que es Directora desde 2007. Además, es presidenta de la Asociación de Ética y Filosofía Política (AEEFP), de la Sociedad española Leibniz para estudios del Barroco y de la Ilustración (SeL), y de la Asociación GENET (Red transversal de Estudios de Género). Y desde hace más de un lustro preside el comité organizador de la Olimpiada Internacional de Filosofía en España (IPO). Codirectora con Roberto R. Aramayo de las Colecciones Theoria cum Praxi (CSIC-Plaza y Valdés), Clásicos del Pensamiento (CSIC), Eidética (Herder) y miembro del Comité de Redacción de la Colección Feminismos de Cátedra, desde 2015 es Directora de Isegoria. Revista de Filosofía moral y política. Fue becaria de la Fundación Alexander von Humboldt y profesora invitada en la Johannes Gutemberg Universität de Mainz, en la Technische Universität de Berlín, en la Ludwig-Maximilian Universität de Munich y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigadora Principal del Grupo español en el Proyecto Europeo “Enlightenment and Global History” (ENGLOBE, 2010-2013) y coordinadora Principal del Proyecto Europeo Marie Curie “Philosophy of History and Globalisation of Knowledge. Cultural Bridges Between Europe and Latin America” (WORLDBRIDGES, 2014-2018). Actualmente es investigadora principal del proyecto I+D “El desván de la razón: cultivo de las pasiones, identidades éticas y sociedades digitales” (PAIDESOC: FFI-82535-P). Tiene numerosas publicaciones sobre filosofía moderna, Ilustración, ética, estudios de género y filosofía de la historia, entre las que cabe destacar sus libros Entre Casandra y Clío. Una historia de la filosofía de la historia (1997, 2ª ed. 2005) y Leibniz. En el mejor de los mundos posibles (2015), y dos ediciones de volúmenes colectivos, New Perspectives in Global History, Wehrhahn Verlag, Hannover, 2013 –editado junto a Günther Lottes et alia- y Philosophy and Globalisation, Walter de Gruyter, Berlin, 2018 –editado junto a Daniel Brauer y Johannes Rohbeck.

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