Andaduras por tierras gallegas

Andaduras por tierras gallegas

Imagen| José Olivero Palomeque

Comienzo mi andadura hacia el Monasterio de Sobrado dos Monxes, en la provincia de La Coruña, tomando el trayecto de la Ruta de la Plata. Poco antes de llegar a Zamora, me desvío buscando la autovía de Ourense-Vigo a través de una carretera que atraviesa un paraje natural muy hermoso con la presencia del río Tera, embalsado en esta zona con el nombre de Embalse Ntra. Sra. de Algavanzal, situado en el término de Olleros de Tera. Antes de dirigirme a Sobrado, decido pernoctar en Verín para ver a mis amigos Joaquín, Mila y Teresa.

La mañana siguiente, me levanto temprano y tras despedirme de los amigos, me encamino hacia mi destino previsto: Sobrado dos Monxes. El temporal es persistente en la lluvia; conduzco sin prisa para disfrutar de las delicias de cada rincón gallego. Me desvío hasta Carvallino para luego tomar la dirección de Lalín y seguir la ruta hasta el Monasterio de Sobrado, donde llego sin dificultad y siempre acompañado de una refrescante lluvia.

Me instalo en la habitación que me asigna el hospedero José Carlos, en el monasterio. Como el agua no deja de caer desde un cielo cubierto de negros nubarrones, decido no salir. Aprovecho mi estancia para conocer un poco los actos litúrgicos de los monjes, compartiendo alguno de ellos. También ocupo mi tiempo para leer y saborear algunos momentos de silencio; el lugar invita a ello. En el almuerzo me asignan una mesa donde ya se encuentran Juan, un señor de Canarias y Silke, una señora alemana. Interesante convivencia para departir sobre razones y motivaciones de nuestra estancia en este apartado monasterio. La tarde sigue igual, muy lluviosa, con un cielo que amenaza con mantenerse así sin parar. Y así fue. No me equivoqué. Me encuentro en Galicia. No obstante, es una oportunidad para conocer todo el interior de este monasterio que ofrece imágenes y estructuras pétreas que cuentan la historia de su existencia en el tiempo. Ahora, el espacio como templo de culto, no está abierto como tal. Se encuentra totalmente invadido por un moho verde que ha enfermado las piedras que lo sustentan. De igual manera se encuentra gran parte de sus estancias. Parece ser que por falta de recursos económicos se mantiene así. Por el interés que atrae este complejo monacal, cualquier guía de turismo o de historia puede facilitar una amplia información sobre el mismo. No es mi intención suplirla.

La siguiente jornada también comienza con la misma sintonía de lluvia. Me levanto muy temprano para compartir, con monjes y residentes, lo que aquí llaman laúdes. Todos los actos litúrgicos lo hacen con cantos gregorianos que, unidos a lecturas y comentarios, conforman una oración en su totalidad. Se respira silencio y respeto. El ambiente se llena de una espiritualidad muy especial. Los cantos, de voces masculinas, aportan un clima de sonoridad musical, acompañados por el órgano, que anima a la meditación.

A media mañana, aunque todavía cae un chirimiri que crea un ambiente de humedad, decido coger el paraguas y lanzarme a dar un paseo corto, natural y precioso. Subo por una carretera ya conocida que me lleva hasta un mirador desde el que se divisa un paisaje extraordinario, muy propio de Galicia: verdes valles delimitados por pradiños, montes cubiertos de una espesa vegetación y grandes bosques. Desde este lugar privilegiado se divisa el monasterio enclavado en este entorno tan verde. Las piedra, enmohecidas por la humedad acumulada a lo largo de años, de siglos, destacan entre tanta vegetación como un símbolo de vida entregada a la espiritualidad monástica. Continúo por esta carretera y en un cruce de caminos encuentro un cruceiro de granito, oscurecido por los muchos años que lleva ahí instalado, que representa una piedad con María y Jesús muerto en sus brazos. Luminosa iconografía gallega. En este mismo lugar se encuentra un lavadero, también de granito, muy antiguo, datado de 1823. Sigue funcionando con un abundante caño de agua fresca.

