La RAE, la Inquisición lingüística, el murciégalo y el chauffeur

La RAE, la Inquisición lingüística, el murciégalo y el chauffeur

 

El debate público en España está recorrido por tres debates fundamentales, cuya presencia, en mayor o menor grado, se mantiene inalterable en el tiempo y a veces hasta se solapan y confunden: el fútbol, la política y las decisiones de la Real Academia Española RAE. Juntos dibujan la cartografía de la sociedad española del siglo XXI, si bien la presencia en los medios públicos de uno u otro varía de acuerdo a factores ambientales. Ahora es el tiempo de la política, y precisamente por ello cualquier intento de aproximación racional a ella se verá ahogado por todo el ruido que su misma naturaleza provoca. Es por ello que me gustaría intentar una aproximación racional a otro de esos debates, aquel que tiene por objeto a la institución del ‘Limpia, fija y da esplendor’, para que la próxima vez que la contienda lingüística salte a la palestra se puedan esgrimir razones lógicas.

Describamos brevemente el contexto en el que se desarrolla esta ‘querella española’.  Cada decisión de la RAE provoca una avalancha de críticas de aquellos que responsabilizan, por acción y omisión, a los académicos de un astroso estado de la lengua española continuamente agravado con cada revisión del diccionario o de las normas ortográficas. Twitter arde al tiempo que las tribunas de los principales periódicos se saturan de invectivas contra la RAE, mientras que unos cariacontecidos académicos apenas aciertan a balbucear la explicación de sus actos. La pregunta es: ¿son razonables las innovaciones ortográficas, las adaptaciones de extranjerismos, etc.? ¿tiene sentido esta airada reacción, esta indignación popular ante cada ‘ataque’ de la Real Academia?

Para responder a esta pregunta primero deberíamos sentar las bases de lo que es un lenguaje humano. Para este artículo valdrá una definición tan rudimentaria como la que sigue: una lengua es un sistema convencional de comunicación. Que sea un ‘sistema de comunicación’ quiere decir que está articulado en torno a un fin: la comprensión mutua, el entendimiento. Que sea ‘convencional’ significa que esta articulación se conforma mediante un ‘contrato’ que une significado y significante para todos los que empleen ese mismo código. Las implicaciones de esta definición son varias: en primer lugar, si el objetivo de toda lengua es la comunicación efectiva entre sus hablantes, cualquier lengua, estadio de la lengua o dialecto que cumpla esta función es legítimo. Esto es, que el español del 2016 es igual de aceptable que el del 1870, del mismo modo que el español europeo no es ni mejor ni peor que el americano, ni el de Valladolid más ‘puro’ al del resto de España. Dado que no hay ninguna evidencia empírica de que alguno de estos sistemas cumpla con su función comunicativa de una forma más eficiente, toda comparación en el eje ‘mejor-peor’ es falaz. Ni el español ‘de antes’ era mejor al de ahora, ni el de España a las infinitas variedades del español americano. Simplemente responden a ambientes (incluyendo en ellos la historia, geografía, etc.) distintos.

Precisamente con la evolución se relaciona la segunda característica definitoria del lenguaje humano: su carácter convencional, es decir, producto de una convención, de un pacto implícito por el cual asumimos que la palabra ‘mesa’ denota al «mueble compuesto de un tablero horizontal liso y sostenido a la altura conveniente, generalmente por una o varias patas, para diferentes usos, como escribir, comer, etc.». Según Hockett[1] la convencionalidad (o arbitrariedad) es una de las características distintivas del lenguaje humano frente a las formas de comunicación animal. Y, dado que los hombres (y las mujeres, no vayamos a ser lingüísticamente discriminatorios) somos capaces de modificar las convenciones que artificialmente establecemos, las lenguas humanas están sometidas al cambio. Además, sabemos aproximadamente cómo funciona el cambio lingüístico, y no es según una ‘lógica’ intrínseca al propio lenguaje, sino por mutaciones aleatorias que se difunden e imponen desde los centros de poder. La Sociolingüística ha demostrado que tendemos a la imitación de las formas de hablar que tienen prestigio social, lo que sugiere que el lenguaje no es inmune a algo tan humano como el poder. El prestigio social debe ser entendido aquí de manera amplia: desde las figuras de poder más básicas y antiguas (como los curas en España desde el inicio de los tiempos hasta hace cuatro días) hasta toda una civilización, como es el caso de la cultura anglosajona en la actualidad (lo que explica que la inclusión de términos ingleses en textos españoles no siempre se deba a una necesidad expresiva, sino a que queda cool). A este sesgo cognitivo de los hablantes, que beneficia a aquellos que ostentan el poder social, no son ajenos los propios lingüistas, lo que explica la llamada ‘falacia clásica’ de los estudios gramaticales tradicionales, según la cual el lenguaje escrito es superior al lenguaje oral y las formas de habla de las clases instruidas son más puras que la de las populares.

