Monográfico Frankenstein: Frankenstein, mito universal y símbolo de la condición humana (II)

Monográfico Frankenstein: Frankenstein, mito universal y símbolo de la condición humana (II)

Imagen | Iñaki Bellver

I. Cuentos contando cuentos

II. Pero, ¿quién es el monstruo? Perspectivas éticas

III. La apertura simbólica de los clásicos y su extraña capacidad para leernos

IV. Metáfora del conocimiento prohibido: perspectivas del mito y la tecno-ciencia

 

III. La apertura simbólica de los clásicos y su extraña capacidad para leernos

El poder seminal de esta novela es de una fecundidad casi inagotable: ha inspirado en torno a un millar de obras entre el teatro, el cine, el cómic, la televisión… por lo que puede considerarse un mito universal. Y su polen seminal seguirá extendiéndose por la faz de la tierra entre los seres humanos. ¿Dónde reside su poder? A mi juicio, en su apertura simbólica, en su capacidad de adaptarse a las diferentes recepciones de la historia sin dejar de alumbrar la existencia humana.

Estas son dos características de los clásicos: a) la apertura simbólica, que permite ir recogiendo múltiples interpretaciones a lo largo del tiempo, con lo que se incrementa la pluralidad de significados de la obra; b) el placer no sólo de ser leída por nosotros, sino, a pesar de las cambiantes épocas, leernos a los seres humanos, mostrándonos algunas de las contradicciones y dilemas con los que convivimos, así como arrojando luz y sabiduría acerca de lo que ha sucedido, sucede y sucederá.

Jorge Luis Borges parafraseaba la célebre sentencia que se atribuye a Heráclito a propósito de nuestra relación con la lectura: “Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra”[i]. Ciertamente, los que cambiamos somos nosotros, y no los signos dormidos de las hojas, salvo traducciones, siempre idénticos.

Posiblemente esto explique las transfiguraciones y deformaciones que los lectores de cada generación –por no ser excesivamente preciso y señalar cada lector, si bien no todo lector posee esta capacidad creadora– sobre ese cúmulo de signos de la novela de Mary Shelley. Las obras que perduran suelen poseer esta apertura simbólica y, por consiguiente, son interpretadas de diversas maneras, traspasando la época en la que fueron concebidas y siendo objeto de diferentes tiempos, sensibilidades y lecturas. Por lo general, el contexto histórico y cultural acostumbra a condicionar, cuando no determinar, la luz a la vez que los prejuicios interpretativos con los que nos aproximamos a una obra literaria, pictórica o artística.

Sin pretender abarcar las casi inabarcables lecturas que encierra Frankenstein, algunas de las más recurrentes y sugerentes son: a) al crear con los pedazos de diversos cadáveres un ser vivo el científico se convierte en símbolo de la constante ambición humana de igualarse a Dios como creador de la vida; b) por un lado, el doctor Frankenstein, como Prometeo, figura en la que como advertimos por el subtítulo de la novela se inspira Shelley, son castigados por haber mordido la manzana del conocimiento prohibido[ii]; c) por otro lado, la criatura humana creada por Víctor Frankenstein es abandonada por los seres humanos a causa de que su apariencia física es distinta al resto de los mortales, por eso representa en cierto sentido la “diferencia” intolerable; d) ¿Puede un ser que no ha recibido un trato humano comportarse humanamente ? ¿Puede un ser que sólo ha recibido miedo y rechazo comportarse bien?;  e) El fruto humano nacido del conocimiento prohibido, el monstruo, comete cuatro crímenes sobre las personas que más ama el científico, su creador. Desde esta perspectiva puede interpretarse como un símbolo que nos puede prevenir de las consecuencias indeseables que se producen cuando nos atrevemos a conocer y/o aplicar la tecnología sin sentido.

