A la buena gente no le gusta que uno siga un camino distinto al de ellos

A la buena gente no le gusta que uno siga un camino distinto al de ellos

Imagen | Rebeca Madrid

 

Es habitual entre el “gran público” e incluso en medios intelectuales y políticos confundir la obra con el artista.

Parecería que la vida privada de un creador debe corresponderse con la imagen y semejanza que el público se ha hecho de él. Basta con que tal realizador de cine declare no sentirse español para se le insulte con las más feroces diatribas e inmediatamente se jure y perjure no entrar jamás en un cine si de ese director es la película en cuestión. Cuando le dije a mi madre que su adorado y gran actor Spencer Tracy era alcohólico casi se cae de espaldas. Negó horrorizada el hecho y terminé por ser el ruin sembrador de cizaña en el seno de una familia como dios manda.

La lista de grandes artistas que han sido demonizados por el simple hecho de no comulgar ante el mismo altar que el resto de los mortales es impresionantemente larga y lo que es peor, muchos de ellos ha visto sus carreras rotas para siempre por culpa del qué dirán convertido en el qué ha dicho del periodista carroñero de turno.

La escritora francesa Elisabeth Porquerol hablaba de las múltiples personalidades que alberga el ser humano con estas palabras: Todo el mundo es doble; doble o triple o cuádruple …

El músico Kurt Cobain ironizaba sobre la imagen que la gente tenía de él. Al comienzo de una entrevista lanza a los periodistas: Soy maricón, me drogo y hago el amor con cerdos, ¿les parece bien así?

Pero el síndrome Gran Hermano no cesa y la sed de morbo del público es sólo comparable a su deseo irrefrenable de rasgarse las vestiduras en cada esquina.

La pasión por lo políticamente correcto lleva con frecuencia al delirio esquizofrénico.

Y el delirio es rápido, devastador y contagioso. El error siempre “se le supone” al otro, naturalmente. La representación que nos hacemos de los personajes públicos tiene más que ver con nuestros fantasmas personales que con la realidad. Olvidamos el hecho de que la realidad es siempre más diversa, enriquecedora y abierta que nuestros delirios de salón. A condición, naturalmente, de aceptar su crudeza, la verdad, la cruda verdad que decía Danton.

Ciertos historiadores japoneses a sueldo del gobierno nipón están inmersos en la inconmensurable tarea de alterar la historia de su país y presentarla bajo un prisma más amable a intención de los libros de texto en las escuelas. No es necesario extenderse sobre la idea que tienen algunos de la historia reciente de España para encontrar el paralelo perfecto con los fanáticos del Sol Naciente Sin Tacha.

En la conmemoración del centenario de Jean Paul Sartre el Ministerio de Cultura francés hizo imprimir unos folletos en los que aparecía la foto del gran existencialista. En dicha foto se suprimió vía photoshop el sempiterno cigarrillo que el amigo Sartre sostenía entre los dedos. Unos años después se vetó la celebración del cincuenta aniversario de la muerte de Ferdinand Cèline porque era antisemita.

La confusión entre creador y obra, entre obra y creador tiene su lado cómico y es otra vez el gran escritor norteamericano Philip Roth quien nos brinda una anécdota sabrosísima a propósito del tema que nos ocupa.

Roht escribió en los años sesenta un libro delicioso que recomiendo con entusiasmo a todos los amantes de la gran literatura y de la risa desternillante. Se llama “Portnoy’s complaint” y narra las aventuras y desventuras de un norteamericano de origen y cultura judías que se siente atenazado día y noche desde su más tierna adolescencia por un incontrolable deseo sexual. Portnoy encadena sus experiencias sexuales y las complicaciones de todo orden que tal actividad conlleva. El libro tuvo un éxito fulgurante vendiendo más de un millón de ejemplares. Naturalmente las críticas no se hicieron esperar y Philip Roth se convirtió de la noche a la mañana en un personaje odiado por la mitad de los americanos (y por todos los judíos de bien) y estimado, esto último casi siempre con cierta sorna, por la otra mitad.

Cuenta el señor Roth en una entrevista que aquella situación empezó a convertirse en algo insoportable. El hecho de que la gente te confunda con el personaje de un libro escrito además en primera persona puede hacerte la vida muy difícil hasta para ciertos gestos cotidianos como coger un taxi, pasear por la calle o acudir a un restaurante.

Vistas las circunstancias Roth decide retirarse a un lugar apartado, disfrutar de la naturaleza y esperar tranquilamente a que pase la tormenta. Un día, paseado con su novia en plena montaña muy lejos de cualquier lugar habitado oyen el motor de un todo-terreno que circula a un centenar de metros de donde se encuentra la pareja. El conductor detiene el coche, baja la ventanilla y grita: ¡ Eh Portnoy, déjala en paz !

Algo tan a priori fácil como establecer la diferencia entre el autor y su obra parece ser misión imposible. Sin embargo la confusión entre obra y personaje deriva de una realidad lacerante donde las haya: no nos conocemos a nosotros mismos negándonos a hacer ese esfuerzo de introspección por miedo irracional y nunca confesado de descubrir la cruda realidad.

Marcel Proust lo expresó a la perfección con estas palabras:

... el trato un poco profundo con nosotros mismos nos enseña que un libro es el producto de un yo distinto al que manifestamos en nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios.

 


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Jeremiah Johnson

Uno no sabe lo que se puede esperar de alguien que se hace el seppuku y es natural que los lectores de este sensacional Homo Que No Es Sapiens desconfíen de tal sujeto tanto más cuando ya solo es un triste fantasma vagando ad aeternam en el espacio sideral.
Descendiente de la rama materna de “tío Donatien”, también llamado Marqués de Sade y del que tradujo algunos escritos, amigo espiritual de Goethe al que dedicó sesudos análisis lingüísticos, músico y estudioso del gran Giulio Caccini, Jeremiah Johnson dejó escrito: “quiero que mi obra literaria, musical y plástica sea publicada por la conmovedora Homonosapiens, para que aquellos que humildemente aspiran al conocimiento sientan en sus venas el fulgor del Celeste Cielo Prometido al tiempo que las almas mojigatas, corroídas por la sed de venganza y el odio a la libertad, saboreen una primicia del infierno que les espera, ese lugar donde no cabe la esperanza”.

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