Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

En un hallazgo memorable, y refiriéndose a Franz Kafka, Borges declaró que los grandes escritores crean a sus precursores. Y al hacerlo pensaba en dos fascinantes y misteriosos relatos escritos más de medio siglo atrás por dos autores estadounidenses en los cuales veía preludiado ese «mundo de castigos enigmáticos y culpas indescifrables» tan propio del checo. El primero, del que ya hablé en este mismo rincón, es Wakefield, de Nathaniel Hawthorne; el segundo, cuyo culto no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo, se titula Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, ese hombre que durante tanto tiempo fue relegado, incluso en su propio país, al ámbito de la literatura juvenil por su novela sobre la ballena blanca (¡Moby Dick literatura para jovencitos!). Melville lo publicó primero en la revista Putnam’s Monthly Magazine, en 1853 (es decir, dos años después de Moby Dick), y más tarde, con ligeras modificaciones (entre ellas, el acortamiento del título hasta dejarlo solo en el nombre propio), lo uniría a otros cuentos para dar pie al volumen The Piazza Tales, que vio la luz en 1856.

El relato es narrado en primera persona por un maduro abogado de Wall Street («Soy un hombre bastante mayor» es su frase de presentación) que ocupa una muy respetable posición. Debido al incremento de su volumen de trabajo, el abogado decide contratar un tercer escribiente para su despacho. Quien se presenta es un joven de aspecto pálido y modales impasibles que responde al nombre de Bartleby (no llegaremos a saber si es nombre o apellido). Al principio, su trabajo rinde a plena satisfacción, hasta que una memorable mañana, cuando el abogado le pide que lo ayude a verificar la exactitud de una de las copias que ha realizado, Bartleby responde con esta inesperada afirmación: «Preferiría no hacerlo». A partir de ese momento, el inescrutable empleado se negará, cada vez con mayor frecuencia, a cumplir cualquier petición del abogado, siempre parapetado tras las mismas palabras, hasta que llega el momento en que deja de realizar trabajo alguno.

La respuesta del abogado será, ante todo, la perplejidad; la perplejidad del hombre normal que se asoma progresivamente al abismo de lo extraordinario, tanto más cuanto que el individuo que encarna esto último no parece poseer ninguna característica anormal. Ante Bartleby, el letrado se ve desarmado una y otra vez por esa eterna respuesta que, a modo de mantra, incluso acaba contagiando a todos cuantos trabajan en esa oficina, empezando por el mismo narrador (¿acaso también al lector?). Cuando, por fin, indica a Bartleby que no puede seguir contando con los servicios de quien se niega a rendir ningún servicio, éste se limita a quedarse donde está, y el abogado, descartando cualquier imposición de fuerza, acaba aceptando su perpetua no presencia. Es más, acaba descubriendo que no posee ningún otro lugar a donde ir: en las horas en que la oficina está cerrada, él permanece allí,  como un fantasma cuya presencia impregna eternamente un lugar. Si al final se decide a actuar, es porque descubre que su reputación está en juego, que sus compañeros de profesión comienzan a murmurar acerca de ese extraño joven que permanece sentado, con la mirada perdida, en su oficina. Lo hace, sin embargo, a su modo, pues será él quien se traslade a otro edificio; por supuesto, solo para descubrir que Bartleby ha decidido fundirse de verdad con aquel espacio y se niega a moverse de allí, para alarma del casero, que acude de nuevo al abogado como si éste fuera responsable de aquél.

¿Quién, o casi mejor, qué es Bartleby? La misteriosa fascinación despertada por el personaje comienza, es evidente, por sus anodinos atributos: parece un joven en quien todo elemento temperamental se presenta atenuado hasta la misma opacidad. Porque, al final de todo el periplo, eso será lo único que se pueda decir de Bartleby: es un ser opaco, a quien no parece posible describir de modo positivo, es decir, señalando cualidades sustantivas, sino omisiones (lo que no es o lo que no se sabe de él). Es más, la frase que utiliza como escudo frente al mundo, Preferiría no hacerlo, participa de esa misma mitigación: no es una negativa tajante, sino una forma suavizada de señalar que no desea hacer lo que se le pide.

Donde ya no hay atenuación es en sus actos: Bartleby no hace. Bartleby parece limitarse a ser sin existir. Es un fantasma que respira, una sombra que se recluye entre sombras. Como puede verse, esta caracterización permite que sobre el personaje puedan efectuarse múltiples interpretaciones, ninguna de las cuales niega a las demás: símbolo de la angustia existencial; emblema de la alienación de la vida moderna, que tiende a cosificar a los seres como piezas de un engranaje en el que nadie es imprescindible; misteriosa metáfora de la rebeldía interior; precursor, como entrevió Borges, no ya de Kafka, sino del fin de los argumentos en la novela del siglo XX (Bartleby es, de hecho, un hombre sin argumentos…). La insigne ensayista Susan Sontag, en famosa declaración, afirmó que interpretar era empobrecer. Por supuesto, Sontag no hacía apología de la lectura acrítica, sino todo lo contrario, de la idea de que cada lector se enfrente al texto sin muletas proporcionadas por otros. Y pocos relatos nos exigen esa actitud como el que nos ocupa.