 

IV. Metáfora del conocimiento prohibido: perspectivas del mito y la tecno-ciencia

Es probable que la obra que nos ocupa, leída allá por 1818, fecha de su publicación, no mantuviera los vínculos que puede mantener en la actualidad con la ciencia o la tecno-ciencia, término por entonces inexistente. Pese a ello, sus vínculos con esta son indiscutibles: la criatura nace de un experimento científico a manos de Víctor Frankenstein, experimento factible según científicos de la época, como Galvani, quien “aseguraba que los músculos de un cuerpo inerte podían recobrar sus funciones si se les aplicaba descargas eléctricas”[iii], tal como ocurre en la novela.

Ya en el prólogo, fechado en septiembre de 1817, Mary Shelley se escuda en la hipótesis científica de la época con el propósito de que el relato no decaiga y sostenga su verosimilitud entre los frágiles y ambiguos hilos de lo real, pretendiendo no adentrarse en lo sobrenatural: “El hecho que fundamenta esta narración ha sido considerado por el doctor Darwin (Erasmus Darwin, abuelo y precursor de Charles Darwin) y por otros científicos alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible. No deseo que pueda creerse que me adhiero, por completo, a esta hipótesis; sin embargo, al basar mi narración sobre este punto de partida no pienso haber creado, tan sólo, un encadenamiento de hechos terroríficos concernientes por entero al orden sobrenatural”[iv].

No obstante, que podamos leer hoy Frankenstein como una parábola de las vicisitudes de la ciencia y sus repercusiones en la sociedad humana se debe, además de a una esencia imperecedera que se repite a lo largo de la historia y a la apertura simbólica de la novela, a que el siglo pasado de la mano del hombre la ciencia ha mostrado su lado más terrible y oscuro. Y a medida que avanzamos, aumenta su poder sobre nuestras vidas y,  junto con su poder, su poder de destrucción.

Como es sabido, Víctor Frankenstein da a luz a una criatura que no será capaz de controlar. Luego esa criatura incomprendida arruinará la existencia de su creador golpeando la vida de cuatro queridos seres suyos. Si sustituimos criatura o monstruo por tecno-ciencia, la cuestión sigue siendo válida, adaptable a nuestros días, de igual forma que lo es al mito de Prometeo, tal como sugiere el título completo de la novela. Los mitos contienen verdades, no históricas, sino simbólicas, que nos permiten comprender y explicar creencias, conductas y estructuras sociales. Y, en la medida en que estas acciones se repiten con las variaciones de las circunstancias y el contexto histórico, o bien forman parte de la condición humana, también nos permiten predecir y prevenir, como de otro modo lo hacen las ciencias naturales.

Veamos un resumen del mito de Prometeo desde la óptica de la antigua Grecia que contribuirá a arrojar luz sobre la novela de Shelley y la condición humana. “Su nombre parlante significa ´el previsor`. Sin duda fue el Titán más benefactor de la humanidad. Robó a Zeus el fuego para regalárselo a los hombres. Aquí el fuego no es tan sólo el elemento físico, sino que tras él subyace el símbolo de la inteligencia humana y del progreso (el fuego permite cocinar los alimentos, fundir los metales, cocer el barro de las vasijas, etc.) (…) Tras el robo del fuego Zeus quiere castigar a Prometeo, por lo que decide encadenarlo en las montañas del Cáucaso, donde un águila roerá a diario el hígado del Titán (hígado que se regenerará en la misma proporción cada noche) hasta que Heracles lo libere”[v].

Evidentemente, la función de Prometeo en la novela es desempeñada por Víctor Frankenstein, pero ¿es él, tal como el nombre parlante de Prometeo significa, “el previsor”? La impresión que tengo es que sí, pues es Víctor Frankenstein el que relata minuciosa y pacientemente a Robert Walton sus experiencias a la manera de un previsor, de ahí la dimensión ética de la narración.

Hacia el final de la novela, donde continúa el diario de Robert Walton, podemos leer este testimonio: “He tratado varias veces de que me dijera cómo había logrado conferir la vida a su criatura, pero en lo que respecta a este asunto parece inconmovible. –¿Se ha vuelto usted loco, amigo mío? –me dijo–. ¿De qué iba a servirle el que diera satisfacción a su curiosidad? ¿Acaso desea crear también un ser diabólico que se convirtiera en su enemigo y de todo el mundo? No, no insista. Que mis torturas le sirvan de lección”[vi].

