Hipatia o cómo eludir el odio contemplando el cielo

Hipatia o cómo eludir el odio contemplando el cielo

Imagen| Pale Blue Dot (imagen de la Tierra, tomada por la Voyager 1 en 1990 y bautizada así por Carl Sagan)

Creo que si la comparamos con sus anteriores películas, cosa que no sé si será odiosa, pero que en cierto modo es inevitable si queremos analizar la trayectoria cinematográfica de Alejandro Amenábar (1972), Ágora (2009) no consigue ni mantenernos en suspense como en Los otros (2001) –donde a pesar de su edad ofrece la impresión de haber aprendido no pocas técnicas y destrezas del maestro Alfred Hichtcock– ni tampoco consigue emocionarnos o conmovernos como en Mar adentro (2004).

¿Quiere decir esto que no ha estado a la altura de las expectativas que había suscitado en sus anteriores trabajos? Sí y no. Me explico: puede que en esta película suya no consiga envolvernos y atraparnos como en las anteriores, pero consigue un aspecto esencial de cualquier obra que se precie, contarnos con dominio del oficio y habilidad una historia.

Sea como sea, la película posee más aciertos que desaciertos y, desde luego, amplía el registro de géneros abordados por el director: después de una de suspense, género que ya había abordado en sus anteriores largometrajes, Tesis (1996) y Abre los ojos (1997) y un drama, una histórica, por clasificarlas con estas etiquetas que me saben a poco. A mi juicio, la principal deficiencia de Ágora es que no consigue envolvernos y atraparnos como en Mar adentro o Los otros. ¿O quizás fue uno quien no supo dejarse envolver? Siempre me queda esa duda, y no sé si empleo el plural mayestático para enmascarar errores de mi recepción.

Un segundo, y de bastante menor importancia, es el anacronismo que se comete en el guion –¿o será una torpe traducción al español?– al hablar de pragmatismo en el siglo IV, cuando el pragmatismo es una corriente filosófica que surge a finales del siglo XIX con Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, extendiéndose hasta la actualidad por medio de filósofos como Richard Rorty, Hillary Putnan o el sociólogo Richard Sennet. Otra cosa distinta es que el epicureísmo pueda considerarse una fuente de pensamiento precursora del utilitarismo, del que a su vez parece haberse desprendido el pragmatismo, eso sí, llegando a ser menos reduccionista, más sutil.

Pero vayamos a los aciertos, que son más numerosos y, sobre todo, de mayor provecho: al igual que hiciera en Mar adentro con personajes que representaban justamente cada una de las partes implicadas y afectadas, y con lo que a mi entender elude hábilmente el que pueda ser valorada como un panfleto para elevarse a una obra de arte, que siempre es más libre y liberadora, Amenábar aborda el fenómeno de las guerras de religiones desde diversas perspectivas –pagana, cristiana y judía– con lo que vuelve a eludir airosamente el convertirse en un alegato contra el cristianismo, rumor creciente que se ha difundido de manera infundada, especialmente entre aquellos espectadores que parecen estar más pendientes de si se les critica algo que de lo que nos ofrece la narración fílmica.

Tal y como nos lo presenta Amenábar, todos son víctimas y verdugos; todas las religiones, al querer derrocar a las otras y alzarse con el poder único, acaban corrompiéndose, y particularmente aquellos individuos que abrazan posturas fundamentalistas, como no dejar que un texto se abra a múltiples interpretaciones, que es el destino de casi cualquier texto poético.

Es cierto que hay una breve escena en la que parece que se desliza sutilmente una crítica a los cristianos: aquella en la que, después de conquistar la biblioteca de Alejandría, se ve que ocupan ese espacio convirtiéndolo en establos y gallineros. Pero quien sabe leer e interpretar esas imágenes en seguida se percata de que ahí no se critica a los cristianos en tanto que tales, sino el nuevo uso que se la da a la biblioteca. ¿Un establo y un gallinero es lo que posteriormente ha pasado a ser símbolo de la memoria de la humanidad?

Por lo tanto, no debe ser entendida como una crítica a los cristianos, repito, sino como una sátira a aquellos bárbaros que despilfarran de ese modo la memoria de la humanidad, el saber del pasado cuidadosamente retenido y preservado en la escritura de los libros. De hecho, Amenábar, siempre por delante de su edad, de forma muy madura, apenas introduce juicios y valoraciones –y subrayo el “apenas”, puesto que es imposible no ya ser neutral, sino procurar serlo–: más bien se dedica a contar una historia a través de imágenes en movimiento.

