El exponente

El exponente

Imagen | Edurne Rivero

Antes, se requerían por lo menos veinte años para que un punto fuese una sombra; ahora, apenas unos segundos. En la madrugada las farolas alumbran avenidas inexistentes, recodos ignotos que ha creado la mente humana a la sombra del corazón se abren paso. ¿Dónde está la hoguera única, el fuego primero que muchas noches bastó? Se ha convertido en un incendio que sobrevuela nuestras ciudades pintándolas de falso techo, mientras el verdadero bosque, aquel que con su puro aire nos sustentó, arde, traicionado desde la entraña arde y estrangulado en llamas morirá por la mano burda de su vástago innumerable. Magia y azahares ahora son mecánica y cemento. El diablo se ha convertido en número y pulula por las calles.

Número: bloques, coches, capas en el aire, armas, plástico, deseos instantáneos, compras, implantes, pseudofilosofías, ruido, etiquetas, cháchara cibernética, egoísmos, muros, selvas en la urbe, pastillas, pantallas encendidas, redes, marcas y sexos. Vanidad de vanidades. Mentes abstraídas que no soportan un solo silencio. La Tierra ha degenerado en una vasta esfera negra; y nos reflejamos en lo opaco, y somos identidad difuminada en niebla. Se ha dado la vuelta al reloj de arena de la vida, donde antes la esencia lentamente se exprimía, como agua lisa que manara del jarro hasta que quedase tras el último suspiro un hermoso vacío dado; ahora ese vacío se convierte, antes de ser consciente de sí mismo -negada su biografía, su memoria previamente-, en materia vertiginosa, y la arena del reloj no es ya tiempo vivenciado, no es tiempo compartido con amor, sino puja con un abismo que algún día tumbará el reloj de todas las especies.

Se trata de rescatar la belleza por la que somos y nos sustenta, como aquella primera hoguera. Ver en el páramo pelado la rosa que hace brecha en la tierra, y en el gris del cielo encapotado el rayo de sol que dilucida una hendidura y conquista su plenitud. Debemos devolver a su claridad estos fenómenos que han dejado de asombrar al niño eterno. El cielo del otoño brilla: las nubes se suceden paralelas, abrazadas unas a otras van pasando, el viento se mece entre ellas y avanza en un suave alud diáfano. Todo crea su leve sendero como muestra de su paso sin mácula por esta tierra. Y este cielo, estas nubes y este viento fueron fruto de un azar y de una necesidad, de un amor instantáneo que los creó del mismo modo que a nosotros, los humanos. Ha llegado la hora de volver a las esencias.

Esencias: sencillez, humor, paciencia, amor cobijado, pasión, contemplación, silencio, ver en los ojos del otro nuestros ojos viéndose, prudencia, curiosidad, conocimiento, tesoro de una Naturaleza que es ajuar revelado en verde prístino, cuerpo con espíritu, deseo con amor, empatía rebelde que se alza contra el fiero egoísmo. Aquí y ahora el mundo muestra de nuevo su claridad, y en el reverso de lo opaco se encuentra la cultura, que incesante nos guía hacia la identidad. La cultura es el abrazo a través del mundo y de las épocas entre todos los seres humanos, y no reside en las formas, las supera: asciende de las líneas del libro o de las ondas de la música y se hace evidencia. Por el ejemplo, su primera y más honda manifestación, se extendió y aupó a los seres humanos a la cumbre de lo magnánimo, que es la bondad. Más allá del perímetro donde llega el ruido, la cultura es brújula para quien se busca a sí mismo y antídoto de la mentira y del vilipendio. Su fortaleza, que ha extirpado la raíz malsana de tanto plural dolor, la prueban los recodos históricos más serenos. La cultura es un heterogéneo consenso heredado en continua reencarnación: no cesa de nacer portando consigo lo aprendido y comunicado por otras vidas que pensaron y que actuaron para legarnos esta antorcha esencial de nuestro espíritu.

Pero con que un alma deje de asombrarse y vuelque su corazón sobre su cabeza, y haga de la flecha de su mente avaricia de oro, todo está perdido. Se seguirá propagando el incendio que adquirirá dimensiones funestas y sobre todos nosotros lloverán sus cenizas, que a su vez abrasarán el hogar de nuestra descendencia. Lo que no terminas de ver a corto plazo no existe ¿verdad? Pero, créelo, la Tierra comenzó a morir hace años desde lo invisible. Un invisible que ya ha dejado de permanecer en la sombra y ante tus ojos se resquebraja y muere. El cielo del otoño arde: los glaciares se deshacen en agua sobreabundante y hacen suyos las orillas y las costas de los cinco continentes, que derivan paulatinamente hacia una triste caricatura de Pangea; la Amazonia, el mayor pulmón verde del mundo, y el África subsahariana están siendo aniquilados por el ruido y la podredumbre política, que constituyen el peor incendio y la peor motosierra, porque esconden su fuego y su colmillo en vacuas palabras que de inmediato dan paso a la acción sangrienta; el océano ha enfermado de bulimia térmica y a cada segundo pierde la capacidad de absorber tus ingentes emisiones de carbono, por lo que el techo atmosférico que hasta ahora te ha abrigado cede a la obsolescencia. La burocracia política ha cesado de ser organización y concordia para convertirse también en diablo y en número, una nueva forma de dictadura que elimina la cohesión y otorga una onza de chocolate tardíamente, cuando su placebo carece de utilidad porque se han excedido los límites. ¿Qué haces ahí sentado? Vives en el exponente: un siglo, un mundo donde hasta el silencio es múltiple.

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

Joaquín Albarracín de la Rosa

Emerson escribió una vez: "Hemos venido a un mundo que es un poema viviente". Esta es la actitud -la pasión- con la que observo y transfiguro el mundo que me rodea. La poesía es la vía que utilizo para pensar cantando.

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