Sin embargo, poco después de esto Robert Walton y los tripulantes se encuentran en una situación paralela a la de Víctor Frankenstein, y Walton parece no haber aprendido la lección: “Esta petición despertó mi cólera No había perdido aún las esperanzas de que mi expedición fuera un éxito y, por ello, no había considerado la posibilidad de un abandono en caso de que el deshielo del mar nos diera la ocasión de proseguir”[vii].

Ante el inminente peligro que ha cobrado la muerte de varios tripulantes, los demás le piden a Walton volver. Cegado por su ambición personal, Walton, en cambio, no ha considerado siquiera esa posibilidad. Y en contra de lo que cabe suponer de un previsor, Víctor Frankenstein, tras haber escuchado la intención de los tripulantes, se levanta y ofrece un discurso enardecido incitándoles a seguir: “(…) Estabais predestinados a que os consideraran como bienhechores de la humanidad y vuestros nombres pasarían a la historia como los de hombres valientes que habían afrontado la muerte por honor y para beneficiar a sus semejantes. ¿Y qué pretendéis ahora? Al primer peligro, o, si os parece mejor, a la primera dificultad importante, vuestro coraje se tambalea y decidís retiraos, aceptando dejar tras de vosotros el recuerdo de que no fuisteis lo bastante valerosos para afrontar el frío y el riesgo”[viii].

Desde luego, el discurso es persuasivo e invita a continuar. Parcialmente puede tener razón: la valentía es un valor imprescindible, pero ¿sabemos distinguir siempre de manera adecuada entre “valentía” y “temeridad”? ¿Acaso ha olvidado las muertes que provocó si no directa, sí indirectamente? Clerval, su padre, la que fuera su mujer… Como jefe de la expedición, en cierto modo Walton es responsable de la muerte de cada uno de los tripulantes. Algún día puede preguntarse por ellos, como por su parte lo hace Víctor constantemente.

Sigamos con el juego de las similitudes y las diferencias. El mito narra que Prometeo robó a Zeus el fuego para regalárselo a los hombres, pero el fuego entendido no solo de manera literal, sino también como símbolo de la inteligencia y el progreso. Frankenstein, el moderno Prometeo, no fue tan generoso, aunque la ciencia puede ser en beneficio de todos los seres humanos, el que engendrara a aquella criatura obedece más a una ambición personal que a una pretendida ofrenda para la humanidad.

Tampoco robó el fuego en un sentido literal, pero sí en un sentido simbólico, robó la inteligencia de la ciencia para hacer de los hallazgos de ésta otro hallazgo, de los fragmentos de varios cadáveres un ser vivo, emulando a Dios. El fuego equivale en la novela de Shelley a las descargas eléctricas con las que se infunde vida a la materia inerte. Y como informa en el prólogo, “un fuego que, según todas las religiones del mundo, sólo obra en poder de los dioses, quienes castigan impíamente al ser mortal que osa arrebatárselo”. Robárselo a los dioses puede ser una temeridad; no atreverse a conquistarlo, un acto de cobardía y conservadurismo, si es que no una superstición, no menos imperdonable. ¿Dónde ese difícil término medio, la razonable prudencia?

Después de robar el fuego, Zeus quiere castigar a Prometeo, por eso lo encadena en las montañas del Cáucaso, donde un águila roerá a diario el hígado del titán, hígado que se regenerará en la misma proporción cada noche hasta que Heracles finalmente lo libere. Esta parte del mito griego parece corresponderse con Frankenstein. Zeus equivale al fatum, a un destino que a través del monstruo creado e incomprendido acaba con cada uno de los seres que Víctor ama. Cada muerte castiga a Víctor con remordimientos de conciencia, no solo porque muere alguien querido, sino porque se siente cómplice y responsable de ello. Tal cadena de hecho nos permite establecer una analogía entre el desarrollo de la acción en la novela y el modo de propagarse los efectos de la tecno-ciencia en la sociedad.

