Monográfico 1-O: la pre-visión política

Monográfico 1-O: la pre-visión política

Todos somos políticos. Ciudadanos. Pero no cualquiera puede ser un político. Ejercer adecuadamente su función y servicio público. Comenzando por la capacidad de retirarse a tiempo y dejar el terreno libre a otros con mejores proyectos. Capacidad que, por consiguiente, ha de ir acompañada de esta otra: reconocer que los demás pueden tener ideas tan buenas como las mías, o incluso, mejores. Ya sabemos que el profesionalismo en la política es una de las desviaciones que mayores males nos procura. Nos detendremos, a continuación, en la necesaria creatividad o capacidad para mirar las situaciones desde una perspectiva nueva, que facilite desarrollos alternativos a una dificultad o problema. Y esto nos hace tanta falta en política… Pero se requiere a su vez altura de miras. Una visión más amplia que la acostumbrada, que permita tomar decisiones en el largo plazo, de modo que no se ahoguen nuestras decisiones, prisioneras del día a día. Así, no parece muy conveniente aplicar en exceso la ley del Gatopardo. Solamente nos valdría durante un tiempo, ese inmovilismo y la conservación de lo que hay, conmigo dentro. El conservadurismo, de izquierdas o de derechas. Tendría los años contados o, como mucho, las décadas. De hecho, no hay nada en el mundo, ni en el universo, que no cambie. Todo cambia y el cambio político es de lo más fácil de comprobar que cambia, y cambiará. Y si todo cambia en esta vida, no es tan extraño que yo cambie -como dice la canción- con la sociedad conmigo dentro. Por esta razón, un requisito mínimo que se le puede exigir, no ya a un político, que de éstos hay miríada, sino a un buen político, es su habilidad en el arte de gobernar las crisis para que se cimente con robustez un futuro social más halagüeño.

Ya se intuirá por dónde vamos, aunque podríamos conducirnos análogamente a través de variados casos. El llamado “problema catalán” ha sido, en todo momento, un problema predecible. Los pactos, más y mejor los pactos básicos de una sociedad que fundan su convivencia, han de ser renovados periódicamente. Por una sencilla razón: han de despertar un consenso básico entre todos los interlocutores y entre todos aquellos intereses involucrados. El pacto social ha de ser actualizado a un buen ritmo, el de la misma realidad social. Esto supone una verdadera voluntad de convivir, una coexistencia asumida desde la autenticidad. No hay mejor fiesta que la que hemos organizado entre todos. Participando todos, asumiendo como propios los posibles errores y aciertos posteriores. Si al final no lo pasamos tan bien como esperábamos, que no haya culpables. De lo contrario, siempre habría alguien que pudiera redimirme de mi propia responsabilidad, proyectando sobre él la frustración de mis expectativas. Buscar un culpable de mi desgracia es de lo más humano -demasiado humano-, como ya sabemos. Sin embargo, ¿qué partido político ha tenido, en todo este largo período pasado, la tranquila y sensata valentía de adelantarse a la jugada siguiente, como un buen jugador en el ajedrez de la vida pública? Aunque era previsible, si como hemos indicado antes los partidos políticos son estructuras tan obsoletas como conservadoras de sus privilegios y de la cuota de poder obtenida. Y claro, así era también previsible, alguna vez, el estallido democrático. Porque no es buena la consolidación de un sistema de búsqueda de la autoconservación de lo nuestro. La esencia de una democracia viva es el diálogo. Para ello hay que estar abiertos, preparados para dialogar. Dispuestos. Algo en lo que no estamos muy versados, ni los políticos al uso ni la sociedad afín de la que afloran.