A diferencia de gran parte de la comunidad tuitera y de la opinión pública, la Real Academia Española ha escapado a esta falacia y ha asumido un papel más ‘neutral’. De esta forma ha dejado de ser normativa para centrarse en un rol descriptivo. Dicho de otra forma: la RAE no puede decir lo que está bien o mal, sino reflejar lo que existe. Aquellos que se indignan por la inclusión en el diccionario académico de términos como ‘almóndiga’ o ‘murciégalo’, considerados incultos y vulgares, no están sino demostrando sus prejuicios lingüísticos, asumiendo que todo lo que vaya contra la norma lingüística prestigiosa es incorrecto. Y así en muchos casos por querer parecer cultos demuestran su ignorancia. El caso de ‘murciégalo’ es obvio: aquellos que se indignan por su existencia desconocen que es más antigua que el término actual ‘murciélago’ y que, de hecho, aquella palabra es el origen de esta. ‘Murciégalo’ es una palabra compuesta por los términos ‘mur’, sinónimo de ‘ratón’, y ‘ciégalo’, evolución de la palabra latina para ‘ciego’. Sin embargo, en algún momento alguien modificó el orden de las consonantes, y ese cambio comenzó a difundirse al ser aceptado por las personas que tenían prestigio social, de modo que ‘murciélago’ acabó desplazando al término originario. Estos procesos de cambio son en gran medida aleatorios y, por tanto, pueden revertirse al albur de lo que decida la clase dirigente, como ocurrió con los grupos consonánticos latinos. Durante el Siglo de Oro los autores cultos (Lope, Cervantes, Quevedo, Góngora, etc.) escribían ‘setiembre’ y ‘otubre’, hasta que, en determinando momento se decidió restituir las formas, más cercanas al latín, ‘septiembre’ y ‘octubre’. Como si ahora decidiéramos sustituir ‘cocodrilo’ por ‘crocodilo’ (vid. el término inglés crocodile) para acercarnos más al latín. El que utilicemos sin ningún problema ‘murciélago’ y ‘cocodrilo’ junto a ‘septiembre’ demuestra que la cercanía o no al latín no hace de un término ‘mejor’ que otro. Su uso se debe a la convención establecida, y esta está determinada por las decisiones incoherentes de los hablantes que ostentan el prestigio social.

Casi todas las polémicas que generan las decisiones de la RAE se pueden explicar por esta tensión entre lo que aceptan las clases cultas y lo que no, lo que se ve a la perfección para las adaptaciones gráficas de préstamos lingüísticos. Actualmente consideramos una herejía que alguien escriba ‘cederrón’ o ‘güisqui’, mientras que aceptamos con total naturalidad ‘chófer’, que no es sino adaptación de la voz francesa[2] chauffeur. La diferencia, de nuevo, está en la aceptación  social, que es lo que sanciona la corrección de un término (y no viceversa). Nada mejor que la adaptación gráfica de los extranjerismos para ilustrar las dos posiciones extremas ante el lenguaje, que, en homenaje a Eco, denominaré ‘apocalípticos’ e ‘integrados’: los primeros consideran que el español está en serio peligro de desaparecer, acorralado por la invasión de términos foráneos y en un estado deplorable y paupérrimo por nuestra desidia como hablantes; los segundos se niegan si quiera a considerar la posibilidad de escribir ‘güisqui’, considerada una ‘catetada’ propia de incultos. Poco importa que la doctrina de la Academia, por la cual los extranjerismos se adaptan a la pronunciación española para mantener en la medida de lo posible la correlación entre ortografía y fonética, sea razonable. Lo razonable no es prestigioso, y la RAE ha fallado en prestigiarlo.

Sin embargo, de todas las muestras de indignación popular ante la labor de la RAE no hay ninguna que me parezca tan absurda como la que ejemplifican los casos de ‘amigovio’ y ‘gitano’. En el primer caso, la Inquisición lingüística alzó su voz contra lo que consideraban un intolerable atropello de la supremacía del español europeo sobre el americano, puesto que otorgan un carácter cuasidivino al diccionario académico, por el cual lo que aparece en él es lo que hay que usar sí o sí. Parecen ser incapaces de comprender que la lengua española no se agota en los términos recogidos en el DLE (Diccionario de la Lengua Española, el nombre técnico de lo que antes se conocía como DRAE, Diccionario de la Real Academia Española), y que, por tanto, pueden seguir utilizando ‘folloamigo’ sin ningún problema de legitimidad (aunque a algunos nos parezca infinitamente mejor el término ‘amigovio’ por su mayor grado de delicadeza). La otra arista de esta discusión se formula más o menos así: ¿por qué si la RAE es española acoge términos procedentes de América? Aquí subyacen posturas indisimuladamente nacionalistas [3], que otorgan la (absurda) primacía al español de España sobre el americano, al tiempo que ignoran que el mandato que la RAE se ha impuesto, tras abandonar su papel de juez de lo correcto o incorrecto, es el reforzamiento de la unidad del español, cohesionando en la medida de lo posible la ortografía y creando un diccionario válido para todos los hispanohablantes.

