El lector impaciente

El lector impaciente

Imagen |Iñaki Bellver

Imposible. Este lector impaciente no puede aguardar a que la descripción termine. Al fin y al cabo, ¿qué más da si lo que refulgen al sol son las flores del manzano o las del ciruelo, o incluso si no refulge ninguna flor en absoluto? ¿Qué más da si la luz matinal “unta su miel sobre el valle” o no la unta? ¿Importa algo que Alicia, la protagonista, luzca un vestido de lino gris “algo pasado de moda”? ¿Cuándo acabarán estos estúpidos prolegómenos? ¡Pero ahora viene una descripción de la casa, incluso de un aplique algo mohoso que cuelga a la subida de las escaleras! A la altura de la página 13 lo único que este lector ha sacado en limpio es que Alicia vive en una antigua casa situada en una comarca bastante idílica, y que es infeliz. ¡Un momento! Se escucha el motor de un coche. El vehículo tarda media página en detenerse junto a la entrada de la casa. Por lo que se ve, los próximos tres párrafos se invertirán en la descripción de un “atildado” caballero que sale en este momento del automóvil. ¡Qué caramba! ¿Cuándo empieza la historia? El lector impaciente busca los claros salvadores que salpican los diálogos. Pero Alicia habla allí de arándanos, y Arturo parece seguirle el juego. Entre una intervención y otra el autor se permite describir el vuelo de una alondra. ¡Dios mío, pero qué importa ahora el vuelo de esa alondra! El lector impaciente deja sobre la mesa el libro que le han aconsejado. Un furor oscuro le estremece por dentro. ¡Qué libro más insustancial! Pero, ¿dónde está el mensaje?

Este lector impaciente no tolera las descripciones, las narraciones prolijas, los diálogos que se prolongan párrafo tras párrafo sin que aporten en su decurso ni un solo gramo de información –como esos horribles diálogos verdaderos que se ve obligado a improvisar cuando coincide con un conocido por alguna calle, y llevan ambos el mismo camino, y realmente hace demasiado frío para octubre. Se va saltando las páginas, acelera los adulterios (que pierden por ello todo su sabor), abrevia las enfermedades, incluso quita la palabra al sacerdote que ora solemne bajo esa lluvia fría que cae siempre en estos casos. Rápidamente llega el lector a la última página del libro y, a pesar de ello, no encuentra aún lo que andaba buscando; como tampoco lo encuentra en este momento en el que su vida también concluye, en esta última línea de su existencia vana e insustancial, carente de cualquier tipo de mensaje.


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Categorías: Lectores, Leer, Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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