Después de disfrutar la contemplación de hermosos paisajes que el entorno me regala, todos mis sentidos se llenan de emociones que se graban en mi mundo interior. Decido hacer el tramo de un camino de tierra, ahora mojada pero bien asentada. Me adentro en un espeso bosque de castaños, robles, eucaliptos, pinos, helechos, una flora muy diversa y una vegetación muy abrupta, inaccesible para caminar a través de ella. La serenidad del momento inunda mi mente y mi corazón de gratas sensaciones. El silencio sólo se interrumpe con los trinos y gorjeos de multitud de pájaros y su aleteo al emprender el vuelo cuando paso cerca de ellos; el viento, que sopla algo fuerte, provoca el balanceo de las ramas y hojas de esta diversidad de vida vegetal; la fina lluvia no deja de hacerme sentir su frescor en mi cara y su humedad está presente en mi ropa que, sin darme cuenta se va empapando. No importa. El paraguas se rompió con una fuerte racha de viento. Este camino está cubierto por un túnel de ramas que se entrelazan formando un templo vegetal imposible de superar en belleza. El invisible viento hace estremecer la miríada de hojas que cubren esta bóveda y una lluvia de goterones cae, improvisadamente, sobre mi ya humedecido cuerpo. Como se acerca la hora de la comida, decido regresar, no sin antes recrearme en los paisajes desde los diferentes ángulos que permite el entorno. Quiero retener en mi retina todo cuanto percibo y me rodea.

Después del almuerzo y de un merecido descanso reparador, regreso al mismo lugar de esta mañana para completar el camino antes descrito. Ahora, como no llueve, llevo la cámara de fotos para apropiarme de todas las imágenes que penetran por mis sentidos. Recorro esta ruta, llenándome, una vez más, de los encantos naturales que me acompañan. El silencio y los acordes sonoros que produce esta naturaleza viva, invitan a la meditación y a la paz interior. La sensibilidad aflora en esta Naturaleza; y ahí, precisamente, noto la presencia del Dios de la Vida. Para completar este paseo, regreso por otra carretera que me lleva hasta la laguna de Sobrado que ya conozco bastante bien. A pesar de ello, siempre quedo sorprendido de la belleza de este paraje natural cargado de vida. Una oca, de gran tamaño, me interrumpe el paso cuando voy a adentrarme en el pasillo lacustre que rodea la laguna. Pero percibo que es mansa y sólo me observa. Se deja fotografiar desde diferentes posturas. Me agrada ver que han alargado varios metros más este paseo de madera y no dejo de disparar fotos porque quiero llevarme la laguna entera a Málaga. Nuevamente, mis sentidos se llenan de profundas emociones por la diversidad de motivos y detalles que este espectáculo natural me regala gratuitamente. Retorno al monasterio para integrarme de nuevo en su atmósfera monacal. Cierro la jornada con la cena y un buen rato de serena lectura.

Como es habitual, me levanto temprano. Tras el desayuno, decido caminar un poco. Hoy no llueve y el cielo deja entrever ese azul que siempre busco y anhelo en estos momentos.

Hago un recorrido agradable y tranquilo alrededor de la muralla que da forma al perímetro de las tierras que pertenecen al monasterio. No imaginaba que fuese tan grande. Abarca un recorrido de unos cinco kilómetros. Primero me detengo en un cruce de caminos, bañado por un arroyo cuyas aguas transmiten una sonoridad cantarina de la vida que contiene. Todo está inundado de verdes y ocres, hierbas y tierras impregnadas de la humedad que han dejado las lluvias de estos últimos días. La umbría de este lugar la aportan frondosos robles, chopos y castaños. Un puente de piedra permite que el agua siga su curso para que cumpla su misión en todo su cauce. Hago muchas fotografías. Quiero llevarme este arroyo y cuanto vive en sus riberas inundadas de flores silvestres multicolores. Continúo por un camino de tierra que sigue el contorno amurallado. Aquí me detengo en distintos momentos para disfrutar de la musicalidad de una sinfonía natural, interpretada por un sin fin de pequeñas aves que trinan, gorjean, silban…; no sé cómo explicar la diversidad de notas rítmicas que me regalan estos hijos de la Naturaleza. Me quedo quieto para no distraer la atención de mis sentidos y el disfrute de mi alma. También percibo al Dios de la Vida en este acontecimiento musical, donde el verdor natural adorna el escenario de este evento improvisado. Es un gran bosque que emerge tanto del interior del recinto amurallado como del exterior abierto al campo. Conviven especies diversas de árboles: robles, pinos, olmos, castaños, chopos, eucaliptos… junto a una interminable vegetación.