¿Cómo se puede dialogar, si no escucho al otro? ¿Cómo, si no me dejo penetrar por sus creencias de fondo, que le llevan a actuar como actúa? Aunque yo no comparta dichas creencias. Si los deseos y expectativas mutuas no son al menos comprendidas, las necesidades y los miedos, es difícil que lleguemos a entendernos. Estaremos por dentro plagados de reparos, desconfianzas e interpretaciones estratégicas de lo que el otro pretende, haciendo lo que hace. Siempre presente, contaminándolo todo. Volviendo lo simple y claro, muy turbio y mezquino. Imaginen a Sócrates en una mesa, en medio de la disputa soberanista de ambos lados. No trataría de convencer a ninguno, impediría que unos y otros tuvieran la razón. Con sus preguntas, ayudaría a que cada uno se percibiese más claramente a sí mismo, sus propios presupuestos, así como los presupuestos del otro. Quizás, de ese modo llegaran a ver gradualmente la obvia necesidad, no de ceder cada uno en algo, que eso es pactar, sino de hallar juntos, de construir, un nuevo orden en el que todos nos sintamos más cómodos, donde descansar durante un tiempo. Todo lo cultural-humano es fruto de una construcción social, y lo que ha sido construido, puede volver a ser construido. Y no decimos reconstruido, dado que en muchas ocasiones es preferible a una reconstrucción, levantar el edificio completamente de nuevo.

Si preguntáramos a dos catedráticos de derecho sobre la posibilidad de la independencia de Cataluña, sus respuestas podrían ser muy similares, o bien, podrían ser muy diferentes. Y ambas situaciones son posibles, no serían tan extrañas, ni siquiera contradictorias. Todo dependería del otero desde el cual respondieran: si uno más cercano al suelo de los hechos, el de la legalidad; si otro más elevado éticamente, el de la legitimidad. Y si ahí se mantuviese cada cual, ni siquiera ellos mismos se entenderían, por muy catedráticos que fueran. De hecho, lo que es legal poco juego ofrecería a la discusión, y el otro, el que se sitúa en el marco de lo que podría llegar a ser legítimo -el nivel discursivo del deber ser– no querría otra cosa que jugar a la discusión. Todo es posible, si está legitimado. Y de esto es de lo que querría hablar. Ya sabemos lo que es legal, pero lo legal no lo era antes de serlo. Ahora bien, si lograran hablar de lo mismo, la utilidad del discurso legal es indiscutible: llevar a cabo, convertido en norma, lo que nos parezca más legítimo y cercano a las necesidades de todos los afectados. Por cierto, presumimos que esta discusión, sobre quiénes serían los “afectados” de esta discusión habermasiana, también les llevaría un buen rato. Hasta no tener más remedio que dar voz real a los propios afectados posibles. Pues bien, imaginen esta misma discusión pero entre interlocutores de partidos políticos diferentes. “Yo llevo la razón: me avala el Estado democrático de derecho”. “Yo llevo la razón: me avala la Democracia”. Y pueden estar arrojándose los trastos a la cabeza, tanto tiempo como para no ver lo que en la realidad está sucediendo, mientras ellos disputan: la bola de nieve sigue creciendo y las consecuencias. “Mi posición es democrática, la tuya es fascista”. ¡Qué curioso que ambos puedan estar acusándose de lo mismo! ¡Qué llamativo que tengamos tanto miedo a dialogar de veras! Cuando se dialoga, únicamente están en juego nuestras ideas y creencias, nunca estamos en juego nosotros mismos. Pero este miedo es un miedo atávico en la historia instintiva del género humano. Tomar conciencia del otro como mí mismo, sería un primer paso hacia un diálogo con la humanidad que siempre somos.

Mientras “nuestros” políticos no sean conscientes del daño que produce su falta de implicación sincera y honesta en el diálogo de lo que nos interesa en cada momento, mientras no sean conscientes de sí mismos y del sentido de su misión política -el bien común-, mientras derrochen esta grave falta de pre-visión política, de altura de miras respecto a cada situación para escudriñar lo que se necesita, no es de extrañar que los ciudadanos profundicen su diagnóstico pesimista sobre la utilidad y viabilidad de la política acostumbrada y sus políticos, que se desentiendan y se encierren en el día a día de sus labores cotidianas, que voten porque a alguien hay que votar, que sean del Madrid o del Barcelona, de una parte o de la otra parte, como si de una liga competitiva se tratara. Ahora bien: ¿Es posible construir un Estado, una Nación, una Nación de Naciones, una República, una Federación de Estados, una convivencia posible, amada de todos, si los ciudadanos no la construyen por ellos mismos? ¿Han previsto esta consecuencia los políticos profesionales?