Quizá donde resulten más palpables esos juicios y valoraciones es en los enfrentamientos de los miembros de las distintas religiones, tan impiadosas las unas como las otras, cuando la cámara, es decir, la mirada del cineasta, se distancia sobrevolando el espacio desde lejos y percibiendo a los individuos casi como hormigas. Aún más, la propuesta y la lección de Amenábar, si ha de haber alguna, acaso resida en mostrar cuán locos y ridículos somos matándonos los unos a los otros cuando habitamos un mismo planeta en algún extraño lugar de la infinitud del universo, como sucede en una de las escenas más memorables de la película.

Lo que el director parece proponernos en esa escena y otras similares, cuando la intolerancia e incluso la ira y otras pasiones nos gobiernan, de acuerdo con un antiguo ejercicio filosófico, es mirar a lo lejos, mirar desde lo alto, puesto que esta mirada desde lo alto contribuye a relativizar el énfasis desmedido de las pasiones temibles, a abrazar al mundo y a los otros con una razón compasiva.

Y me vienen a la memoria unas líneas que Karl Popper escribió en el prólogo de la edición inglesa de La lógica de las investigaciones científicas (1958): “Creo que hay al menos un problema filosófico que interesa a todos los humanes reflexivos: el problema de la cosmología, el problema de entender el mundo –incluso nosotros mismos, que formamos parte de este mundo, y nuestro saber–. Pienso que toda ciencia es cosmología en este sentido; y para mí la filosofía, como la ciencia natural, solo es interesante por su contribución a la cosmología. Si dejaran de ver en ello su misión, la filosofía y la ciencia natural perderían todo su atractivo, al menos para mí”.

Estas palabras de Popper son a mi modo de ver un eco de las que escribió Bertrand Russell en El valor de la filosofía (1912), ambas en la línea de los ejercicios filosóficos que mencioné antes y que se remontan a los orígenes de la antigüedad griega: “La imparcialidad que en la contemplación es el puro deseo de la verdad, es la misma cualidad del espíritu que en la acción se denomina justicia, y en la emoción es este amor universal que puede ser dado a todos (…) Así, la contemplación no sólo amplía los objetos de nuestro pensamiento, sino también los objetos de nuestras acciones y afecciones; nos hace ciudadanos del Universo, no sólo de una ciudad amurallada, en guerra con todo lo demás. En esta ciudadanía del Universo consiste la verdadera libertad del ser humano”.

Al mismo tiempo, Ágora es un inteligente ejercicio que ilumina el presente desde el pasado, esto es, siendo una reconstrucción histórica, por momentos completando con la imaginación aquello sobre lo que hay pocos documentos que nos impidan seguir interpretando, arroja luz sobre el presente en el que vivimos. Algunas poderosas imágenes que difícilmente se separan de las retinas recuerdan los gestos de algunos soldados norteamericanos tras alcanzar el poder en algunos lugares emblemáticos de Irak, al igual que saqueamientos y actos de vandalismo sobre bibliotecas y museos, donde una vez más se preserva la memoria del pasado, lo que hemos sido y somos.

La filósofa, matemática y astrónoma Hipatia es digna sucesora de Sócrates y precursora de Giordano Bruno, ya que tanto como el uno como el otro puso –nunca con violencia, siempre desde el uso público de las razones– en tela de juicio algunas de las creencias predominantes de la época. Merece la pena, pues, recordar los versos con los que José Ángel Valente rememoraba a Giordano Bruno en la hoguera durante ese acto con el que, al decir de algunos, se inauguraba la modernidad, aguardando que alguien sepa ponérselos a Hipatia:

“Y tú ardías incendiado,

solo en la infinitud del universo

y sus innumerables mundos,

víctima de jueces

tributarios de sombra

y sombra

y sombra

hasta nosotros.

Sombra.

Pero tú aún ardes luminoso.

(Campo dei Fiori)

En este sentido no sólo ilumina el presente desde el pasado sino que me atrevería a decir que lo que le sucedió a Giordano Bruno o a Hipatia no dejará de suceder mientras existan los seres humanos, a menudo escindidos entre el deseo de conocer y la voluntad de ignorancia; o al menos no dejará de suceder mientras sigamos quedándonos más absortos, prendidos y deslumbrados por las diferencias de credos que por la grandeza del cielo infinito.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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