En un instante puedo observar a una ardilla que trepa veloz por el grueso tronco de un pino majestuoso. Enseguida se pierde y no vuelvo a verla. Pero no importa, me acompañan las mariposas multicolores que revolotean a mi alrededor, además del sonoro acorde de tantos pequeños pájaros que no cesan de volar de un árbol a otro; ascienden y descienden a velocidades increíbles, hasta tal punto que dificulta su seguimiento visual. Me encantan las formaciones de la arquitectura natural que brota de este espeso ramaje de robles con sus hojas palmeadas, de los castaños con su vibrante verdor en esta época primaveral, de los pinos erguidos y orgullosos que sobresalen por su monumental altura, de los chopos y los olmos rectilíneos que compiten en elegancia… toda esta obra vegetal  se ve envuelta por una brisa que provoca los suaves movimientos de ramas y hojas. Estas mismas escenas se siguen repitiendo a lo largo de este camino terroso que pisan mis pies. En un pradiño, un grupo de vacas pastan tranquilamente. Me paro y me miran con descaro, hasta acercarse a la alambrada que nos separa. Sigo mi andadura bordeando siempre la muralla con sus torres semiderruidas y completamente invadidas por raíces que han hecho de estas piedras circulares su propio hogar. Estas imágenes quedan recogidas en el objetivo de la cámara de fotos. Finalizo el recorrido en un último tramo aprovechando siempre la sombra de la muralla y la espesa vegetación arbórea que me conduce hasta las puertas del monasterio.

Después de la comida, una breve siesta. Tras el descanso, me dispongo de nuevo a hacer otra ruta. Como hoy, por fin, hace un sol espléndido, quiero aprovechar la jornada para caminar.

La trayectoria a seguir esta tarde ya es conocida de mi anterior visita a este lugar; se trata de caminar por una carretera estrecha que me conducirá hasta un pequeño lago antes de llegar a la gran laguna de Sobrado. A poco de comenzar, junto a la muralla del monasterio, me paro junto a un campesino ganadero que lleva sus vacas a pastar en un pradiño con mucha agua. Curiosamente son los mismos rumiantes de esta mañana. Una vez que los animales han entrado en el cercado, respondiendo a los silbidos y voces de este hombre rudo y curtido por el duro trabajo del campo, llamando a cada vaca por su nombre, conversamos amistosamente. Me cuenta que ya está jubilado y no tiene reparos en comentar temas relacionados con los problemas de la tierra, de su familia y de sus motivaciones en la ocupación de su tiempo. Así quedamos durante un buen rato que resultó muy humano y agradable. Nos despedimos con un cordial saludo y una sincera sonrisa.

Sigo mi andadura hasta cruzar un pequeño puente que deja ver el remanso de un arroyo de agua cristalina que se aprovecha para regadío de las huertas del lugar, hasta desembocar en la laguna. Llego hasta una pequeña aldea de labradores, algunos de ellos ocupados en sus labores agrícolas. Unos perros ladran al verme y salen al paso; pero se dejan acariciar sin problema alguno. Saludo a los residentes que veo y sigo mi camino. Cruzo por unos grandes prados. Al fondo, tanto a derecha como a izquierda, unas suaves colinas están ocupadas por espesos bosques. El paisaje es espectacular. Como siempre, disfruto del canto de los pajarillos que no cesan de revolotear a mi alrededor. Llego a la pequeña laguna. Serena y atractiva. En una de sus orillas, un nutrido grupo de larguiruchos eucaliptos deja reflejar su imagen en estas tranquilas aguas. Casi toda su superficie está, ahora, cubierta de plantas acuáticas, entre ellas se ven muchos nenúfares. Al fondo, un espeso bosque y a su izquierda, un enorme prado con una linde boscosa. El cromatismo y los olores que desprende esta naturaleza, la imagen de una espesa vegetación, el canto persistente de las aves, el frescor del agua, las plantas acuáticas, la brisa….conforman un entorno único e irrepetible. Es un escenario que cautiva todos mis sentidos.

Rebosante de emociones, continúo mi camino tomando, a pie, las curvas de esta sinuosa carretera. Disfruto de cada nueva imagen natural que, a cada instante, se presenta ante mis ojos. El alma entera se llena de gozo. El Dios de la Vida está ahí, muy presente en cada detalle que representa la existencia de la vida. Llego hasta la laguna grande de Sobrado y vuelvo a disfrutar intensamente de su espectacular belleza. En este momento, un grupo de garcillas y patos se posan en el pacífico remanso de sus aguas.

Como último día de mi estancia en tierras gallegas, organizo una jornada diferente, me desplazo hasta Santiago de Compostela. Una ciudad que contiene mucha historia y muchos contrastes.