El hígado que sin cesar se regenera en el mito griego equivale a la esperanza de Víctor, una esperanza que algún tiempo después de cada muerte se fortalece y comienza a creer y crecer de nuevo en la posibilidad de ser feliz hasta que otro zarpazo interrumpe el ilusorio trayecto, de esta manera sucesivamente hasta una última vez, la liberación de Heracles en el mito, que viene a ser en Frankenstein la liberación por medio de la muerte.

Antes de morir, quizá como buen cristiano, Víctor Frankenstein se arrepiente de no haber creado una compañera para el monstruo, la que este pedía a cambio de no sembrar más desgracias. Tal vez la intención Víctor en estos momentos sea la de reconciliarse con los suyos mediante el arrepentimiento, práctica tan extendida por los cristianos. Más tarde confiesa: “Y, sin embargo, en este momento de liberación, soy feliz por primera vez desde hace muchos años. Los fantasmas de aquellos a quienes quise se acercan tendiéndome los brazos, dispuestos a recibirme. ¡Adiós, Walton! Busque la felicidad y la paz. Evite la ambición, aun aquella que, aparentemente inofensiva, se dirige a la ciencia y a la gloria de los descubrimientos. Pero no tengo derecho a hablarle así. Es posible que, allí donde yo fracasé, otro logre alzarse con el triunfo”[ix]. Aquí de nuevo apreciamos la función de previsor que desempeña Víctor Frankenstein, pero en esta ocasión con un sentido de la justicia exento de egoísmo que le honra.

Si bien no es una novela de tesis –afortunadamente guarda otros tesoros–, una de las proposiciones que se desprende de la lectura de la novela de Shelley es: “No todo lo que podemos conocer debe ser conocido, no todo lo que tecnológicamente puede realizarse merece la pena…”. Se opone, por tanto, al determinismo científico, la creencia de que lo que tecno-científicamente es viable acabará haciéndose, aunque en la narración se opone pronosticando certeramente que esta es la tendencia humana, irremediablemente humana.

Y, en efecto, desde la revolución industrial hasta nuestros días este proceso por el cual lo que tecno-científicamente es factible acaba haciéndose no ha hecho sino incrementarse, acelerarse y multiplicarse hasta límites insospechados. ¿Acaso no hemos aprendido una de las enseñanzas que encierra Frankenstein? En realidad, aunque quizá sería prudente seguir su ejemplo, parece que la tentación por descubrir, conocer y aplicar –no siempre con las mejores intenciones y fines, a la vista está– es irresistible para la condición humana. De hecho, como hemos analizado, el subtítulo de la novela remite al mito de Prometeo, en el que se inspira Shelley en una suerte de actualización y, lo que es aún mejor, símbolo de lo que estamos condenados a repetir: conocer lo que puede ser mortífero para nosotros.

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[i] Jorge Luis Borges, “El libro”, reunido en Borges oral, Obras completas II, Barcelona, RBA, 2005, p.659.

[ii] Sobre este asunto sugerimos la lectura de Roger Shattuck, Conocimiento prohibido, trad. Eva Rodríguez Halfter, Madrid, Taurus, 1998. Elogiado por escritores y críticos de la talla de Saul Bellow y Harold Bloom, el libro entero es de profundo interés, pero en particular a la novela que nos ocupa se le dedican las páginas 120-122.

[iii]  Ana María Moix, 1999, op. cit., p. 6.

[iv]  Mary Shelley, 1999, op. cit., p. 9.

[v] Antonio Guerra Guzmán, Dioses y héroes de la mitología griega, Madrid, Alianza, 1995, p. 50.

[vi] Mary Shelley, 1999, op. cit., pp. 223-224.

[vii] Mary Shelley, 1999, op. cit., p. 228.

[viii]  Mary Shelley, 1999, op. cit., p. 229.

[ix] Mary Shelley, 1999, op. cit., pp. 232-233.

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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