Hay que atender, antes que nada, a las claves narrativas que proporciona el mismo autor. Así, es buena estrategia que el relato se inicie de forma muy distendida, con la descripción de los otros dos escribientes del abogado, también maniáticos y particulares. De este modo, el lector comienza acostumbrándose a considerar que esa oficina es pródiga en seres excéntricos, de tal modo que el recién llegado supone una pieza armónica con las demás, hasta que éste último no tarda en superar a sus dos compañeros. La gradación, por lo tanto, es la técnica escogida por Melville para dibujar a su personaje, construyendo así la necesaria atmósfera para hacer especialmente vívido el que me parece el desesperanzador nudo dramático del cuento: la eterna incertidumbre que nos provocan las circunstancias de la vida no nace de pronto, sino que brota suavemente y nos acompaña, al principio casi sin llamar la atención, hasta que un día descubrimos que nos ha atrapado por completo. He ahí el horror; he ahí la angustia.

Sin embargo, la suma atención que merece el personaje del escribiente, desde el mismo título, no debe hacernos olvidar que el verdadero protagonista del relato es aquel que permanece todo el tiempo con nosotros: su narrador, el personaje que Melville emplea como cauce de la atención, y de la identificación, con el espectador. Y es que, como muchas otras obras de la literatura que giran en torno a una figura caracterizada por su singularidad (desde el mismo título: El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, El señor de Ballantrae, de R. L. Stevenson, Doktor Faustus, de Thomas Mann), Bartleby el escribiente es también la historia (aun soterrada bajo el dibujo de su personaje central) del individuo, en principio menos llamativo, incluso anodino, que relata su historia. La clave de esa sostenida reticencia a expulsar a Bartleby de su oficina y, más tarde, su continuada preocupación por su destino encuentran su explicación en la modesta gentileza de ese individuo (del que, al contrario que el escribiente, no conoceremos ni siquiera su apellido) que parece tener todas las razones, todo el poder en sus manos, y sin embargo se resiste a hacer uso de él.

En cierto modo, Bartleby es un reflejo de su superior, un reflejo en apariencia negativo (el abogado señala continuamente la posición eminente que tiene en la sociedad neoyorquina), pero también (y aquí de nuevo asoma la angustia que transmite el relato) es un reflejo especular. ¿Acaso el abogado —acaso el lector que entra en el cuento desde su perspectiva— no tiene, en el fondo, la sospecha de ser tan opaco como Bartleby? ¿Acaso el mayor temor del ser humano, aun de aquellos que se creen salvaguardados por su posición, es el de no ser nadie? Vuelvo a aquel otro memorable cuento, Wakefield, de Hawthorne, pues ahí está contenida, precisamente, una de las más escalofriantes demostraciones de la facilidad de todo ser humano para perder la sintonía con sus semejantes, o con la realidad, y convertirse, en palabras del autor, en un paria.

A diferencia de lo que hubiera hecho Kafka, sin embargo, Melville sí nos ofrece una explicación final (por tanto, invito a suspender aquí la lectura de este artículo a quien todavía no haya leído el cuento); o mejor dicho, un esbozo de explicación: una explicación atenuada, muy bartlebyana. Muerto en la institución donde finalmente ha sido recluido a instancias del dueño del inmueble, que se negó a abandonar por su voluntad, llega a oídos del abogado un «rumor» (obsérvese, nada de una información concreta —otra vez la atenuación—) acerca de que el infortunado había sido despedido poco tiempo atrás de un puesto en la Oficina de Cartas No Reclamadas de Washington. El nombre en inglés de ese puesto es más revelador: Dead Letters Office, literalmente «oficina de cartas muertas». No en vano allí es donde van a parar las misivas que no han encontrado destinatario (por muerte, por error, por cambio de domicilio).

Al conocer el puesto en que languideció su escribiente, el abogado no puede evitar sentir una triste punzada de comprensión (¿de solidaridad?) al hacerse cargo del efecto que ese empleo (destruir mensajes que tal vez fueran de esperanza o de socorro, cartas de amor o de amistad que no encontraron al anhelado remitente y no obtuvieron más que el silencio) pudo causar en el alma de un ser con la tendencia a la melancolía de Bartleby. Pocas líneas finales conmueven tanto como ese lamento —«Ah Bartleby. Ah humanidad»— con que el abogado se dirige a sí mismo y a todos los hombres, sintiendo una triste comunión con el destino de los seres indefensos. En ese triste gesto de empatía nuestra humanidad intenta hallar un precario refugio frente a la profunda amargura que despierta este inolvidable relato.

Ilustración: Oficina en una pequeña ciudad (1953), de Edward Hopper

 

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About Author

José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

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