Leer más en Homonosapiens| Monográfico 1-O: Los Luises de la II República, aproximación indirecta a Cataluña

Imagen| Craneo Prisma

Categories: Actualmente, Pensar

About Author

Antonio Sánchez Millán

Es licenciado en Filosofía (Universidad de Granada) y profesor del IES “Juan de la Cierva” de Vélez-Málaga (España). Autor del libro "Practicar la filosofía, los Cafés filosóficos y otras prácticas socráticas" (Editorial Alegoría, Sevilla, 2013), que es fruto de su experiencia organizando diversos Cafés filosóficos durante los últimos años. La mayor parte de sus intereses filosóficos actuales giran en torno a la Práctica filosófica y la integración del pensamiento de Oriente y Occidente, además de la búsqueda interior y la vida buena. Otras publicaciones, sus proyectos y actividades pueden seguirse en el Blog: "Palestra de Filosofía"

Comentarios

  1. O. L.
    O. L. 29 septiembre, 2017, 16:49

    Todo esto es muy bonito, pero las medias tintas pasaron de moda. No me imagino a ningún político filosofeando ni trascendiendo, medrando. Al menos no los que aparecen en los periódicos. ¿Por qué no habláis vosotros los medios de esos políticos sin complejo de estrella, de salvador, de superioridad?

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    • Antonio Sánchez Millán
      Antonio Sánchez Millán Author 29 septiembre, 2017, 17:18

      Querido/a O.L.: todo esto es complejo y supone un gran gasto de energía, individual, social y política; no son medias tintas, sino evitar las consecuencias inminentes de las posturas extremistas y cerradas sobre sí mismas, pues, lo que defendemos, lo defendemos con pasión, y nunca pasó de moda el esfuerzo por entendernos, base de toda convivencia auténtica, es, además, una constante en las relaciones humanas; muchos políticos deberían leer a Platón, y nuestro sistema democrático mirarse en la primera y única democracia participativa centenaria que ha habido a lo largo de la historia occidental, además, somos nosotros, los ciudadanos, los que habríamos de reflexionar y discutir sobre qué sociedad queremos y luego exigirlo de nuestros políticos; expulsar a los medradores; en la revista Homonosapiens encontrarás otros artículos que hablan sin ningún complejo de los políticos al uso; es más, no decimos casi nada que toda persona consciente, sensata y crítica, tú mismo/a, no pueda pensar y afirmar por sí misma, observando el panorama social y político que nos circunda. Gracias por tu comentario. Un saludo.

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  2. Granpepe
    Granpepe 30 septiembre, 2017, 12:17

    Como es habitual, el ego animal que todos llevamos dentro, está por encima del bien común. Si, además, es un ego compartido por la grey, alumbra el inmovilismo.y esa visión a largo palzo tan necesaria, se hace imposible.

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  3. Evipe
    Evipe 30 septiembre, 2017, 16:40

    Todo lo contrario. En la Naturaleza humana hay de todo menos inmovilismo. Si fuera así, todavía seguiríamos en las cavernas.
    Desgraciadamente también hay mucho de egoísmo e individualismo.
    Escucharnos más a nosotros mismos que a los demás es una práctica habitual no sólo de la clase política. Claro que ellos tienen una responsabilidad que el ciudadano de a pie no tiene!
    Así que sí, deberían ponerse las pilas y aprender a escuchar y a ponerse en la piel del que tienen enfrente. A lo mejor encontrarían un camino que todavía no han hallado.

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    • Antonio Sánchez Millán
      Antonio Sánchez Millán Author 1 octubre, 2017, 11:42

      El inmovilismo siempre ha venido desde los sectores sociales con privilegios…

      Así es, escucharse es una práctica de todos… y los menos aptos son los que menos deberían gobernar (Platón)

      Gracias por el comentario!

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