El lector ciego

El lector ciego

Imagen |Julia Martínez Cano

El lector ciego de nacimiento, el lector todo tacto. Por las yemas de sus dedos se adentran los imperios; pero también las tenues reflexiones del poeta que, en medio de la noche, sorprende su reflejo en el cristal de la ventana mientras contempla cómo al otro lado cae la nieve y la muerte se acerca un poco más, asustando al perro con sus pasos (también sus ladridos le entran al lector por los dedos, y el chirrido del gallo de la veleta, cuando gira violento hacia el oeste). Por ese breve trozo de piel el universo se hace presente dentro del lector ciego, un lector para quien el rosa pálido de ciertas manzanas, por ejemplo, no se vincula de un modo espontáneo al rubor candoroso de una mejilla infantil, sino siempre a través de una serie de rodeos en los que las definiciones de “manzana”, “rubor”, “candor” e “infancia” se unen en una constelación tan abstracta como la expresada por una fórmula matemática. También el sol es un complejo de definiciones que encierran dentro de sí, como la sorpresa en el roscón de Reyes, esa otra palabra, “luz”, cuyo resplandor solo puede experimentar –indirectamente– mediante la figura vicaria de otra definición.

De definición en definición este lector nunca podrá llegar, nos decimos (pero en silencio, para que no nos oiga), a ese mundo hecho de formas diferenciadas cuyos perfiles familiares nos saludan a los demás desde lejos, igual que perros que ante la llegada del amo mueven el rabo y sonríen a su modo. Pues para nosotros entender es justamente ver y, de algún modo, entendemos porque vemos: entender es acabar de ver lo que ya veíamos desde lejos, eso que ha dejado ahora de menear el rabo y se nos acerca a trompicones, y nos lame la cara (mientras, a su manera, nos sonríe). Al fondo de cada uno de nuestros conceptos, por descarnados que sean, siempre encontramos el poso entrañable de una imagen infantil, cuyo fugaz recuerdo nos acuna mientras conocemos. Pero, ¿qué es un concepto para un lector como este? Una simple definición, un conjunto de sonidos. Si deseáramos aclarar esos sonidos, tendríamos que emitir nuevos sonidos, nuevas definiciones. Pero así, ¿hasta dónde? ¿Cuándo descansará este lector sobre el prado confortable de algo que no tenga que ser a su vez definido? Sus dedos que avanzan ansiosos por el papel agujereado, ¿llegarán alguna vez a la meta? ¿Y qué meta es esa, si no hay paisaje al que volver, ninguna forma que reconocer, ningún hogar, ninguna cuna?

Pero, una vez más, nos equivocamos. Lo hemos advertido ahora que el lector ciego ha dejado a un lado el libro y ha acariciado el rostro de su compañera. ¡Qué mundo hemos vislumbrado tras ese gesto! ¿Vislumbrado? ¡Oh, no sabemos qué palabras utilizar para hacer justicia a ese cúmulo de sensaciones táctiles que por un momento hemos imaginado! ¿Imaginado? ¡Pero qué lenguaje inútil, lastrado siempre por el peso de lo visual! Antes que una forma, la cuna fue un balanceo. Este lector ciego, al leer, se balancea. Sus dedos se mecen por las páginas del libro, que se vierten sobre su oído como el susurro de una madre. Mirad cómo sonríe.


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Categorías: Lectores, Leer

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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