Como he quedado con Paco Castro para comer juntos y he llegado a Santiago bastante temprano, aprovecho para hacer una excursión turística por la catedral, las calles y sus soportales de piedra. Hago muchas fotos para el recuerdo de esta visita a la ciudad de los peregrinos. Me llama la atención la multitud de visitantes y de caminantes que llenan, prácticamente, la plaza del Obradoiro, el interior de la catedral y todas las calles que presentan sus escaparates de mariscos y viandas o de objetos de regalos. Las tiendas de souvenirs son muy visitadas y los grupos de turistas se agrupan con sus guías o conocidos. Es curiosa la mezcla de aires que se respira en esta ciudad: mucho turismo, muchos comercios, mucha religiosidad y muchos símbolos referidos al apóstol Santiago y sus caminos. Los murmullos en el interior del templo dan más muestras de turismo que de oración. Las cámaras fotográficas disparan constantemente sus flases; se suceden los comentarios de guías y visitantes hasta que los ruidos aumentan de tono y se tienen que escuchar los ruegos de silencio por megafonía. Los comercios y los restaurantes viven de esta realidad multitudinaria donde lo pagano y lo místico conviven sin problemas. El negocio gastronómico y de motivos religiosos y artísticos compite con sus mercancías y atractivos escaparates atrayendo la atención de los visitantes. Sinceramente, he de decir que el sentimiento de espiritualidad que pueda crearse en los caminos de Santiago, aquí se transforma. Posiblemente haya personas que se recojan en la intimidad de esos sentimientos y vivan profundamente los resultados de su esfuerzo físico y las dolencias de sus caminatas con el significado de su llegada a Santiago. El hecho de haber compartido con otras personas esa realidad y las posibles motivaciones personales les compensa y gratifica.

Me reúno con Paco y me integro en su comunidad de franciscanos en el convento de San Francisco. Me presenta a sus compañeros, la mayoría son ya muy mayores; algunos de ellos son profesores y catedráticos en la Universidad o en los Institutos de Santiago. Después de la comida decidimos caminar un poco por la ciudad para hablar tranquilos sobre nuestras respectivas experiencias y realidades. Nos intercambiamos libros nuestros y nos despedimos con un fuerte abrazo. En nuestra comunicación hemos profundizado en temas que tienen que ver con las implicaciones en las que estamos inmersos cada uno en nuestro lugar y sobre quién es Jesús de Nazaret en nuestra vida. Hemos departido, con total libertad, sobre temas relacionados con teólogos comprometidos desde una perspectiva de humanismo solidario con los más desfavorecidos, la Teología de la Liberación, y de asuntos cuestionables de las instituciones religiosas.

Regreso a Sobrado. Antes de llegar al monasterio, como es temprano, me detengo en el cruce donde se encuentra el arroyo que ya conozco y ha sido objeto de mis andaduras por estos lares. Me siento en uno de los bancos que allí hay. Cierro los ojos y me dejo invadir por la paz que me transmite este lugar. ¡Qué diferente del bullicio de la ciudad que he dejado atrás!

Llega el día en que he de retornar a mi ciudad de origen, Málaga. El cúmulo de emociones y vivencias que he experimentado en estos días de andaduras por estas tierras gallegas queda registrado en mi mente y mi corazón. Su Naturaleza cargada de paz y sosiego, la abundancia de elementos naturales que me han hecho sentir pletórico de vida serena, han permitido integrarme, sin esfuerzo, como un elemento más de su propia naturaleza. También esa paz interior que el ambiente monacal me ha permitido compartir con total libertad, tiene sentido cuando se busca sencillamente sentir la vida de manera natural.

Leer más en HomoNoSapiens|Pobreza y ausencia de libertad

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José Olivero Palomeque

Creo que la palabra es el medio de comunicación que puede unir a las personas, tanto para lo bueno como para lo malo, ¡pero es la palabra, el lenguaje, lo que nos identifica como seres humanos! El hecho de transmitir vivencias que después se conviertan en experiencias a través de la palabra escrita, nos puede ayudar a humanizar más nuestro mundo relacional, a transformar nuestro entorno a través de la sensibilidad para entender la realidad humana y dar lo mejor de sí mismo. Esa idea persigo y comunico con los libros, artículos, ensayos, reflexiones...que escribo y me publican, aunque la utopía esté ahí presente; pero...¡sin utopía la vida se estanca! Porque lo que sigue es el compromiso solidario con esa realidad humana que queremos cambiar.

Comments

  1. M. Angustias Moreno.
    M. Angustias Moreno. 8 octubre, 2020, 17:38

    Maravilloso reportaje y andanzas por otras maravillosas tierras españolas. El lenguaje es la unión de todo un universo. Gracias por compartir.

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