El caso de términos como ‘gitano’ es diferente, pero igualmente ilustrativo. A él le quieren pasar el rodillo de lo políticamente correcto para que la Academia elimine la acepción según la cual ‘gitano’ es equivalente a ‘trapacero’. Que el mismo diccionario aclare que el uso de este término en esta acepción es ofensivo o discriminatorio no parece ser suficiente, el racismo seguirá hasta que no se depure completamente el lenguaje, parecen pensar. La razón por la que la RAE no puede eliminar la aceptación en cuestión es porque no puede intervenir, solo describir. Aún y cuando sea un sentido que ya no se utiliza, en desuso, debería estar por su carácter testimonial, como ejemplo de cómo el poder deturpa el lenguaje y condiciona la ideología. Y es que el lenguaje es inicuo, que no inocuo. El sentido que actualmente damos a ‘vulgar’ ‘villano’ y ‘pagano’ frente a su primigenio significado (‘perteneciente al vulgo – el pueblo’, ‘habitante de la villa’, ‘habitante de la aldea’) es muestra más que suficiente de ello. Volviendo al ejemplo de ‘gitano’, que la RAE lo considere sinónimo de ‘trapacero’ no es una legitimación del estigma que acompaña a los calós, sino un testimonio de que este prejuicio existió.

Antes de acabar me gustaría esbozar unas consideraciones finales. La primera de ellas parte de la constatación de que las lenguas se vuelven más resistentes al cambio conforme sus hablantes acceden a la escolarización y aprenden a leer y escribir. El anverso de este hecho es que aquellos que son privados de su legítimo derecho a la educación se encuentran con más dificultades para acceder a la norma lingüística sancionada como culta, a la vez que intentarán imitarla. Así pues, que nuestras abuelas digan ‘almóndiga’ no es ningún demérito, sino una muestra de que fueron privadas de algo tan básico para la dignidad humana como la educación. Solo por esto merecería la pena que ‘almóndiga’ estuviera en el DLE.

El último comentario que me gustaría realizar es una invitación a una valoración mesurada y razonable de la labor de la RAE, a la luz de todo lo expuesto. La Academia no es perfecta y, por tanto, su labor tiene defectos: por ejemplo, no entiendo por qué se mantiene la tilde diacrítica en el pronombre personal ‘mí’ para diferenciarlo de ‘mi’ cuando se elimina la que marcaba ‘éste’ con respecto a este. Voy más allá: muchas de las definiciones que los académicos proponen o mantienen son altamente cuestionables desde criterios lexicográficos, hasta el punto de que entre los mismos lexicográficos españoles suelen admitir que el Diccionario de Uso de Español de María Moliner, por citar solo al más clásico de ellos, es superior al académico. Pero esto no es nada en comparación con el tamaño de la tarea que acomete, mal que le pese a sus haters/jaiteres.

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Imagen | Murciégalo


[1] Lingüista cuyo nombre quizá desconozcáis, pero al que habéis sufrido toda vuestra vida al ser el creador del sistema de representación del análisis sintáctico que se emplea en la enseñanza primaria y secundaria en España: el análisis en cajas (con sus variantes en llaves, líneas, etc.) según la posición jerárquica, denominado, precisamente, ‘caja de Hockett’

[2] Sí, hubo un tiempo en el que el francés era la lengua internacional de cultura, y, por lo tanto, era imitada de la misma forma que ahora hacemos con el inglés. En la trigésimo quinta de sus Cartas marruecas, Cadalso hace una muy divertida crítica a esta costumbre, ratificándonos en la inmarcesible validez del ‘O tempora o mores’.

[3] Nacionalismo lingüístico que puede llegar a ser absurdo, como en el caso de una amiga que temía que su futurible hijo ‘hablara panchito’ porque la RAE aceptaba americanismos o como otra que pedía explícitamente que le dejaran ser nacionalista en el lenguaje porque no podía serlo en ningún otro aspecto. Y no, ninguna de estas personas es de derechas.

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Sobre el autor

José Corrales Díaz-Pavón

José Corrales Díaz-Pavón es coordinador editorial de HomoNoSapiens. Filólogo Hispánico, cree, con Eco, que la lectura es una inmortalidad hacia atrás, y ,con Kafka, que un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.