8M: Las complacientes

8M: Las complacientes

Imagen | Rebeca Madrid

12 de marzo. Han pasado 4 días del 8M, y en España aún se habla de las movilizaciones que antecedieron y tuvieron lugar ese día. Resulta refrescante, frente al monopolio del que ha abusado durante meses el debate territorial, del que pocos no estarán ya hastiados. Las contradicciones de este están ya más que de sobra señaladas, así que podemos, pues, detenernos con delectación en señalar las que han surgido al calor de esta huelga. Y la más manifiesta de todas es la que nos hablan de la complacencia de un movimiento supuestamente nacido para ser transformador.

La más obvia de estas complacencias es la que subyace en el discurso que se ha opuesto a la necesidad de realizar este tipo de reivindicaciones feministas. A saber: España es uno de los mejores países del mundo en el que ser mujer. Su brecha salarial es de las menores de Europa, el debate público en torno a la violencia contra la mujer es inimaginable en el resto de democracias más o menos homologables, etc. Y nada de esto es mentira, pero tampoco nada de esto es suficiente. Quienes sostienen este discurso, a menudo también voceros de la necesidad de recuperar la excelencia en la educación y alertas ante la exaltación de la mediocridad a la que nos advocan las políticas sociales bienestantes, están extrañamente complacidos ante el grado de igualdad ya alcanzado y piden que dejemos de autoflagelarnos. Un argumento basado en la comparación entre España y los demás países de nuestro entorno sería legítimo en una discusión destinada a evaluar las diferencias entre las políticas empleadas en cada uno, detectar aciertos y subsanar errores, si los hubiere, pero nunca como medio para minusvalorar la articulación de una manifestación feminista si esta no va claramente en contra de uno de esos aciertos. Pero creer que, porque la discriminación entre géneros en España sea menos acusada que en otros países, sea por ello tolerable es como sostener que aquel alumno que saca un 8 en un examen, siendo la nota más alta de la clase, no tiene razón alguna para aspirar al 10.

No se trata de ganar una competición, sino de construir una sociedad lo más ecuánime posible. Y España tiene margen de mejora, por más que Francia, Italia, Alemania, EE.UU. o los países nórdicos tengan aún más. Este 8M ha servido, de hecho, para que el debate público en España haya delineado aún mejor el origen del problema en su vertiente laboral: todo apunta a que las diferencias entre hombres y mujeres son casi inapreciables hasta el momento en el que ellas tienen el primer hijo , con lo que se pueden afinar las políticas destinadas a erosionar esta situación (guarderías universales y accesibles para niños entre 0-3 años, permisos similares y obligatorios para padres y madres, etc.).

Otra de las complacencias es la que se ha instalado en la contraargumentación del feminismo no a nivel de datos, sino ideológico. Desde esta posición la movilización feminista produce un efecto adverso al que persigue: no empodera a las mujeres sino que las paraliza al hacerles creer que son víctimas per se. Aquellos que defienden esto parecen creer que basta con que una persona no se considere víctima para que deje de serlo. Que basta con cruzar resuelta una calle vacía en mitad de la noche para que nada te pase. Que el estado de cosas actual te premia por ser víctima. Quienes así minusvaloran la manifestación del 8M creen que la fuerza de un discurso ideológico es más fuerte que las vivencias de todas aquellas que salieron a pedir una igualdad que no detectan en sus vidas. Porque, si de verdad el problema fuera tan fácil de resolver (ejemplo de pensamiento mágico: uno deja de ser una víctima cuando dejar de creer que lo es) y la movilización, un intento de la izquierda radical para desvirtuar la imagen de España acorde a sus intereses, ¿se hubieran movilizado tantas personas de tan diferentes ideologías?

Las complacencias no acaban aquí. Entre las “ganadoras”, las promotoras de la movilización o defensoras del discurso feminista también las hay. En su caso, tiene que ver con la belleza de su alma y el ataque personal a aquellos que se han sumado a la movilización desde posiciones “sospechosas” (esto es, de centroderecha). ¿No era este precisamente el objetivo? ¿Hacer ver a los que creían que el feminismo ya no tenía razón de ser en la España del siglo XXI lo equivocados que están? Los irracionales ataques personales a políticos de centroderecha se producen porque perder el monopolio del feminismo iría en contra de la complaciente imagen de puros y buenos que tienen de sí mismos. Si la derecha puede ser feminista, si puede defender principios de igualdad y justicia, ¿son tan intrínsecamente malos? Y si ellos no son intrínsecamente malos, yo dejo de ser intrínsecamente bueno. Solo así se explica que las adhesiones a su causa sean celebradas con linchamientos digitales e insultos. Y entre estos incluyo el de “oportunista”: ¿acaso no es bueno para el movimiento feminista que declararse como tal sea oportuno? Aunque solo sea un acto de alienación con lo políticamente correcto destinado a la urna, ¿no refuerza la legitimidad del movimiento, la justicia de su causa? Pero en su complacencia ideológica son incapaces de diferenciar la manifestación en la calle de la liza política. Pretenden llegar a todas las capas de la sociedad manteniendo una línea marcada en la ideología, en otro ejemplo de pensamiento mágico que transmite un ansia de uniformidad ideológica poco recomendable en una sociedad democrática.

¡Qué tristeza las complacientes!

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Categorías: Actuar
Tags: 8M, feminismo

Sobre el autor

José Corrales Díaz-Pavón

José Corrales Díaz-Pavón es coordinador editorial de HomoNoSapiens. Filólogo Hispánico, cree, con Eco, que la lectura es una inmortalidad hacia atrás, y ,con Kafka, que un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.

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