Eduardo Punset y la magia de la ciencia

Eduardo Punset y la magia de la ciencia

Imagen | Jérémie Gerhardt

Han pasado más de tres meses desde la muerte de Eduardo Punset y tras ese día la única asimilación de la misma en los medios ha sido el olvido. Indisciplinado, en este caso, para con una personalidad que nos abrió las puertas de la divulgación científica con su programa Redes, en el que tuvimos la suerte de conocer los avances científicos que discurren desde la antropología hasta la neurociencia. Ahora sería acertada una reposición de aquellos episodios, en este tiempo tan acuciado de saberes cruzados. El programa de La 2 sucedió en un momento crucial para la ciencia, pues corría el año 1996 y el paso a la era informática empezaba a ser una huella que se agrandaba exponencialmente. Un ejemplo de ello: ese mismo año se rodó la película Contact, basada en la novela de mismo título de Carl Sagan. En esta película los ordenadores dominaban no solo el guion sino también el mundo, y ahora esa realidad ha salido de la pantalla y nos toca.

En una entrevista que se emitió en 2001 en Negro sobre blanco, Punset contó la siguiente anécdota: en un principio, los productores televisivos le propusieron hacer un programa de economía, su materia de oficio, pero él quiso inmiscuirse en una temática distinta y lanzó de vuelta la propuesta de un nuevo programa que versara sobre ciencia. La propuesta fue finalmente aceptada, pero con un ligero matiz: no podría llamarse Redes porque estas podrían ser interpretadas por los espectadores como redes de cañas de pescar. Pero Punset ganó a nuestro favor la apuesta del título, y ahora sabemos que supo pescar con ojo avizor y antelación que el siglo XXI que inmediato se avecinaba trataría precisamente sobre eso, las redes. Redes sociales, redes de información, y aquellas que nos permiten adentrarnos en todas las demás, las redes neuronales.

Sus primeras anécdotas biográficas reflejan desde el principio al Punset que luego conoceríamos. Nació en 1936 en Barcelona, y vivió sus primeros años en el pueblo ampurdanés de Cistella, rodeado de colinas y casitas de piedra. Sus primeras amistades las forjó con los animales de la zona. Aprendió a comunicarse con ellos mediante sonidos especializados; uno de ellos lo emitía haciendo un circulito con los dedos en la boca y aporreándose los mofletes hinchados de aire hasta chapurrear ese sonido que izaba las orejas de los animales y los movía a acercarse hacia su amigo bípedo. En el pueblo había también un pescador que era motivo de su curiosidad. Siempre lo encontraba sentado en el mismo recodo, en calma, en espera ante el agua, y así descubrió que para ser feliz y sabio no había necesariamente que irse lejos o explorar recovecos excéntricos por todo el mundo. El microcosmos es el espejo refractario del macrocosmos, pensaría el joven Punset.

Si bien dedicó libros al amor o a la mente, el tema que más le ocupó e interesó fue la felicidad. Con una esperanza de vida tan amplia, en contraposición a aquella esperanza paleolítica de unos 30 años, en que apenas daba tiempo a emanciparse, procrear la especie y morir, dejando espacio a otro que repitiera el proceso ¿qué hacer? De nuevo fue un amigo fiel, su perro, quien le descubrió una de las claves de esa felicidad. Cuando Punset le preparaba la comida, el perro movía la cola y jadeaba con la lengua alegremente; en cambio, una vez puesta la comida en el recipiente, el perro podía comerla con avidez o mirarla indiferente. Así, Punset patentó una ingeniosa y certera frase: la felicidad se encuentra en la sala de espera de la felicidad. Pero su curiosidad se extendía más allá del campo de la ciencia —aunque siempre implicándola— y Punset se preguntaba cómo en las escuelas no se nos enseñan las emociones esenciales con que venimos al mundo y el modo de gestionarlas; asimismo, se asombraba negativamente de que algunos padres consideraran a sus hijos como suyos, y por ello se asignaran el derecho de propinarles una bofetada. Pero sobre todo estaba la admiración ante el hecho de que la representación de nuestra vida individual mediara tan solo entre unos pocos centímetros: los que van de la amígdala al córtex prefrontal, la razón y la emoción intrínsecamente conectadas.

El mayor logro de Punset, por la innovación que supuso y aún supone, unida a la chispa personal con que lo llevó a cabo, es haber sido divulgador de divulgadores. Estos, a su vez, eran científicos eminentes, como sus admirados Stephen Jay Gould o Richard Dawkins. En este proceso sináptico de transmisión de conocimiento él hizo las funciones de nexo: recibía la información, la procesaba y reorganizaba con un toque nuevo, y finalmente la traspasaba al público que la recogía, en sus libros o a través de sus programas, conformándose así el círculo completo. Y esa labor de divulgación constante consiguió la proeza subsiguiente de que su eco se convirtiera en voz propia para muchos, debido en gran parte a su divertido optimismo y a la síntesis y claridad con que promulgó siempre el conocimiento científico. De nuevo en una entrevista aseveró que no estaba demostrado que fuese a morir, pues no existía ningún gen que lo predispusiera así. Poéticamente hubiera dicho con Borges: «las pruebas de la muerte son estadísticas / y nadie hay que no corra el albur / de ser el primer inmortal». Puede que en uno de los universos paralelos con los que desde hace un tiempo la ciencia juega, Punset, felizmente, siga siendo.

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Sobre el autor

Joaquín Albarracín de la Rosa

Emerson escribió una vez: "Hemos venido a un mundo que es un poema viviente". Esta es la actitud -la pasión- con la que observo y transfiguro el mundo que me rodea. La poesía es la vía que utilizo para pensar cantando.

Comentarios

  1. Jose
    Jose 21 septiembre, 2019, 10:31

    Bonita memoria para una gran persona

    Responder este comentario

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